Diario de Valladolid

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ESCRIBIR de pobreza sin ser pobre es más fácil que escribir de riqueza sin ser rico. Del primero es la nada; es más transparente y casi lo tocamos… Del rico tenemos menos información, son ingenieros de la opacidad; salvo que les pillen Hacienda y los tribunales. Los gobiernos se sientan más con estos que con los primeros; es más sencillo poner cara a sus representantes. El perfil del rico cambia poco, el del pobre ha dado un giro en esta crisis al integrar a colectivos que ocupaban franjas medias de la sociedad.

Vivo en un bloque con 50 vecinos. Desde el martes sé que uno de cada cuatro es pobre o está en riesgo de exclusión. Nos lo contó el INE en una encuesta sobre las condiciones de vida. Que yo sepa, en mi bloque no hay ricos. Sí jubilados, parados de larga duración y jóvenes ninis. Intento poner cara a ese 23,3% de pobres que me rodean. No es fácil, avergüenza serlo y, salvo excepciones, no se lo decimos a nadie.

Europa ha acuñado un nuevo concepto que aprendí esta semana para reflejar el riesgo de pobreza y exclusión social. Se llama Arope y ‘agrupa’ a los pobres, a los que sufren carencias materiales severas y a los que en un año no han trabajado ni el 20% del tiempo total. De estos tres colectivos, Castilla y León está en cabeza de estos últimos que marcan un estado de precariedad laboral.

Las secuelas de la crisis tardarán en desaparecer. Sobre todo si la reducción del déficit sigue encumbrando el altar de los vencedores y la desigualdad se instala como una religión inevitable en la cultura social. La escasa soberanía de España frente a los dictados que marca Europa deja demasiado poco margen para que un Gobierno -sea del color que sea- se implique en combatir la pobreza y sus causas. En ese margen hay un cierto espacio para decisiones que saquen a algunos pobres del agujero y suavice el estado de otros muchos. Todo depende de las alianzas postelectorales y de la conciencia y la presión de los ciudadanos.

La limosna fue la alternativa que nos enseñaron para aliviar a los clásicos pobres. Esa práctica sólo satisface a las conciencias cristianas y perpetúa la extrema desigualdad. Devolver la sonrisa al pobre de hoy se consigue al menos con empleo digno. Y eso pasa por una Europa radicalmente diferente en la que la clase política, la empresarial y la financiera piensen en las mayorías.

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