Diario de Valladolid

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UNA EXPOSICIÓN en la Casa Revilla conmemora aquellas Navidades de 1966, cuando la publicación de Cinco horas con Mario sacudió el muermo de la mesocracia vallisoletana. Todavía el reproche a su ciudad no alcanza la severidad que veinte años después tendrá en Madera de héroe, aunque el soliloquio de Carmen Sotillo supone un paso adelante respecto a anteriores relatos urbanos de los cincuenta. También muestra un giro en su modo narrativo, que lleva al extremo la capacidad de cautivar con códigos coloquiales. El lenguaje constituye uno de los mayores aciertos de la novela. Además, su publicación aprovecha una de las encrucijadas de posguerra, cuando la celebración de los 25 años de paz deja asomar tantas imposturas.

Carmen Sotillos evoca en cinco horas de velatorio el hilo argumental de su convivencia con Mario, un modesto profesor de literatura que acaba de morir a sus 49 años. El soliloquio da suelta a una implacable e inmisericorde introspección en la burguesía provinciana de posguerra. La novela se abre con la esquela y su primer capítulo describe el ambiente de los allegados que acuden a dar el pésame, de los cuales la viuda desplaza a la cocina a Beltrán, el bedel del instituto: «Desde cuándo los bedeles han estado mezclados con los catedráticos». No es la única diferencia de la pareja. Mario escribió novelas que a Carmen no le gustaban, por su insistencia en plantear gestos de bondad y escenas de soldados arrepentidos de matar. Tampoco le gustan los nombres que pone a sus personajes, cuando hay otros tan bonitos como Aránzazu o Borja.

Un día le propone novelar la historia de un padre que se enamora de su hijastra, pero no le hace caso y sigue con sus artículos en El Correo, donde se enfada cuando alguien en la prensa de Madrid llama cruzada a la guerra civil. Mario ni siquiera se ha comprado un Seiscientos y sigue usando la bicicleta para moverse por la ciudad. Así que no es extraño que Carmen desate su admiración por Paco, el antiguo novio que se ha comprado un Tiburón rojo con el que la lleva al prado, la besa, la abraza, le rompe el vestido y le confiesa su pasión: «Veinticinco años soñando con estos pechos, pequeña».

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