Patada voladora
7.239
El 26 de febrero de 1992 fue un día muy grande para el deporte vallisoletano. El Fórum Filatélico de Sabonis, Schlegel, Lalo y Bento disputaba la vuelta de semifinales de la Korac frente a Il Messaggero de Roma. Perdió y cayó eliminado, pero el pabellón Pisuerga se abarrotó como jamás en su historia, con 8.000 espectadores.
El sábado fueron a ver el Real Valladolid-Elche 7.239 personas.
No sólo se trata de que haya más gente de una ciudad en un polideportivo que en un estadio de fútbol, cifra que debe resultar lacerante para éste, sino que ese primer guarismo hace mucho daño. Por primera vez se ha bajado de los 8.000 espectadores esta temporada. No es un dato. Es un problema.
La pasada temporada escribí en este rincón sobre la paupérrima afluencia a Zorrilla, en torno a los 10.000 espectadores, y el hecho de que no se llegase ni siquiera por casualidad a la cifra de 16.000 abonados. Ahora sólo se han superado en dos ocasiones los cuatro dígitos. Ante el Oviedo, gracias a la afición visitante; y frente al Tenerife, gracias a las invitaciones para abonados. El número de carnés expedidos no llega a los 12.000.
El panorama que ofrecen los fríos números es malo, pero el que proporcionan los sentimientos es peor. Si en años anteriores decíamos que Zorrilla estaba anestesiado, su estado actual es comatoso. Los amores no se acaban cuando uno se enfada, sino cuando no siente nada, cuando es indiferente. Y eso es lo que está ocurriendo con una afición que ha perdido la ilusión y con ella el espíritu crítico, para lo bueno y lo malo. Se conforma con leves pitos cuando algo no le gusta y aplausos sordos ante una bella acción o un gol.
Todo ortopédico, como de plástico. Puramente artificial. Zorrilla cada vez me recuerda más a esos campos de países no futboleros en los que la gente no sabe qué hacer, cómo reaccionar, porque no lo han mamado. La diferencia es que en Valladolid han existido ubres de primerísima calidad. Pero parecen secas.
No se trata de buscar culpables, porque la desafección no es un delito. Lo que hay que buscar son causas, para combatirlas. Es cierto que el club en los últimos años no ha sabido conectar con la ciudad, tocarle la fibra. No transmite. Los fracasos deportivos han ayudado a que la abulia campe por la grada, donde ya no hay fuerzas ni para quejarse o sacar pañuelos.
Pero no es menos cierto que sin el actual dueño no habría fútbol. Y que las mejores aficiones son incondicionales. Suárez quizá no ha estado a la altura, pero la grada tampoco es la de Athletic, Betis o Sporting, pasionales y por encima de los resultados. Algo habrá que hacer para evitar que la relación se congele. Porque la congelación es la forma más dulce de morir, pero no tiene vuelta atrás.