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Beatriz S. Olandía
Valladolid

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A estas alturas de la semana, del domingo y de la vida, debería estar escribiendo una columna de opinión mínimamente digna sobre el Real Valladolid. Debería intentar hilar palabras, frases, ideas... para ofrecerles a ustedes un parecer sobre este equipo que motiva lo mismo que las piedras. Ay, si al menos fueran unos cantos rodados, musicales, con regusto a estrella de rock.

Ay, si por lo menos fueran capaces de arrancar indignación. Pero la realidad es que este Valladolid deja frío, deja indiferente, carece de capacidad de sacarnos del sopor dominguero.

Escuchar la retransmisión del encuentro frente al Mallorca motiva lo mismo que la lectura de las páginas amarillas. Ya son incapaces de movernos por dentro, no digo ya del asiento. El Real Valladolid se nos ha hecho bola. No tragamos con un equipo sin personalidad, perdido, falto de ideas. El Real Valladolid ya tiene poco de real y mucho de ordinario, es el fútbol en su versión más previsible y aburrida. El fútbol en caída libre.

A estas alturas de campeonato, ver a tu equipo no debería sonar a condena, a tortura china. Apetece más meterle mano a la pila de cacharros de la cocina, al polvo del salón o a la montaña de plancha pendiente que ver a este equipo que sigue decepcionando y se sigue asombrando, inocentemente quizás, del escaso tirón, que empieza a ser crónico en la ciudad. ¿Y si el sopor del equipo fuera contagioso? ¿Y si la grada no fuera más que la muestra de lo virulento de la infección sobre el césped? El contagio ha sido masivo y el remedio está tardando demasiado en llegar: la masa social se gangrena y costará mucho esfuerzo, muchos triunfos y mucha paciencia para curarse. Al frío de esta meseta heladora se une el frío de unos jugadores que hace tiempo dejaron de transmitir sensaciones. Si acaso se salva Álvaro Rubio, el único hombre de club que queda en las filas blanquivioletas, el único que da la sensación de haberse identificado con una ciudad y una institución, el único que siempre está, siempre trabaja, siempre Rubio.

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Y a estas alturas de perorata pesimista y negruzca, un gol de Juan Villar pone una mota de color entre tanto gris marengo. Un gol peligroso, un gol que dice algo muy diferente a lo que debería. Porque los goles hablan de triunfo y de tres puntos; los goles hablan de una victoria merecida. Pero este gol, este tanto al filo del desastre, no es más un destello de suerte. Que no deslumbre esa chispa la verdadera lectura de un partido en el que hubo más de lo mismo: más aburrimiento, más frustración, más pérdida que ganancia. Nos llevamos tres puntos, sí, pero tres puntos inmerecidos.