Tierras de arcilla y resina
De los cántaros negros de Quintana a la cerámica de Tajueco o el pasado tejero de Tardelcuende, la historia del Izana huele a horno y pino

-LUIS ÁNGEL TEJEDOR
Dicen que ‘de Quintana Redonda, los cantareros; de tierra colorada, cántaros negros’. La tradición alfarera de la comarca soriana del Izana sigue viva en manos artesanas y museos, en una trayectoria histórica milenaria y en nuevas formas de arte. Junto con la recuperada resina y la elaboración de cisco que aún celebra –esta vez en sentido literal – Las Cuevas, definen la geografía humana de una zona muy cercana a la capital pero no siempre bien conocida.
La primera localidad en el curso del Izana es precisamente Las Cuevas de Soria (con permiso de la cercana y homónima Izana), famosa por su villa romana y por su tradicional elaboración del cisco. Se calcula que en los 30 mosaicos de la villa Magna Mater el número de teselas es de millones, colocadas con patrones geométricos en uno de los mejores ejemplos de este tipo de decoración en toda España.
Los talleres, exposiciones u obras de teatro completan la oferta de este espacio donde no todo es decoración. Los restos de cerámica y alfarería, de los siglos III y IV, también indican la existencia de una zona termal de bastante valor hasta el punto de que alguna de sus piezas está en el Museo Arqueológico Nacional.
Más cercana en el tiempo es la elaboración de cisco o carbón vegetal que los vecinos repiten como antaño el segundo fin de semana de marzo. Allí se preparan las montoneras y se dejan quemar con pericia para no perder energía futura en medio de una fiesta, antaño labor, que ya es única en la provincia.
De vuelta a la ruta, Quintana Redonda es sin duda el corazón alfarero de Soria. De hecho, en su plaza Mayor lo primero que salta a la vista del visitante es una fuente cuya agua mana... de un cántaro, como no podía ser de otra forma. No obstante es anecdótica al lado de otros detalles que evidencian la importancia de este oficio.
Por un lado, el Centro Temático de la Cerámica Tradicional oficia de museo interactivo y permite recorrer la historia de este arte y oficio a orillas del Izana desde hace milenios. El centro recoge herramientas, piezas y recuerdos de las labores que llevan un trozo de ‘tierra mojada’ a convertirse en una pieza básica del hogar o en una pequeña obra de arte. Ocupa el edificio de las antiguas escuelas y está dotado con numerosas pantallas y elementos interactivos que muestran cómo Quintana y sus pueblos más cercanos hicieron de estos trabajos toda una seña de identidad.
Por otro lado, hasta su reciente jubilación el taller de Evelio Arnanz ha sido un icono de la artesanía de Castilla y León. Memoria viva de estas labores, por su taller pasaron cientos de niños sorianos para ver con sus propios ojos cómo de un pedazo de arcilla nacía arte.
Hoy «hay poco relevo» y de hecho su hijo Arce, también buen conocedor de la alfarería, ejerce las artes... de la ingeniería. No obstante Evelio recuerda cómo «mi mayor orgullo ha sido alfarero. Es una estirpe por parte de madre que viene desde mi bisabuelo y con muchos tíos. Uno de ellos incluso fue con los grandes desplazamientos a América y hay alguna referencia de que allí hizo cántaros negros», los mismos que dan fama a Quintana Redonda.
CERÁMICA NEGRA
Pero ¿qué secreto hay detrás de esa transformación cromática? «No hay ningún secreto», y lo dice un hombre que ha moldeado «infinidad» de ellos y que investiga en dos yacimientos de hace dos milenios el vínculo de su pueblo y la cerámica. «Los romanos ya los utilizaban para la cocina porque son más salubres. Y se hace por la carbonatación».
Primero «se cuece en oxidación hasta los, digamos, 1.000 grados. Se cierra el horno más o menos hermético y se añade carbono con tocones de pino semipodridos, bajando a 400–500 grados. Ese es el secreto. El carbono se mete en el barro. De hecho, si metes al horno una pieza de cerámica negra y no hay carbonatación, se vuelve a poner roja».
Hasta ahí, la ciencia del Izana. El hecho es que es una arcilla muy fina e indicada especialmente para agua y no tanto para el horno. «Mejora el agua» asegura Evelio. Recuerda además que «la artesanía y el arte son de la misma familia y enumera desde los alfareros griegos que decoraban sus vasijas y hoy exponen en museos hasta la relación de Pedro Mercedes con Picasso. Aún jubilado, pocas visitas enseñan más sobre cerámica y barro.
