«Yo tengo diez años cuando llega la República y, por tanto, vivo al margen del ambiente político de la ciudad. Hasta la guerra viví al margen, testigo de muchas cosas pero al margen. Y es que en mi casa no había ningún ambiente socialista, y mucho menos un ambiente falangista. Mientras, en la calle, se enfrentaban los ferroviarios de la UGT y los señoritos y campesinos de Onésimo. Mi madre, pese a ser muy religiosa, no entraba en el juego fascista. Tenía esa idea, un poco intuitiva, de que el fascismo no podía ser una cosa cristiana: ella no quería saber, pues, nada de fascismo; y es curioso: siendo ocho hermanos como éramos, y perteneciendo a una familia en la que, con primos y tíos podíamos sumar cincuenta miembros, no se vio en casa ni una camisa azul».