Diario de Valladolid
Publicado por
Arturo Alvarado
Valladolid

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Uno de los síntomas para comprobar que un entrenador se ha hecho chalé en Matrix es que su película del partido es totalmente opuesta a la de la inmensa mayoría, compañeros suyos incluidos. Ya no se trata de confundir quijotescamente molinos con gigantes, sino de ver ‘Qué bello es vivir’ en un documental de tres horas sobre los problemas psicológicos de la fauna de El Aljarafe.

Portugal se nos está yendo. No sé si llegó de verdad a aterrizar con todo su potencial, si no da más de sí que el esbozo pendiente de pasar a limpio visto hasta ahora, o si no cree en lo que tiene. Pero el míster se está perdiendo. Y con él, el equipo.

Más allá de recobrar una perdida solvencia defensiva y de dotar de cierto orden al conjunto, no ha sabido mostrar su verdadero potencial. Porque el Real Valladolid ha vivido con él de acciones personales y de asociaciones de dos o tres futbolistas en jugadas concretas. Así han llegado los goles. La calidad individual ha sido el trampantojo que ha ocultado la carencia alarmante de juego colectivo. El míster no ha sabido multiplicar talentos y fundirlos en uno solo. Se ha limitado a dejar que estos afloren, como los frutos del bosque. Muy ricos e incluso nutritivos, pero que no llevan ni un minuto de trabajo. Sólo hay que recogerlos.

No quiero decir que el míster no trabaje. Digo que hace surcos en el agua. En contadas ocasiones el funcionamiento del Real Valladolid como bloque ha sido armónico, eficiente, contundente. La Romareda, y Córdoba, Tenerife y Llagostera en Zorrilla son los mejores recuerdos del fútbol grupal. El que permite crecer sin depender tanto de qué día tenga tu goleador o tu mediocentro.

El de ayer no fue un día para el enfado. Se trató de algo mucho peor: el tedio. El virus que mata de forma inevitable a un afición. Uno puede ir al fútbol a cabrearse, pero nunca a aburrirse. Y Zorrilla es un bostezo gigante de somnolencia desde que comenzó la Liga. Una boca abierta de enormes fauces que amenaza con engullir el estadio.

El Valladolid mereció por oportunidades ganar al Almería. Totalmente cierto. Tanto, como que no supo abrir esa cáscara de cinco defensas y cuatro medios que acabaron siendo defensas. Portugal fue incapaz de contrarrestar el reto táctico, simple como el mango de un tenedor, planteado por Gorosito. El acorazado andaluz necesitaba para ser hundido velocidad por las bandas pero, sobre todo, inteligencia para lanzar los ataques. Alguien capaz de romper la doble línea blindada con un pase en profundidad. Y no lo hubo.

El míster explicó que Rubio, el ideal para esta labor, no estaba para jugar. ¿Qué puñetas pintaba en el banquillo? Pero al menos habría que buscar una reacción. Como en Miranda, el técnico estuvo muy lento para hacer los cambios. 70 minutos de piñón fijo.

También es constante en la proclamación de que su sueño de estar arriba sigue en pie. El problema es cada semana se aplaza a la siguiente. A ver qué dice el 5 de junio. Porque el día que acaba la Liga ya no caben apelaciones y la sentencia es firme. Lo contrario del juego del Real Valladolid.

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