Más allá de la alfarería, Quintana Redonda también cuenta con otros atractivos como el palacio de los González de Gregorio, parte consorte de la llamada Duquesa Roja. Actualmente está dedicado a celebraciones, por lo que se puede disfrutar en compañía de su singular jardín o de un lujo incomparable llamado tranquilidad absoluta.
Para encontrar reflejo hay que salir hacia el oeste y a apenas 15 kilómetros Alfonso Almazán mantiene viva la alfarería de Tajueco, donde en tiempos había una docena larga de maestros artesanos. Teniendo en cuenta el reducido tamaño de la población, no cabe duda de que es una de las localidades mejor torneadas de Castilla y León.
Pintadas, vidriadas o al natural, las piezas van desde los utilitarios botijos a vajillas enteras, vasijas con cordones que recuerdan a la cerámica prerromana, huchas de cerdito o ensaladeras. La localidad no se encuentra en el curso del Izana, pero nunca está de más acercarse para disfrutar de su quietud y de un oficio que define su personalidad. Y si en Quintana la arcilla roja torna a negra con un particular sistema de cocción, aquí el rojo se intensifica, permitiendo al visitante llevarse a casa piezas totalmente distintas en apenas un paseo de distancia.
Para volver hacia el río merece la pena hacerlo por Osona, Fuentepinilla o Andaluz. Románico en su forma más pura y limpia, rollos de piedra renacentistas (suelen ser anteriores), arcos de piedra que dan la bienvenida al visitante... Son localidades muy pequeñas pero puntos perfectos para integrarse con la tranquilidad de esta zona de Soria, a apenas 20 minutos de todos los servicios de la capital.
ZHIVAGO Y GAYA NUÑO
El siguiente punto en el recorrido del Izana es Tardelcuende. Allí aparecieron cerámicas tanto celtíberas como romanas y hasta hace poco la actividad ha continuado, eso sí, menos artística y más práctica. Las fábricas de ladrillos y tejas, con sus arcillas rojas, llegaron casi hasta la actualidad como parte del paisaje tardelcondino. Algo tendrán de bueno cuando en la Exposición Universal de Chicago a finales del siglo XIX hubo representantes de la localidad para mostrar lo que se hacía a orillas del Izana.
No obstante, la gran industria de la localidad hasta bien entrado en siglo XX fue la de la resina. Desapareció, pero los nuevos tiempos trajeron nuevas oportunidades y ahora se cuentan por decenas los trabajadores que sajan los árboles en busca del preciado líquido. Obviamente no todo son alfareros, resineros y carboneros elaborando cisco, pero desde luego ya hay muy pocos puntos de España en los que descubrir que hay oficios tradicionales que siguen vigentes.
De esta localidad es el escritor y gran crítico de arte José Antonio Gaya Nuño. Amigo personal de las grandes figuras de la pintura del siglo XX, su legado sigue muy presente sobre todo en actividades culturales bajo el amparo de su figura. A buen seguro, Picasso oyó de Tardelcuende.
El curso del río sigue hacia Matamala de Almazán, localidad que muchos visitantes habrán visto antes aunque no lo sepan. Algunas de las escenas de Doctor Zhivago se rodaron en la zona. Cuando la familia Zhivago baja del tren en Baríkino, lo hace realmente en la tundra soriana.
Tanto en el pueblo como en su barrio de Santa María del Prado no faltan por ejemplo vestigios románicos o curiosos ejemplos de arquitectura popular del siglo XX. Además, la famosa estación aunque en desuso está bien conservada y cuenta con una zona de merendero para descansar en ese trocito de Rusia.
En la zona aparece una última localidad que merece la pena visitar. Se trata de Monasterio, un pequeño pero singular lugar ya más famoso por su piedra que por la cerámica. Allí se conserva, por ejemplo, un lavadero circular, algo muy poco visto en toda España y no será por falta de estos espacios públicos. Para rematar su originalidad, el campanario de su iglesia de San Miguel está separado del cuerpo del templo, una caso bastante extraño. También en sus inmediaciones se erigen los restos del yacimiento celtíbero de Los Casares, donde se aprecian detalles de su muro de mampostería y, claro está, cerámica de arcilla roja.