Diario de Valladolid

¿De quién es la culpa?

La afición se divide entre los críticos por la poca aportación del entrenador y los que ven la baja calidad de la plantilla como causa de que el equipo no rinda como se esperaba / El caso de Luis César, un antecedente cercano

Almada se lamenta durante la derrota en Zorrilla ante el Sporting.

Almada se lamenta durante la derrota en Zorrilla ante el Sporting.LALIGA

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El debate está instalado en la afición blanquivioleta. No hay más que hablar con un nutrido puñado de seguidores para percibir su existencia: ¿El entrenador no puede hacer más con la plantilla de que dispone, o bien no está sabiendo sacarle partido?

En el fútbol casi nunca se dan las verdades absolutas y ambas corrientes de opinión cuentan con argumentos sólidos para sostener su postura. Los primeros pueden argüir que Almada no puede bajar al campo para meter los goles cantados que se fallan. Y son muchos. Podían haber aportado bastantes puntos ya irrecuperables.

La segunda corriente se agarra con fundamento a que el equipo no tiene una línea de comportamiento continua, pese a sus fallos, y que juega a vaivenes. Su constante es la inconstancia. Nadie sabe qué Pucela se va a encontrar de una jornada a otra, e incluso en el mismo partido.

No se trata de criticar los baches que se sufren durante un encuentro, de los que no están exentos ni los grandes. También es asumible algún petardazo. Nadie enamora en todos sus partidos. Ni el Real Madrid de los 50, ni el Brasil de los 70.

De lo que se trata es de tener un patrón, una línea de juego, y el Real Valladolid pareció poseerla en los dos primeros encuentros de Liga. El propio director deportivo Víctor Orta lo dijo: «Es un equipo con identidad. Hay que dar mucho mérito a Guillermo Almada. Somos un equipo reconocible».

Hace tiempo que este Pucela ha perdido el DNI. Y lo sorprendente es que los equipos nuevos y que además estrenan técnico, necesitan tiempo para construirse, no para perder señas de identidad que se adquirieron de forma rápida. Da la impresión de que el conjunto de Almada se ha empequeñecido a medida que los demás adquirían el tono físico que él tomó antes que el resto. Y, con argumentos futbolísticos, no da la misma talla que con los físicos.

Lo de la presión alta, la recuperación rápida y resolución de las jugadas a tres o cuatro toques con tránsito preferente por las bandas se daba al inicio. Ahora el Pucela no es tan exhaustivo en su presión y además le han pillado el truco. Llevar el juego al centro y meterle un balón en profundidad equivale a ponerle en serios aprietos.

El Pucela crea muchas ocasiones y no marca. Tiene el balón y mira a portería, pero no realiza un juego eficaz que saque lo mejor de sus futbolistas, y paga muy caros sus escasos fallos defensivos. Las dos partes tienen razón.

Llegados a este punto, cabe preguntarse si hay plantilla para más. Porque en agosto parecía mejor que en noviembre. Quizá el problema sea de elección y correcta utilización de jugadores. Algunos llevan ya tres meses y para el míster casi están de pretemporada.

El trofeo Ciudad de Valladolid ofrece una pista. En el once inicial salió una mayoría de jugadores no habituales y por tanto teóricamente inferiores. Sin embargo brindaron una primera parte con un juego interior rápido, vistoso, efectivo, con triangulaciones y correcta ocupación de espacios. No se veía desde verano.

Hay que colocar los paréntesis de un partido amistoso y un rival de no mucha calidad y somnoliento hasta el 2-0. Pero se hizo. Y ante equipos peores en Segunda, se fue incapaz de jugar así.

Resultó curioso ver que, a medida que salían titulares al campo, el juego local se iba empobreciendo. Fue como que cada futbolista habitual que pisaba el césped, aportase la dosis de tristeza que luce en la Liga. Se volvió a jugar casi siempre por fuera, hubo desconexiones... y aparecieron las socorridas llegadas que permiten echar la culpa del resultado a la falta de puntería.

Un equipo, unos futbolistas, quieren siempre lo mismo de un entrenador: que los potencie lo suficiente para conseguir buenos resultados y que ponga remedio a los problemas. En cuanto estos llegan, se instalan y no se los pone remedio, el jugador deja automáticamente de creer en el técnico. Aunque quiera apoyarlo, por dentro sabe que lo está arrastrando al fracaso.

No ayuda Almada con declaraciones como las posteriores al trofeo, con una frase a la que no se ha dado importancia pero que es capital: «Siempre damos libertad a los extremos, se sienten cómodos a banda cambiada».

No sólo es admisible, sino conveniente, que en jugadas concretas los extremos se cambien para crear dudas en la defensa rival. Pero decir que ellos pueden cambiar cuando quieran, es renunciar a la dirección del equipo. Nada tiene que ver jugar con extremos a pierna natural, ensanchando el campo y colocando centros, con ejercer como interiores que busquen la diagonal para el pase o el tiro, estrechando el verde y dando facilidades a la defensa.

Hay que ser muy bueno para jugar así. Y los muy buenos, cuestan un dinero que no hay. Además, cuando los extremos decidan por su propia voluntad cambiarse, Almada deberá reorganizar al resto. ¿O es lo mismo para un lateral tener que jugar más o menos avanzado, y para un delantero esperar el pase interior o el centro?

Si todo esto está automatizado, asumido y perfectamente engrasado, punto en boca. O en tecla. Pero no lo parece. Ni por asomo.

Este debate recuerda al sostenido sobre Luis César y su Real Valladolid 17-18. Aquel Pucela comenzó bien, y con una racha positiva más larga. Pero colapsó. Unos decían que era cosa del míster y otros que no había plantilla para más. Llegó Sergio y dio la vuelta al equipo como un calcetín. Carne de grada como Míchel y Nacho fueron fundamentales para labrar el ascenso, con un juego eficaz y vistoso.

Esto no quiere decir que la solución sea echar al entrenador, pero ‘a día de hoy’, como diría Solares, tampoco lo es la contraria. Si Almada se empeña en lamerse las heridas de las ocasiones falladas por sus jugadores y no levanta la vista para ver que su equipo es cada vez más triste, no aprovecha bien su plantilla y unos esperan oportunidades que a otros les llegan por decreto, estará poniendo el documento para que firmen su destitución.

Está a tiempo para evitarla. Solucione los problemas que sus jugadores sufren. Elija a los más aptos, no a los que más corren. Y, por Dios, transmita algo de alegría a la afición.

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