A traición
Palabras
Porfirio Fisac es muchas cosas: un buen entrenador, un hombre con carácter, un líder comprometido, un tipo con mala hostia, un paisano transparente.
Porfirio Fisac, Porfi, es el míster que arenga a los jugadores, que se sienta pensativo a observar el balón, el movimiento pendular del juego, sus chicos luchando -este año más que nunca- contra la adversidad. Pero pocos habrán advertido que una de las habilidades de la que puede presumir, aunque no lo haga, es la del manejo de las palabras.
A las palabras se las maltrata en las prisas del día a día, se las acorta y comprime en la pantalla del teléfono móvil, se dibujan y borran constantemente en los ordenadores, se escupen en las discusiones... se las hace el amor o se las folla.
Las palabras nos representan, definen y esclavizan. Por eso, el aparente canal expedito entre la cabeza de Porfi y su boca no es más que un mito, una irrealidad, un espejismo del que él mismo se aprovecha y con el que juega y nos hacer jugar al resto. Porfirio sabe lo que dice, lo que calla y lo que espeta. Analiza la situación como analiza esa pelota naranja, del mismo modo que sopesa los cambios, las estrategias y los movimientos; el entrenador del Club Baloncesto Valladolid abre la boca y sabe, antes de pronunciar nada, qué efecto tendrá y sobre quien.
Después de una temporada de trompicones fuera de la pista, de prácticamente justificarse a sí mismo, y a los suyos, por algo tan legítimo como querer cobrar por su trabajo, Porfi sorprende -a todos menos a él- asegurando que no es buena idea subir a la ACB.
Y sólo él sabe si es un farol, una advertencia o un jarro de agua fría en una ciudad en la que desde que se descendiera se ha pensado en regresar a la máxima categoría del baloncesto. ¿Qué otra cosa puede perseguir un equipo descendido más que volver a ser quien era?, ¿qué otra meta puede haber? La meta es, en este caso, la propia trampa verbal que nos tiende Porfi.
Es muy probable que con esa duda categórica, el entrenador nos esté advirtiendo del peligro de darnos por satisfechos, de regodearnos en lo que a todas luces es ya un triunfo, estando la situación del club como está. Puede que lo que pretenda sea zafarse de las loas desatadas, con razón, para que no les pese en el camino que aún se abre entre el equipo y la gloria.
O puede, por qué no, que vaya en serio, que él sea quien mejor diagnóstico haya dado del enfermo; es muy probable que Porfirio prefiera los pasos cortos pero seguros a que de una zancada se desentumezcan los fracasos, pero se luxen todos los huesos.