Jorge M. Molinero levanta desde Valladolid un paisaje de memoria y versos para los silenciados
El vate vallisoletano regresa al catálogo de Páramo con ‘Urdimbre’, poemario comprometido con la tierra que transita por terrenos tan íntimos como colectivos

Jorge M. Molinero, en una imagen de archivo
Como en el pasado hiciera con un pincel su padre Martín Merino, junto a su amigo José María Castilviejo, el poeta acaba de componer su personal paisaje castellano, sin más colores que los que traen consigo unos versos dolidos y rabiosos sobre el papel el blanco. Vuelve el vate al catálogo de la Editorial Páramo dispuesto a dibujar «una tierra ficción» que puedan habitar los ausentes, que pueda acoger los recuerdos y las voces de quienes fueron silenciados. Regresa a los anaqueles Jorge M. Molinero (Valladolid, 1976) con Urdimbre, su decimotercer poemario.
‘La memoria crece en las cicatrices de todas aquellas cosas que jamás me preocupé por saber’, escribe el autor de Bluebird (2020) o La ceguera del lanzador de cuchillos (2022). Y Urdimbre es, al mismo tiempo, un acto de memoria por un tiempo entretejido entre el ayer y el hoy y un despertar, un redescubrir una parte de nuestra cultura, al ritmo de Agapito Marazuela, Joaquín Díaz o Dulzaro.
«El folclore es una parte fundamental para explicar el origen de este libro y del sentimiento que nace con él», explica su autor a este diario. «Cuando vi Folk (documental de Pablo García Sanz) abrí los ojos, descubrí cómo la gente que llegaba a la ciudad del campo rechazó toda esa herencia rural para no parecer el pobre, el paleto», matiza Molinero.
Y en Urdimbre, como ocurriera en 50 cencelladas (2021) y en Un país de sed (2024) palpita por última vez el recuerdo del padre muerto, aquí resucitado para siempre. ‘Padre, el sueño está blindado. El sueño es nuestro y te doy la mano’, repite como un mantra.

Portada del poemario, con un paisaje de Martín Merino
Y el poeta, verso a verso, traza un paisaje simbólico. Y lo reivindica con su pluma, como hicieran Martín –suyo es el palomar que ilustra la portada del libro– y José María con sus pinceles, tras recorrer estas tierras junto al niño Jorge Merino Molinero en un R18; lo defiende en un acto de justicia. ‘Ahora que sé del lamento mecánico del desarraigo. Hoy que le reconozco en el espejo sé que les habían quitado todos los colores de sus paletas’, lamenta en Urdimbre.
‘La sangre no cala en esta tierra impermeable que nos ofrece sólo mentiras. Una postal de amarillo impostado’, subraya. En otro poema, como una advertencia, anota: ‘Van a gangrenar la semilla con el abono nuevo de la muerte’. Y así convierte Molinero su escritura en un acto de resistencia, de defensa de la memoria histórica apuntalada sobre el trabajo de investigadoras como Chusa Izquierdo, de oscura premonición.
«Mentir... O no mirar a la verdad. En este país ha habido mucho silencio familiar», recuerda el poeta, que trae en Urdimbre el recuerdo de su abuelo –y de su pasado, combatiendo en el lado sublevado–, a quien su padre nunca quiso mirar con odio, o de su tía abuela. «Nos han robado el relato, nos han robado muchos referentes», subraya Molinero, que en Urdimbre –Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, el disco de Olga Manzano y Manuel Picón, ha guiado con su ritmo los pasos del vallisoletano– invoca los nombres de quienes defendieron la República en el 36: militantes anarquistas, ferroviarios, médicos y políticos represaliados, mujeres que padecieron y lucharon. «Cuando escribo lo primero que quiero hacer es un buen poemario. Lo que quiero es hacer poesía. Pero también me parece que es una herramienta, aunque mi voz sea pequeña y no alcance mucho, para reparar, para restañar. Y aquellos tiempos vuelven: no hay más que ver las noticias, la tolerancia que hay ahora con el fascismo y con ciertas actitudes», sentencia insobornable.