Diario de Valladolid
Publicado por
Beatriz S. Olandia
Valladolid

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Sunil sobre fondo blanco espera una respuesta que nunca llegará. Sunil sobre fondo blanco explica, sin aclarar demasiado, que su camino hacia la gloria baloncestística ha tocado a su fin después de no haber estrujado más que fofas realidades y espejismos por los pelos. Sunil en el blanco paredón desde el que habló a los medios y al mundo es más Sunil que nunca, destacando su gesto normal y sus palabras sencillas color gris marengo sobre el lienzo pálido de la muerte anunciada. Sunil y su persona ya no forman parte de este mundo, han volado a la vera de otros tantos empujados por la virulencia de la hoguera de las vanidades. Sunil y su persona se han consumido mientras se consumía con ellos el último hálito de vida de un club abocado a una muerte solitaria.

El cadáver del CB Valladolid, el esqueleto del mítico Fórum, el amoratado de las camisetas que ahora adorna sus ojeras, se consumirá en la soledad, como los héroes caídos en las guerras secretas son velados por la nada. Los responsables del baloncesto vallisoletano, las personas de ahora y las personalidades de antes, rehúyen la ceremonia que se avecina por evitar las miradas acusatorias que se entrecruzarían. Nadie se mira fijamente porque nadie se sabe libre del pecado original. Puede que haya habido lujuria, el exceso del disfrute de la carne, cuando estaba fresca; gula, el apetito desordenado que arrasó el banquete de las subvenciones y el dinero público; avaricia, el afán por poseer y amasar una pasta que a nadie más que al club le correspondía; y puede que un poco, o mucho, de soberbia, la altivez de ser más deseado, aclamado y recordado que el resto, el salvador de esta nada.

Sunil sobre fondo blanco confirma que abandona un barco que nunca tuvo claro el destino que debía tomar, pero al que sí le constaba que quienes debían remar eran los otros, los jugadores, la afición. Sunil, enhiesto y casi imperturbable, arquea sus cejas en busca de comprensión porque él no ha sido quien ha roto el juguete, como un niño que contempla su travesura sin saber muy bien cómo ha llegado el fatal desenlace. Sunil, que una vez miró hacia el horizonte oteando un paisaje prometedor, un futuro de deporte en miniatura, un proyecto creado por y para los pelos, marcha ahora trasquilado.

El final de esta historia está tan claro como el fondo sobre el que parlotea el ex presidente; es la crónica de una muerte anunciada y contada por fascículos vergonzosos. El Club Baloncesto Valladolid es un Julio César que se tambalea apuñalado por muchos, por todos, para desplomarse ante la mirada silenciosa del mundo. Regalémosle a Sunil, al menos, el honor de creerse el Bruto de este magnicidio.

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