BURGOS
50 años de aroma familiar
Ángel Sogorb cimentó sin saberlo un legado que hoy defiende su nieta Patricia desde la tienda que fue pionera. Presume de la calidad del producto llegado de hasta 22 países, que tuestan y muelen en Burgos

Patricia Sogorb y Yolanda González, en el mostrador de la tienda que regentan
Los legados, en ocasiones, se fraguan sin intención. El azar así lo quiso para la familia Sogorb, pues poco imaginaba el patriarca el peso que iba a adquirir la decisión, casi casual, de complementar su actividad principal como funcionario -a la que consagraba su jornada laboral matutina- con el negocio del café, del que, tras no pocas vicisitudes desde entonces, su nieta Patricia está a punto de tomar el testigo.
Todo comenzó «de forma muy sencilla», explica Yolanda González, madre de Patricia y mujer de José Ignacio, que, a sus 18 años y también por probar, decidió continuar la estela esbozada por el patriarca con Cafés Santa Rosa. Una pequeña máquina de tostar fue el origen. Con ella, Ángel preparaba el pedido de bares y restaurantes. Demandaban natural y torrefacto, porque no había más, y «cada uno hacía su mezcla».
Todavía había mucha intervención estatal en este ámbito por aquella época. La llegada del café se limitaba entonces a Colombia, Brasil y, excepcionalmente, Honduras o Uganda, con cantidades fijadas. El estraperlo aún funcionaba y permitía cubrir la escasez cuando la demanda superaba las existencias.
El negocio creció al tiempo que José Ignacio, que se animó a sumarse a Ángel. Emprendía así una carrera profesional a punto de culminar, dedicada en cuerpo y alma al café. «Él es el cocinero», subraya Yolanda, el responsable de dar forma a un producto que ha acompañado a los burgaleses durante casi medio siglo. La toma de contacto cuajó y derivó en una notable expansión que en la práctica se tradujo en hasta «cuatro o cinco furgonetas de reparto» y un tostadero de envergadura en el polígono industrial de Gamonal.
La consolidación de la marca burgalesa coincidió con el empeño de las nacionales por irrumpir en los mercados locales. «Buscaban expandirse», recuerda González. Fue entonces cuando, de manera transitoria, durante más de ocho años trabajaron en conjunto con otra empresa. Sin embargo, la disparidad entre un pequeño negocio familiar, volcada en el trato personal y cercano, y las técnicas comerciales de la ‘industria’ hicieron que Cafés Santa Rosa volviera a aferrarse a su independencia como valor añadido.
Tocaba, eso sí, mover ficha para sobrevivir. Se potenció entonces la tienda Cafés y Tés de Ultramar, cuyas riendas asumía Yolanda, que ya se había percatado en ferias de Madrid y Barcelona de los nuevos tiempos que se aproximaban para el sector. «Los cafés de origen abrían un mundo nuevo y vimos la oportunidad de acercarlo a Burgos. Fuimos pioneros. Queríamos contactar directamente con el consumidor y disponer de tiempo para explicar lo que vendíamos. Partíamos de cero, la gente se acercaba sin saber qué quería. Nuestra meta principal era desterrar el torrefacto, un producto de posguerra con el grano recubierto de caramelo, y aclarar las principales diferencias entre los tipos de café que ofrecemos: arábica (más aromático, con menos cafeína y con más matices) y robusta (más denso, con gran intensidad), además de las particularidades de cada uno según el lugar del que procedían», relata Yolanda, con un entusiasmo que delata el gusto por su oficio.
Sonríe al subir la verja, «como cada día desde hace 33 años», del local ubicado en el número 2 de la calle Guardia Civil, más aún por compartir esa rutina con su hija desde hace un lustro, porque así lo quiso la pandemia. Y suma una chispa a su mirada cuando relata que hay quien asegura que la suya es la tienda «que mejor huele de todo Burgos».
Esa era la idea, hacerse un hueco en el corazón y en la despensa de sus paisanos. En otro alarde visionario optaron por desechar la idea de incorporar cafetería, «ya que hubiera eclipsado el propósito de atender con suficiente tiempo y dedicación», a cambio de incorporar una nutrida selección de té al peso. También fueron los primeros. Comenzaron con 20 variedades y han llegado a las 200.
Compensaba este producto los vaivenes de la demanda del primero que, tras la sequía ‘alimentada’ por las cápsulas (que representan todo lo contrario de lo que la familia Sogorb González postula), vuelve a resurgir al calor de los cafés de especialidad que tanto predicamento tienen en redes sociales. «Vivimos una tercera ola en la que además importa mucho la trazabilidad y el conocimiento de los matices», apunta Yolanda. Precisamente lo que distingue su negocio desde hace más de tres décadas, comentan a un tiempo madre e hija, empeñadas en poner en valor el mimo y el carácter artesanal que bulle tras Cafés Santa Rosa, nombre que quieren devolver a la tienda como homenaje a sus raíces «y sinónimo de calidad».
Así se muestran de hecho en redes sociales, espacio en el que navega con soltura la representante de la tercera generación de esta empresa familiar, que aúna los conocimientos técnicos heredados de sus padres con una perspectiva próxima a las nuevas generaciones de clientes.
Porque ellos son el centro. «Ofrecemos un asesoramiento personalizado que se ajusta no solo a las preferencias, sino también al momento del día en el que se consume o, incluso, al tipo de cafetera. Molemos de una forma u otra según la máquina, para que extraiga el máximo sabor y aroma a la perfección», detalla Patricia, para añadir que también disponen de descafeinado «al agua» o Swiss Water, un método natural, «sin productos químicos», que extrae la cafeína, pero mantiene intactas el resto de propiedades.
En el horizonte se vislumbran ya nuevos desafíos, como el incremento de precios a causa de las malas cosechas recientes y los problemas del transporte. Mantienen los Sogorb González, sin embargo, la misma ilusión que ha guiado durante décadas su particular viaje, ese que hoy acerca a la capital burgalesa cafés de 22 países y les permite adaptarse a las demandas de una clientela informada y exigente. El futuro, ese que cimentó Ángel en los 70, promete.