El peluche huérfano
HOY hace justo un mes que la pequeña Sara recibía una de sus últimas palizas en su casa familiar de La Rondilla, el popular barrio de Valladolid donde este miércoles un oso de peluche huérfano aparecía en el suelo rodeado de personas que clamaban contra la violencia machista y la inoperancia y la burocracia de las instituciones.
Aquel 11 de julio, un pediatra dio la voz de alarma y comunicó a la Policía que la menor presentaba evidentes señales de malos tratos. Y la Policía informó a la Fiscalía y ésta a la Consejería de Familia. Y nada más… Toda una maraña institucional que podría haber puesto fin aquel día al terror continuo que, a buen seguro, sufrió la pequeña hasta morir a causa de la última paliza acompañada de agresiones sexuales.
Las instituciones del Estado fallaron estrepitosamente. Y Estado son Policía, Delegación del Gobierno, Fiscalía, jueces y Junta de Castilla y León. Ningún responsable de esta ineficaz maraña burocrática ha salido hasta ahora a dar la cara y entonar el mea culpa. Amparados en un secreto de sumario que más bien parece una fórmula para protegerse, se esconden mientras crece la sospecha de que alguien puede intentar reconstruir versiones exculpatorias para el relato judicial.
Si la imparable violencia contra las mujeres pone los pelos de punta cada vez que conocemos un crimen, la gravedad sube muchos enteros cuando se trata de una menor. La impotencia es insoportable; máxime cuando ya no sólo es la cultura machista y bárbara de los autores directos del crimen, sino en este caso la desidia de un Estado al que, presumiblemente, nadie sentará en el banquillo por los hechos.
Las personas que rodeaban el peluche que bien pudo ser de Sara se preguntaban «cuantas palizas debe recibir una niña, una mujer, para que las instituciones actúen» e invitaban a la sociedad a abrir los ojos ante este tipo de violencia. Esa es la vía necesaria pero no suficiente para salir de este túnel, una reacción social contundente que eleve la presión ante los que odian a las mujeres.
Claro que es momento de ver qué ha fallado y de reconocer lo que cada uno ha hecho mal. También de pensar en el sufrimiento ocasionado a los familiares y allegados inocentes de la menor. Confío en que quienes no han sido capaces de proteger a Sara no intenten ahora protegerse a sí mismos con un mal entendido corporativismo. Confío en que pare la muchas veces hipócrita publicidad institucional de cada 8 de marzo. Confío en que den la cara pronto y que algún alto cargo deje el puesto abochornado por lo ocurrido.