Diario de Valladolid

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Este jueves cumplía setenta años José Miguel Ullán, abatido por el cáncer en mayo de 2009. Era fronterizo de Villarino de los Aires, el pueblo de los indianos que empadronaron su prosperidad en La Habana, y nos dejó una obra deslumbrante y plural, acuciada por la urgencia de las transgresiones. Un legado poético urdido a partir de su increíble manejo de la lengua nutricia de los Arribes, que es la veta que fecunda toda su creación, desde la inicial poesía comprometida a los hermetismos postreros, con leve descanso en estancias de alianza luminosa.

Su trayectoria fue una enmienda al conformismo. Una obra cumplida donde anida la mudanza. Qué hermoso su poema Ambasaguas, sobre el encuentro del Tormes con el Duero a los pies de Villarino, y aquellos versos: «Lo que el Tormes de día soñaba / por la noche del Duero fluía». Sus inicios salmantinos coinciden con la irrupción de Aníbal Núñez, también relegado del lanzamiento de los Novísimos, que resultaría a la postre «una olla con más Azúa que Carnero». Sarrión recoge en sus memorias la mediación con Ullán y su respuesta airada al compadreo.

La antología barcelonesa dejó fuera a dos de los mejores poetas de aquella generación: Ullán y Colinas. Sus muñidores optaron por una guarnición de líricos cartageneros, maragatos, ilicitanos y albaceteños para acompañar a Gimferrer, que ya ostentaba el laurel del Premio Nacional José Antonio Primo de Rivera. Ullán publicó muy joven y se exilió a París en 1966. Volvió diez años después y tuvo que hacer la mili antes de convertirse en protagonista de la información cultural durante la década de la movida. En las artes y en las letras. En la pequeña pantalla llegó a ser irónico comentarista de una edición del concurso musical eurovisivo. Creo recordar que aquella que concluyó con la barca nacional encallada en último lugar. Ya en los noventa puso en marcha la editorial Ave del Paraíso, su penúltima apuesta.

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