Patada voladora
Salvador
Gaizka, en la lengua de los vascos, significa Salvador. Salvador Garitano. Curioso retruécano futbolístico. Quien estaba llamado a firmar el ascenso del Pucela; a calcar la trayectoria vivida con ese meteoro llamado Éibar, a cuyos lomos cabalgó para conducirlo de Segunda B a Primera, lo deja en puesto de descenso. Y lo peor, con una crisis existencial que le hace más necesitado de diván que de césped.
El míster vizcaíno ha fracasado. Con la rotundidad que provoca un proyecto abortado tras nueve partidos. No ha entendido la ciudad. No ha entendido el club. No ha entendido a su plantilla. La ha desquiciado. El titular de hoy es el habitante de graderío de mañana. Y viceversa.
Al tiovivo de las alineaciones se le ha roto el eje y los caballitos han salido volando, estrellándose contra los adoquines de la clasificación.
Por eso lo peor que deja el míster es la tierra arrasada. Un equipo sin autoestima en el que cada uno salía al campo para cumplir con su tarea encomendada, sin una concepción global del juego. Porque el error podía costarle las galeras. Lo sabe Juanpe. Y Hermoso. Y Samuel. Y Leão. Y Villar. Y Rubio. Y Óscar.
Por contra, Garitano deja el poso personal de ser un caballero, de su enorme ética del trabajo (aunque horas no equivalen a calidad) y de no revelar (al menos, en público) su pensamiento sobre la idoneidad de ciertas posiciones y jugadores. El hecho de que la plantilla al completo hable bien de él indica que ni le han hecho la cama, ni estaban a disgusto con él como ser humano. Otra cosa es como técnico, donde las opiniones están más repartidas.
Pero en un país encantado de buscar culpables en vez de responsables, sería muy fácil focalizar la decepción en el míster y colocarlo en el centro de la hoguera. Es el gran responsable del desastre, pero no el único.
Los jugadores también tienen lo suyo. No son piezas de futbolín. Cuando se insiste hasta en la saciedad en que hay que defender un saque de banda de cierta forma, no se puede encajar gol en el minuto uno. Ni se deben ir dos jugadores al mismo rival, que además les hace una faja que les manda al Ampurdán, como ocurrió con el 0-2. Ni un pase desde el medio campo puede convertirse en asistencia ante la mirada vacía del central, caso del 0-3.
El tiempo dirá si la confección de la plantilla es idónea, aunque está claro que puede dar mucho más de sí, porque ahora no da nada. Un técnico normal debe hacerla buena. Pero existe un problema con los centrales. Taparse los ojos ante él no es la mejor solución, porque las próximas quejas irán dirigidas hacia los hombre de traje y no los de chándal.