Diario de Valladolid

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ME SUMO al reconocimiento de que Juan Vicente Herrera ha sido hasta ahora el presidente que más ha hecho por el Diálogo Social. Coincido con el jefe del Ejecutivo en que sería «un disparate histórico» que no tuviera continuidad tras su inminente salida de la Junta. La firma, este miércoles, de su último acuerdo se convirtió en un homenaje a Herrera por parte de patronal y sindicatos. No querría yo aguarles la fiesta a «los agentes económicos y sociales» de esta Comunidad que ha conseguido ser líder en diálogo.

Los jóvenes han sido sobre el papel los grandes protagonistas de la firma de estos últimos planes del Diálogo Social con los que algunos dicen que se cierra un ciclo.

La Encuesta de Población Activa nos dijo este martes que la tasa de paro de jóvenes menores de 25 años es del 25,5%, mucho más del doble que la del conjunto de desempleados (11,2%). Esta tasa oculta los que se van porque solo se calcula sobre los que se quedan. Una encuesta de los sociólogos revela que dos de cada tres jóvenes de esta franja de edad se plantean abandonar la Comunidad.

Es normal que el Diálogo Social ponga el foco en los jóvenes, pero uno se pregunta por qué no lo hizo antes para evitar la fuga de las personas que más asientan el futuro. Como dice Herrera «ocho ojos ven más que cuatro». ¿Miraban para otro lado?

Y aquí es donde el Diálogo Social presenta sus grietas. Sobre todo porque se han firmado decenas de pactos pero ha existido un ocultismo selectivo pactado para que no trascendieran los balances pormenorizados de cada acuerdo. Cualquier evaluación de estos pactos debería ser pública y recoger indicadores de eficiencia y de eficacia. Ver si hay más o menos pobres, más o menos jóvenes en paro, más o menos mujeres sin trabajo, más o menos precariedad...

El Diálogo Social es un instrumento, un medio, para mejorar la vida de las personas. A sus líderes les gusta la foto de la firma; a la sociedad le gusta saber en qué se ha gastado el dinero, para qué ha servido, a quién ha servido y qué es lo que sigue sin funcionar. En empleo, en rentas, en formación, en educación, en vivienda, en conciliación…

El Diálogo Social no ha servido para que los salario despeguen al ritmo de la economía. Tampoco ha sido un instrumento que haya propiciado la participación y la implicación de los trabajadores y de los empresarios en esos procesos. Las cúpulas de las tres organizaciones han monopolizado el proceso sin que apenas llegue a sus bases.

Pero sería un disparate no reconocer los avances que ha traído. Sobre todo cuando otros gobiernos han despreciado la cultura del diálogo, que a partir de ahora debería ser más ambicioso, más transparente y más participativo.

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