¡Autovía, no! ¡Nacional, sí!
Autovía, no. Porque creo que no está bien regulado que en las estaciones de servicio y áreas de descanso de las autopistas y autovías de esta región no se suministre información sobre el territorio que se transita ni se garantice la posibilidad de adquirir productos comestibles, o no, de cada zona. Pero, sobre todo, que se hunda en el anonimato la cultura local. El hermetismo de las autovías, cerradas a cal y canto, y la obligatoriedad de entrar en un punto concreto de consumo de ocio y descanso hace que miles de personas que nos cruzan pasen de largo por tres provincias sin percatarse de ello. Y, lo que es peor, que se carezca de llamadas publicitarias que, por otro lado, la normativa impide, aunque cuando dejan el campo libre es escaso el impacto y la originalidad del mensaje. Y no digamos cuando las gasolineras están cerradas a partir de las doce de la noche en recorridos largos que ponen los pelos de punta a los atribulados conductores que sufren los movimientos angustiosos de la aguja de la reserva.
Una región turística de interior debería velar por abrir una vía a la información cultural del territorio en esos departamentos estancos de asfalto. Mientras, apuesto por las carreteras nacionales de toda la vida y, por supuesto, por las comarcales. Para ello deberíamos potenciar el tránsito por estas vías, que son las verdaderas arterias turísticas del turismo de interior. Las autovías no nos dejan hacer fotos, parar en dos o tres pueblos, comprar un queso al quesero o dormir la siesta bajo un árbol. No quiero recurrir a la melancolía, pero me obligan a ello: qué tiempos aquellos en los que los caminos, las sendas de montaña, las cañadas, los cordeles y las primeras carreteras nacionales tejían la geografía social. Tiempos de ventas, ventorrillos, ventorros, de fondas y pensiones, de herreros, carreteros y de aquellos primeros talleres mecánicos que dejaban un rastro de aceite. Entonces transitaban tratantes, viajeros de los de antes, representantes, soldaditos que iban o venían, y todos conocían la geografía cultural que les rodeaba. Y así, hasta que llego el tren, que tanto añoramos, sobre todo aquel de la chimenea de humo, el de los caminos históricos de hierro y desde cuyas ventanillas se proyectaban, en directo, los primeros audiovisuales de viajes. Muchas de esas estampas ya no volverán. Por eso debemos salvar la carretera nacional.