Diario de Valladolid

JOSÉ ABEL FLORES

Cambio climático, cambio de clima

El autor señala que «necesitamos un cambio de clima en la universidad, un cambio hacia un modelo más sostenible, un cambio que parta de cuanto se haya hecho correctamente y al que se incorporen nuevas ideas»

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En mi vida profesional he tenido la fortuna de realizar singladuras por mares de todas las latitudes, recuperando material de sus fondos para tratar de reconstruir, con los minúsculos seres fósiles que acogen los sedimentos, cómo fueron las condiciones climáticas en el pasado. Una de las características que llama la atención en la evolución del clima en la Tierra es su ciclicidad. Particularmente en los últimos millones de años de nuestro hemisferio, glaciaciones que llegan a cubrir de hielo buena parte del continente alternan con periodos cálidos en los que los glaciares se recogen hasta latitudes altas: una sonata clásica, tonal, que se repite en milenios, acompasadamente.

No obstante, estos ciclos de geometría orbital, producidos por variaciones en parámetros relacionados con la posición de nuestro planeta y el Sol, se ven alterados con cierta regularidad. Cambios en la fisiografía de las cuencas marinas y sus flujos de agua, erupciones volcánicas o impactos de cuerpos extraterrestres enormes, difíciles de imaginar incluso en películas de ciencia ficción, han sido capaces de alterar momentáneamente ese curso de altibajos en la temperatura global.

A estas irrupciones abruptas, ahora, habría que añadir una de características sensiblemente diferentes: la acción de los humanos y la ingente emisión de gases de efecto invernadero. Una sociedad de organismos –no olvidemos que lo somos– que hemos sido capaces de extendernos y modificar en nuestro provecho el sistema que venía operando con su ritmo perezoso, hasta acelerarlo. Se rompe la cadencia beethoveniana, canónica, y suenan las primeras alteraciones melódicas de los artistas del siglo XX, lo que hasta ese momento algún compositor se había atrevido a mostrar tímidamente como mero divertimento o broma musical.

A escala más prosaica, en la cotidianeidad académica, la del día a día del universitario, un cambio en el rectorado de la Universidad de Salamanca podría asimilarse con esa ciclicidad, trascendente no cabe duda, pero esperada: un cambio de parámetros dentro de la regularidad, el que precisa una institución que ha de reivindicar ser referente intelectual y que forma parte esencial de la sociedad y ha de acomodarse a su tiempo.

Es innegable, insistiendo en el símil, cierta inercia y aspectos impuestos que no son fáciles de modificar, pero no lo es menos que parece que es el momento de forzar ese cambio de clima que requiere nuestra institución, para lo cual, en aras de la eficacia, ha de aprovecharse el conocimiento interno del sistema, el bagaje acumulado en puestos de responsabilidad y las correspondientes tomas de decisión transcendentales. Necesitamos un cambio de clima en la universidad, un cambio hacia un modelo más sostenible, un cambio que parta de cuanto se haya hecho correctamente y al que se incorporen nuevas ideas que hemos de arropar en un análisis riguroso. Ese cambio a partir de las líneas maestras trazadas ha de disponer de un modelo eficaz, de una persona y un equipo comprometidos con la institución, con la energía y las ideas diáfanas que aligeren una trasformación asentada y cauta. Nuestra comunidad debe exigir el compromiso responsable, viable y honesto. Experiencia y nuevas expectativas que aseguren alcanzar metas propias de una universidad moderna que, valga la paradoja, cumplirá ocho siglos en breve.

No obstante, recuerdo que en esta faceta de la Ciencia del Clima hay negacionistas, eso sí, procedentes de ámbitos ajenos a la investigación experta, advenedizos y oportunistas que argumentan que no existe tal cambio, que las variaciones observadas instrumentalmente y comparadas con los datos históricos forman parte de la propia evolución del Planeta, sin atender a escalas ni a datos objetivos, independientes.

También los hay preconizadores de que los datos se falsean para beneficio de una casta, el científico, que ha de justificar el dispendio de su tiempo. Y es que, hablando de Ciencia, no se trata de creer o no creer: consiste en analizar lo previo –y por lo tanto conocerlo–, generar nuevos datos, interpretarlos imparcialmente y testar modelos. Trabajo, dedicación y rigor. El mismo método que debería aplicarse en las tareas de gobierno.

Pero al margen de comparaciones más o menos malabarísticas, no olvidemos que el principal y más preciado valor del que disponemos en la universidad son las personas. En ellas debe fundamentarse cualquier estrategia que quiera acometer mejoras, definiendo responsabilidades y ofreciendo incentivos que mantengan entusiasmo y compromiso, avivando la comunicación.

Y pensando el ello, en estas ideas, quiero hacer mención a un párrafo que se incluye en la obra del flamante premio Nobel de literatura de este año, Kazuo Ishiguro, en su enternecedora novela ‘Un artista del mundo flotante’. El protagonista, el señor Ono, reproduce el diálogo con quien fue su primer marchante de arte, con la persona que más le ayudó en su carrera profesional como pintor. En alguna página el galerista se sincera diciendo: «Tengo mis pasiones y mis opiniones, y cuando doy con un talento que de verdad me impresiona, siento la necesidad de hacer algo».

Este espíritu de ayuda y respeto, ese sentir intrínseco que se vislumbra en esa frase de honestidad y confianza, al tiempo que de exigencia, es el que debe regir en la persona que dirija esta etapa de la historia de Universidad de Salamanca, haciéndose valedora de esas ideas como elementos de partida que legitimen las líneas a seguir para alcanzar un objetivo, crear más y mejor universidad.

Pensemos en lo que lo que ya tenemos en nuestra universidad y en que podremos tener más.

José Abel Flores es catedrático de Micropaleontología y Oceanografía de la Universidad de Salamanca (Usal).

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