...Pero no convenceréis
ESTREMECE ver la imagen de José Luis Gómez, actor y académico, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, interpretar 80 años después al rector Unamuno enfrentado al Millán-Astray del «¡Viva la guerra!» en el Día de la Fiesta Nacional, entonces «Fiesta de la Raza». Ese «venceréis, pero no convenceréis», proclamado a menos de tres meses del golpe de Franco en una zona pobre y brutalmente agredida, permite con obligada humildad recordar a tantos derrotados pero no convencidos de la España pasada y actual.
Y estremece, porque ese mensaje del referente intelectual de la época llevaba consigo una gran dosis de rebeldía -y arrepentimiento por haber apoyado inicialmente el golpe- ante aquel inválido fundador de la Legión que pretendió sentenciar el «muera la inteligencia».
Al concejal y rector rebelde de la Usal aquella escaramuza en el solemne acto de apertura del curso le costó el puesto y, quizás, poco después la vida. Difícil encontrar en la España de hoy a gente que se la juegue de esa forma. Más difícil aún resulta hallar un mínimo de autocrítica en quienes vencen -a veces legítimamente- sin convencer.
Unamuno convirtió en autocrítica su contundente réplica al general fascista. Esa altura de miras y esa exigencia moral se echa de menos hoy entre aquellos que han sido por acción u omisión responsables de la reinante corrupción -financiación irregular vía powerpoint incluida- y del aumento de la pobreza. Y a veces, cuando se intenta aparentar arrepentimiento político se hace solo para drenar y frenar la fuga de votos.
Los autores del ‘golpe’ en el PSOE tampoco han convencido a los vencidos. Basta con ver las redes sociales. Hoy, intelectuales venidos a menos, llaman demagogos a los que piden mayor democracia interna. El odio se está apoderando de los aparatos de los partidos, incapaces de propiciar el debate y el acuerdo, y se traslada a unos afiliados desnortados y acostumbrados a un inexplicable y excesivo hiperliderazgo.
El imperio del tacticismo convierte demasiadas veces la política en autoritarismo de minorías o barones frente a la autoridad respaldada por las bases en asuntos cleve. Cuando se vence sin convencer, en casi todos los aspectos de la vida, algo está fallando. Basta salir a la calle para darse cuenta de que no sólo hay que ganar elecciones, hace falta convencer a las personas de que la política trabaja solo por el bien de las mayorías. ¿Qué diría hoy Unamuno con la España actual de Correa, la Gürtel y las tarjetas black?