Diario de Valladolid
Javier Pérez Andrés

Javier Pérez Andrés

Las comiditas y el gordinflón

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QUE el fenómeno gastronómico es una realidad constatable es más que evidente. Casi todo lo inunda la gastrocultura, menos en la mesa del pobre. Un día, un señor se bajó de un coche en un pueblín de la Tierra de Campos y se dirigió a un paisano que respondió a su gesto de preguntar con atención: «Oiga, ¿sabría usted decirme cuál es la gastronomía de este pueblo?». Le miró, se encajó la boina, detuvo el baile de sus labios donde un cigarro hacía malabarismos con la ceniza, y le dijo: «La miseria señor, la miseria». Qué tiempos aquellos. Tan cerca y tan lejos.

A diario nos asaltan los sucedidos en los diferentes medios de comunicación sobre las cosas del comer. Junto a las templadas tertulias en tonos rosa pétalo, lo gastronómico se va a terminar comiendo las secciones de deportes. Al tiempo. Aquí se corre poco y se come mucho y fino. El gastro-fenómeno se regenera permanentemente y brota y brota casi sin tiempo de podar sus hojas nuevas e inexpertas.

Algunos piensan que lo único importante de la vida es el sabor, el matiz y la sensación de placer que producen esas obras de arte culinario. A veces, me recuerdan a las «comiditas» de los juegos de la niñez cuando decorábamos un plato con tierra de colores, hojas, piedras, moscas, lagartijas moviendo el rabo y alguna castaña pilonga… ¡Ay, aquellos menús que surgían de la creatividad infantil en los otoños rurales!

Pero las cosas del comer tienen premio. Viven en un permanente estado de aplauso social. Y todavía –espero que por poco tiempo– un señor francés, simpático, gordinflón y muy encarnado nos dice cada año en un libro rojo quién se estrella en la cocina de mi país.

Qué pena que nadie le diga que lleva pinchadas la dos ruedas delanteras desde hace una década. En fin, que no hay restaurante, bar, cocinero, barrio o ciudad que no tenga un premio, un diploma y una placa por las cosas del comer. Somos la generación del premio. Vivimos en una permanente gala de entrega de premios.

Encumbramos la tapa como supremacía del valor gastronómico y dejamos de tomar comanda en el restaurante. Nos pesará. No creo que aguantemos mucho de pie, en esto de las cosas del comer. Y no estoy cansado, quede claro.

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