Diario de Valladolid

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NADA más llegar escuché estas palabras: «Heredábamos ropa al llegar el otoño,/señales de otros cuerpos que eran como nosotros, carne viva». El poema seguía, con la voz potente y, a la vez, rebozada en ternura, de Miguel Velayos. «Ninguno de nosotros protestábamos. Tanta precariedad nos hizo / ser felices doblemente, siameses de la vida unidos al cordón / de aquella lana…», concluyó el joven poeta abulense.

Apoyado en la austera pared, monacal, del pasillo de la bodega que desembocaba en el espacio abovedado en el que se exponía la obra Lecciones de Orfandad, en la que la palabra y la música de la guitarra convivían fraternalmente, se notaba la humedad propicia para el vino y algo destemplada para el cuerpo. En camisa, para no perder aún más tiempo en ponerme el abrigo, el frío se sumaba al espectáculo.

Un amigo previsor me prestó su abrigo, mientras bajo los arcos de ladrillo de medio punto, se escuchaba: «La orfandad es un frío decorado». Unos lo somos literalmente desde más jóvenes, otros ya en edad de madurez en sazón. Pero tiene razón el poeta, la orfandad es un estado previo incluso a la muerte de quien nos deja ante tal abismo. Es un tiempo irrevocable y presentido, como todos los miedos, como todas las derrotas.

Quizá el préstamo a fondo perdido de la ropa que se heredaba entre hermanos, que Velayos ofrece en uno de los primeros poemas de su libro Lecciones de Orfandad, que el sábado contó y cantó en la bodega de La Senda de los Frailes, junto al hospitalario hostelero Cecilio Lera, en Castroverde de Campos, sea una imagen precisa, acertada en su sencillez, de gesto recíproco de aceptación, para saber acoger lo que supone la ausencia de los seres queridos.

La orfandad no entiende de adelantos tecnológicos, si bien la economía actual y los modos de producción, con su calculada obsolescencia, han arrinconado la sucesión del uso de ropa entre hermanos.

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