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SI las campañas son siempre un tiempo propicio al desvarío y las desmesuras, el riesgo se eleva hasta el disparate en boca de los cuneros transeúntes. Pasó en diciembre con la plantación segoviana de un Gómez de la Serna traficante de empeños, y vuelve a chirriar ahora con las ocurrencias del barón de Claret, que repite como candidato popular a diputado por Palencia. Este Iñigo Méndez de Vigo, quizá para competir en extravagancia con su predecesor Wert, acaba de sugerir que la tapa que arropa al vino en las barras de los bares sea propulsada a su declaración como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Con ser gorda, tampoco esta es su primera melonada. Para empezar el curso con tronío, cometió el traspié de desalojar en septiembre de su despacho ministerial el retrato de don Miguel de Unamuno firmado por Solana, para colocar en su lugar la plastilina irrisoria y colorista de un joven manchego que le vendió su artículo mediante tuiteo. Aquel ofensivo esparaván lo perpetró días antes del aniversario de la refriega salmantina del rector con el esfralario Millán Astray y fue recibido por los tertulianos áulicos como muestra de saludable modernez.

Conocido el percal, tampoco cabe extrañarse demasiado de que esta semana el candidato Méndez Vigo haya hecho ministerial proclamación de su afán por conseguir que la Unesco declare al pincho de barra como «patrimonio de la humanidad». Lo hizo en el foro Nueva Economía, que dirige en Madrid el periodista berciano José Luis Rodríguez, y ante la directora general del organismo, la búlgara Irina Bokova. Sin duda, los almacenes documentales y las piedras románicas caen más lejos de sus inquietudes que los tres salmonetes empalados que adornan el blasón de su baronía nobiliaria. Hijo de militar africano, el ministro luce desde hace 36 años la cuelga de barón de Claret, un título sombrío de los Austrias menores que la Falange resucitó para su abuela, Carmen de Icaza, en 1951. Una abuela que fue la Corín Tellado de los cuarenta.