Ausencias y chimeneas
EL GRUPO de primos de whatsapp lleva unos días inquieto. La nieve ha irrumpido por encima de otras polémicas. Su manto blanco ha tapado, a retales pero con suficiente protagonismo, otras cuestiones habituales: el nacionalismo catalán, el hiriente liderazgo en segunda del Huesca para quienes nacimos en Zaragoza…
Burgos, Peñafiel, Cuéllar… aparecen en algunas fotos teñidas con una inmaculada y albina capa de húmeda y mullida naturaleza. Sea por asociación de ideas, sea por compartir esa monocromía capilar a partir de los 30, el caso es que el blanco de la nieve ha irrumpido como una moda en las fotos y mensajes del grupo.
Los hay que se dejan vencer por las nostalgias y las ausencias cuando aparece en el horizonte la Navidad. Los hay para los que estos días que están al caer resultan inocuos. En mi caso, y sin dejar de notar los huecos ya irremplazables, prefiero acogerme a esa parte ineludiblemente incorporada a estas fechas: la celebración conjunta y alegre con familia y amigos.
Aunque sea por una tradición en algunos casos meramente inercial, lo cierto es que surgen momentos en los que dedicamos un tiempo a compartir, comer y cenar en grupo que en otras épocas no resultan posibles. No es menos real que existen muchos casos en los que alrededor de una mesa se sientan personas cuyo deseo sería estar en las antípodas del otro.
La nieve y el frío, además, propician que frecuente una de mis más voraces y patológicas aficiones: sentarme frente a una chimenea. Será por la placentera sensación el calor tras huir del frío que acecha al otro lado de la puerta, por el crepitar de la leña que cruje al ofrecer su materia para crear energía, o por la incansable danza sugestiva y siempre cambiante de las llamas, no sé, pero pocos momentos me resultan más relajantes que sentir y mirar el fuego.
Además, el dicho de año de nieves año de bienes cobra en estos tiempos de sequía incesante cobra, si cabe, un sentido aún más real.