Diario de Valladolid

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NUNCA ha estado de moda afiliarse a un sindicato. Tampoco hoy. Por razones diferentes. Desprestigio ganado a pulso por las organizaciones, miedo a represalias del empresario, individualismo, desconocimiento… Son razones que explican qué más del 85% de la población activa nunca se haya afiliado.

Los 181 delegados que esta mañana participan en el descafeinado séptimo Congreso de la UGT tienen claro los motivos para implicarse en tan noble actividad. Sobre todo, en una Comunidad con déficit de combatividad, abundancia de pactos en las cúspides, escaso sentimiento colectivo…, además de fragmentación y precariedad laboral. Diría que hay más asignaturas pendientes que en otras autonomías si no fuera porque la vanidad, el sentimiento de poder, las horas sindicales y algún otro privilegio atrapan a algunos sindicalistas y se disfrazan demasiadas veces con el objetivo nominal de lucha por el mito de la clase obrera.

Detesto argumentos que desde posiciones de poder dan estopa a personas que ven en la actividad sindical cotidiana la lucha por un mundo mejor desde un sitio tan necesitado como la empresa. Hay mucho compromiso silencioso y desconocido en los miles de delegados que honestamente se implican en mejorar las condiciones de trabajo de sus compañeros. Si fuera católico, diría que se ganan todos los días el cielo.

Pero junto a ellos están los ‘pecadores’ y caraduras de las tarjetas black, de los falsos EREs, los líderes mineros enriquecidos como Fernández Villa, los parásitos bipolares que anteponen sus intereses personales a los colectivos, los mediocres integrados de por vida en aparatos sindicales… El sindicalismo necesita una profunda reflexión y una recarga de ética.

Castilla y León ha creado un modelo útil de Diálogo Social para sindicatos y empresarios. Ambos reciben dinero a cambio de una cultura de la paz social. También, de mejoras y avances para colectivos marginados. Herrera se ha impregnado en estos 15 años de poder autonómico de algunos de esos nobles valores sindicales, ha sabido como nadie en su partido asumir planteamientos progresistas y lograr una inédita estabilidad política para PP. Esa cultura ha desactivado el conflicto y ha alejado a los sindicatos de los centros de trabajo para dedicar más esfuerzo a las numerosas mesas de diálogo. En definitiva, hay virtudes sindicales que deben exaltarse y ‘pecados’ que urgentemente necesitan purgarse. Faustino Temprano tiene tajo en ese purgatorio en el que pretende estar hasta 2020.

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