Diario de Valladolid

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UNA tarde de chocolate y romanos José Luis López, fundador del Museo del Chocolate en Astorga, me habló de Pedro Piñeiro, el bandido que nació en un pueblín de la Somoza y que robó, entre otras cosas, la noble estampa de los arrieros maragatos, emborronando el gentilicio de maldad por las sierras y montes de León y Extremadura. Su apodo, el Maragato, así lo corrobora. Ahí sigue su cueva en el paso angosto de la N-502, camino de Arenas de San Pedro. Los pinceles de Goya lo capturaron. Otra mañana de otoño, sería por los 90, siguiendo el rastro de piedras miliares cerca de Frades de la Sierra, un paisano me orientó hasta las ruinas de un convento que se nos antojó mansión romana. Me condujo al lugar y me dijo:

«Le voy a contar algo; ¿Oyó hablar del Maragato y su partida?” «Un poco», le contesté. «Pues mire: en este sitio hubo una venta y aquí dejo su firma el Maragato. Me lo contó mi madre, que, a su vez, me juró que la suya le contó que su abuela se salvó de milagro gracias al horno. Una noche entró el Maragato, robó y maltrató a las mujeres, llegando a arrancarles de un tirón los pendientes, rasgándoles las orejas. Y a mi bisabuela, que era de leche, la metieron enfundada en un mandil en el horno para que no le hicieran daño. Así se salvó y pudo parir y, de ahí, que yo se lo cuente ahora». Buena pieza ese Maragato.

Desde entonces, anda uno propenso a las historias de bandidos. Como la de Luis Candelas en Alcazarén, donde un paisano me dijo que sabía el lugar donde pasó la noche el bandolero cuando le apresaron camino del garrote vil en tierras de Valladolid. O aquel día que Isaac me advirtió en Cabañas de Polendos que en la mesa de enfrente estaban los descendientes del Tuerto de Pirón, salteador segoviano que pasó a la historia.

Recientemente visité los escondites de otro criminal, Melitón, un soriano de pinares que entró en las páginas barojianas del Mayorazgo de Labraz. En la espesura del monte de Covaleda hay una cruz de piedra y una leyenda en su peana recordando su crimen más horrendo «Aquí falleció Cipriano García el 9 de julio de 1870, de 33 años, de mano airada». El caso es que sumando los integrantes de las partidas y otros tantos rufianes salen buenas cuentas. Bonitas historias para juntarlas en un museo del bandido. Olvidándonos de los actuales, que haberlos, haylos, pero disimulados.

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