A traición
El hermano mayor
Yo debía tener unos seis años y aquella debía de ser una de esas tediosas tardes en las que si no tramas alguna, el aburrimiento te come.
Jugando no sé muy a qué con mi hermano, a la sazón seis años mayor que yo, acerté de una patada a cargarme la puerta de un armario. Los pasos de mi padre no tardaron en sonar firmes y rotundos por el pasillo para descubrir, una vez llegado a la habitación, que el mueble había quedado mutilado a la altura de mis pies.
El cabreo, imaginarán, fue de aúpa. Cuando miré hacia arriba y vi la cara desencajada de mi padre, comprendí que me había ganado una buena. Pero justo en el momento en el que la bronca se cernía sobre mí, encogida como estaba frente al metro ochenta de cabreo paterno, mi hermano se interpuso entre los dos y le dijo a mi padre: «No le grites a ella, yo he tenido la culpa».
Debe de ser una de las cosas malas de ser el mayor, comerte los marrones de los que vienen detrás, y una de las mejores sensaciones de los benjamines, sentir que alguien se preocupa por ti más allá de responsabilidades reales. Mi hermano decidió que, a pesar de que aquella fechoría llevaba mi firma, las culpas recayeran sobre sus hombros.
Braulio ha ejercido esta semana de hermano mayor en el Real Valladolid; la responsabilidad le ha llamado a erigirse portavoz de lo que nadie más quería decir o, más bien, de lo que el resto no debía manifestar.
El supuesto maltrato arbitral, del que aficionados, jugadores y directiva estamos casi convencidos, debía ser expuesto y denunciado, por una vez, aun a riesgo de comerse el marrón posterior de papá comité de Competición.
Braulio enfiló a la prensa no sólo para denunciar un trato desfavorable del colectivo arbitral, sino para cargar sobre sus hombros las consecuencias de una posible rajada de entrenador, jugadores o, incluso, presidente. Lo que para algunos fueron unas declaraciones en caliente, fueron en realidad una estrategia bien hilada para descargar de futuras sanciones a otros estamentos del club.
El director deportivo ha hecho lo que muchos venimos reclamando en los últimos años: alzar la voz ante lo que parece un trato discriminatorio en el campo. Alguien debía levantar la liebre y el Real Valladolid lo ha hecho de la forma más inteligente posible, apartando de las iras paternas a los eslabones más débiles o, al menos, a aquellos cuyas sanciones más puedan dañar al club.
De nada serviría que un jugador o el propio entrenador se arriesgaran a algún partido de suspensión; es más fácil derivar esa presión a otra persona ajena a la plantilla. Alzar la voz, reclamar -por fin- respeto para el club, pero sin perder efectivos.