Diario de Valladolid

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NO ES FÁCIL enfrentarse a la actualidad sin dejarse llevar por los vientos que mecen las últimas hojas del calendario movidas por la política. En sus manos estos días hemos confiado nuestro espíritu, dicho sea de paso, algo maltrecho y defraudado sentimentalmente. Allá ellos. A mí lo que me preocupa de verdad, y no es broma, es que ya no quedan alitas en el menú.

Me explico: que las palomas y los gorriones empiezan a desaparecer. Las mensajeras de la paz ya no las quieren y los obispos las echan del templo. Y, encima, hay mucho cura Merino que las odia. Sin olvidar que los ayuntamientos cada vez ponen más pegas en las plazas para sacarse una de esas fotos aladas que nos trasladaban a las películas de Alfred Hitchcock. Que paradoja… la paloma de la paz, blanca y pura, como una novia y eterna llama del Espíritu Santo es también conocida como la rata del aire, porque es una transmisora de enfermedades.

Y, ¿qué decir de los gorriones? La clase proletaria de las volanderas. Esos descarados que se permiten el lujo de comer en tu mesa las migas del desayuno a pleno sol y vuelan y revolotean incansablemente en la terraza de casa, en el jardín y en la plaza municipal. Pues, aunque parezca mentira, los gorriones, nuestros gorriones de toda la vida también están amenazados. Y no deben andar desencaminados los que auguran su trágico final. Si es que ya están desapareciendo hasta los insectos. Que hasta ahora eran el menú del día de las aves de intemperie. Ya no se estampan ni en los parabrisas de los coches. En fin, esto sí que nos debería preocupar.

Despedimos ayer al mes de abril al que el refranero tilda de ‘hueveril’ dejando a mayo el título de ‘pajarayo’. El caso es que poco nido y pocos huevos nos van quedando ya en el nidal de la naturaleza. Todavía recuerdo a aquellos que decían que era imposible que las golondrinas no volvieran. Cómo no van a venir si lo dice el verso. Pues ya no vienen. Hemos derribado sus nidos, un desahucio cruel, impropio de una sociedad que ha convivido con sus vuelos meteóricos y sus polluelos piando durante siglos.

Pero hay más. Ya, hasta los vencejos, primos hermanos de las golondrinas, se niegan a romper el aire con sus acrobacias y sus trinos. Hasta mi amigo Pérez Poyán, en la Valduerna, mantiene a duras penas el verso de su Poesía para vencejos en los veranos de nuestro castillo.

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