Roberto Enríquez: «Hay algo de Valmont que resuena en la orgía inmoral que vivimos hoy»
Como hiciera John Malkovich en 1988, el vallisoletano se mete en la piel del vizconde de Valmont en su regreso al Calderón como protagonista de ‘Las amistades peligrosas’
Roberto Enríquez
En estos tiempos en los que tipos como Epstein han agotado nuestra capacidad para el asombro, de puro asco, resuenan las palabras que dejó escritas Pierre Choderlos de Laclos al comienzo de su novela: ‘Los hombres y mujeres de una conducta depravada, hallarán interés en desacreditar una obra que puede dañarles’. Con el trabajo de John Malcovich, Glenn Close y Michelle Pfeiffer en el imaginario, el vallisoletano Roberto Enríquez, Pilar Castro y Ángela Cremonte recrean este fin de semana en el Teatro Calderón los juegos de manipulación y los desvelos del vizconde de Valmont, la marquesa de Merteuil y madame Tourvel, principales protagonistas de Las amistades peligrosas. Carmen Balagué, Ivan Lapadula y Lucía Caraballo completan el reparto. Dirige David Serrano.
Pregunta.– Poderosos sin escrúpulos, mujeres cuyo testimonio no vale nada, sexo no consentido y sentimiento de culpa en la víctima... Hay textos que, por más que pasen 200 años, no pierden vigencia.
Respuesta.– Absolutamente, ese resumen lo dice todo. Desde finales del XVIII se viene representando este texto de un autor, Pierre Choderlos de Laclos, que solo escribió dos novelas. Yo creo que fue un adelantado a su tiempo, porque puso sobre el tapete cosas que nos siguen interpelando a día de hoy. Hablabas del abuso a la mujer, pero pensemos también en la manipulación a la que juegan el vizconde de Valmont y la marquesa de Merteuil: los dos practican el mismo credo y los dos utilizan a los demás para sus juegos peligrosos; no les importa sacrificar a inocentes como la joven Cécile, que acaba de salir del convento y es carnaza para sus propios intereses. Y podríamos hablar de los papeles de Epstein, o de todos estos poderosos que se sienten con la impunidad para hacer lo que quieran.
Creo que Choderlos de Laclos retrata el fin de una era. Esta aristocracia estaba tan borracha de sí misma, tan intoxicada de sus costumbres, de su hedonismo, de su opulencia, de su prepotencia, de su clasismo, que diez años más tarde los pasaron a todos por la guillotina. Hay algo de aquello que resuena hoy en toda esta orgía inmoral que estamos viviendo. Es como que se estuvieran rompiendo las costuras. Algo tiene que cambiar.
Pilar Castro, Roberto Enríquez y Ángela Cremonte
P.– El autor de la versión teatral sobre la que parte esta obra, Christopher Hampton, firmó el guion de la recordada película de Stephen Frears. ¿Cree que casi 40 años después, tras tanto Epstein, Weinstein y demás depredadores sexuales, somos más sensibles, más conscientes ante estos abusos? ¿Ha cambiado nuestra perspectiva?
R.– Mi visión es pesimista. Si este texto sigue vigente desde el siglo XVIII es porque el ser humano, en lo moral, en lo emocional, en lo existencial, es como que no avanzara, No aprendemos. En todas las épocas, el abuso de poder, la manipulación, la impunidad del poderoso frente al que no lo es son constantes.
"En todas las épocas, el abuso de poder, la manipulación, la impunidad del poderoso frente al que no lo es son constantes"
Choderlos era un genio, porque nos mostró algo quizá todavía más perverso que todo eso, algo que testamos en cada función: el público se descacharra, se ríe, está con nosotros en la complicidad, en los juegos perversos de manipulación del vizconde y la marquesa. Y no es tan incomprensible: son dos tipos inteligentes, agudos, cultos, refinados, divertidos, sexuales, procaces; son dos tipos que fascinan, efectivamente, porque si fueran dos zafios, si fueran dos Trump de la vida, entonces no interesarían y no llevarían a tanta gente al huerto.
