Diario de Valladolid

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ESTE texto que va a continuación es un bello relato de amor, de luz y de vida enmarcado en la noche. Escondite certero del amor a las cosas. Nido de luna y nostalgia. Léase con nocturnidad y déjate llevar por la imaginación. Puedes poner la voz del pozano y burgalés Félix Rodríguez de la Fuente, el eterno ausente en la educación de las nuevas generaciones en esta región. Mejor aún, cuando termines el texto de ahí abajo, apenas unos renglones, busca en tu memoria la voz de tu abuelo, cuando de niña te explicó por primera vez qué eran aquellas lucecitas que tintineaban en las noches mágicas del pueblo.

Todas lo eran hasta las que venían sin luna. Y no me negaréis que cuando en los conciertos de rock y cerveza se encendían los mecheros en una orgia final de ritmo y danza (ahora lo hacemos a la luz del móvil) siempre te venían a la memoria otras redes inalámbricas llenas de magia de luz y de vida que nos regalaba la naturaleza en la noche del pueblo.

La característica más distintiva de los lampíridos es su cortejo nocturno, diálogo complicado entre los machos y las hembras. Ellos patrullan en busca de pareja con un vuelo característico mientras emiten secuencias de destellos de luz.

Las hembras pueden responder con destellos específicos y, así, el apareamiento ocurre. En las noches cálidas, es posible ver a las hembras iluminarse para atraer a los machos que sobrevuelan. Si se sienten amenazadas, desactivan la luz. Dice Wikipedia que generan luz en intervalos de seis a ocho segundos, que se produce por un proceso de oxidación de la luciferina en presencia de la enzima luciferasa, que ocurre muy rápidamente. Un proceso que se llama bioluminiscencia por el que se emite una luz brillante con poca elevación de la temperatura…

Benditos gusanos de luz. Añoradas luciérnagas que nos habéis abandonado matando los sueños de la niñez. Cuántos niños y niñas hoy no experimentan la fascinante experiencia de tener en su mano un “gusiluz” sin pilas. Una lámpara de ilusión. Fuegos artificiales en silencio. Es triste que no se pueda repetir el relato aquel de «mirad, mirad se han caído las estrellas del cielo y están desperdigadas por los campos y colgadas de la ramas de los árboles». Bendita bioluminiscencia. Siempre es mejor escribir sobre las luciérnagas que sobre mortecinas luces de la política rural de una tierra donde se apaga poco a poco la luz del pueblo.

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