Diario de Valladolid

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TEJERINA, la ex ministra vallisoletana, ha dicho lo que no tenía que decir porque, en realidad, es lo que se debe (debería) decir. La vida social discurre, salvo excepciones, en un escenario, y el espectáculo admite las mayores aberraciones y estrambotes, pero raramente se anuncia lo cierto como contenido de las proyecciones. Y, así, la película va sumando nuevos capítulos, cada vez con un público más fiel, más entregado, que acaba no distinguiendo entre Sálvame y los libros de texto.

Todo, eso sí, bien enjalbegado (disculpen la palabra, colocada con fórceps, pero a veces conviene, casi se necesita, deleitarse en el lenguaje). El blanqueo de capitales supone un daño social, grave, y es delito. Otros modos de modificar la realidad son aún peores, pero no hay tanta celda en España. En Brieva sí andan sobrados de espacio carcelario, pero un preso en clase business tiene derecho a poder estirar los pies… tras varios años de prolongar en exceso la mano.

Decía lo del blanqueo porque los políticos, sean los que fueren, se afanan en ofrecer estadísticas que amparen su cargo, que justifiquen su sueldo y, a ser posible, que permitan albergar la esperanza de renovar el cargo por cuatro temporadas más, aunque el club haya descendido de categoría y los hinchas sólo se saquen el carné si lo regalan comprando una tele. Así que los niños deben aprobar, y conseguir su título, faltaría más, aunque muchos luego no sean capaces de leer con fluidez, y menos comprender, lo que está escrito en ese papel que se enmarca y se cuelga.

Hace muchos años que dejé de vivir en Andalucía, pero cuando regreso, al menos una vez al año, el sur de la península ibérica, realidades y arquetipos turísticos y artísticos al margen, sigue ofreciendo la imagen de una tierra clientelar, cuyos gobernantes no han promovido la cultura del rigor y del esfuerzo. El fondo de reptiles de los ERE no es sino el reflejo de un modo de subsistir sustentado en un engaño consentido entre el dirigente jeta y el ciudadano permisivo. Parasitismo recíproco. Huéspedes del desaliento.

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