Son muy sutiles. En el caso de la marquesa de Merteuil, por ejemplo, todos sabemos lo que le pasa a una mujer con su honra cuando está con distintos hombres: se la señala, cuando eso no ocurre con un hombre. Por eso ella tiene que desarrollar todo tipo de estrategias para que no se sepa lo que hace, sin dejar huellas, mientras que el vizconde puede actuar más impunemente.
"Son inteligentes, agudos, cultos; son dos tipos que fascinan, porque si fueran zafios, si fueran dos Trump de la vida, no interesarían"
Y los que están enfrente son esos personajes de luz, como Cécile y madame de Tourvel, de principios inquebrantables, con matrimonios felices. Choderlos no los pinta tan atractivos y equilibra muy bien la balanza, porque las consecuencias de sus actos son proporcionales a su grado de perversión.
P.– ¿Le ciega el odio a la marquesa? Le dice a Valmont que ha nacido para dominar a los hombres y vengar a las mujeres, pero no duda en utilizarlas... Ni rastro de sororidad.
R.– Algo sí que hay, porque la marquesa de Merteuil tiene un discurso feminista...
P.– Le dice a Valmont que no se volverá a casar porque nadie tiene derecho a cuestionar sus acciones.
R.– Efectivamente. Y tampoco quiere estar bajo las órdenes de nadie. Como ella dice, una mujer está educada para callar y acatar, y eso lo entendió nada más que se casó con su marido, el cual, cuando empezaba a ser molesto, ‘tuvo el buen gusto de morirse’.
Esta mujer, fundamentalmente, es muy egoísta, pero tiene un discurso con Cécile en el que le enseña que con los pocos privilegios que tienen las mujeres han de sacarle partido a su rol. Está educando a una niña que acaba de salir del convento. La obra habla de una moral muy hipócrita si pensamos también en la madre de esa joven, madame de Tourvel, de quien Valmont dice que fue una de las más celebres muchachas en su tiempo, más por su entusiasmo que por sus habilidades, y que la quiere casar con un ricachón mucho mayor que ella por la dote.
P.– ¿Y su Valmont? Cuando se fija en la ‘piadosa’ y ‘austera’ madame de Tourvel, más que lograr un nuevo trofeo de caza parece querer demostrar que su poder se impone en todos los planos, más allá de lo físico, también en lo espiritual, en lo moral. ¿Cree que el dominio total es la motivación que mueve a estos grandes depredadores?
R.– Yo no sé lo que hay detrás de la gente que comete actos tan perversos, aunque sospecho que algo de lo que le pasa a Valmont sí puede haber. Tanto la marquesa como el vizconde tienen un historial terrible, aunque ella lo esconda y él se jacte. He construido a mi personaje desde la herida de un tipo que quiere seducir a madame de Tourvel porque está cansado, está atravesado por el hastío, por el vacío propio de alguien que es como un niño al que en Reyes le regalan 100 juguetes y finalmente acaba jugando con la caja. Está cansado de juegos frívolos y superficiales, porque nada de eso puede ya emocionarle. Necesita pasión verdadera. Eso le hace transformarse, aunque será demasiado tarde.
"Valmont está cansado, está atravesado por el hastío, como un niño al que le regalan 100 juguetes y acaba jugando con la caja"
P.– Este fin de semana juega en casa, en el Calderón... ¿Sigue sintiendo un pellizco al regresar?
R.– Sin duda. Porque vienen la familia y los amigos. Por lo que significa emocionalmente. Cuando me voy acercando a Valladolid ya se me hace un nudo en el cuerpo. En el Teatro Calderón hice el montaje de fin de carrera de la Escuela de Arte Dramático, un Como gustéis, de Shakespeare, dirigido por Charo Amador. Ir al Calderón es como poner una pica en Flandes, y mira que nuestra ciudad tiene maravillosos teatros. Soy un nostálgico y ya antes de la reforma era increíble, con una acústica perfecta. Este teatro es una catedral.