Salim Malla indaga en Valladolid, con ‘El síndrome de Ulises’, en el desarraigo del migrante
El artista vitoriano, en su quinta exposición individual en la Galería Javier Silva, explora y reivindica las raíces familiares

Salim Malla, en la Galería Javier Silva, con la obra 'A flote'
Con su aspecto ajado y sucio, las tres láminas de papel gofrado que se exhiben en la Galería Javier Silva, de factura artesanal, parecen contener en sus texturas indescifrables las voces de un pasado que hubiera quedado oculto. Llevan por título Mapa genealógico, y bien pueden servir de punto de partida para adentrarse en la última propuesta del espacio vallisoletano, que vuelve a recibir a uno de sus artistas más singulares, también ingeniero de formación.
Tras Ítem perspectiva (2014), Husos y costumbres (2017), Virada por redondo (2019) y Mobilis in mobili (2022), regresa Salim Malla (Vitoria, 1976) al espacio de la calle Renedo con El síndrome de Ulises. Ulises como representación del hombre que tuvo que dejar atrás el mundo que conocía para, con el transcurrir del tiempo, descubrir que ya nunca volvería a ser el mismo que una vez lo habitó.
El creador, que con su obra venía haciendo reflexionar al espectador sobre cómo el hombre ha construido su realidad imponiendo unidades de medida o fijando en el imaginario representaciones espaciales, se detiene ahora a contemplar sus raíces más profundas, su pasado familiar inexplorado, su Mapa genealógico –tres trabajos que retrotraen al espectador a su Virada por redondo–. Ese Ulises fue su padre, llegado a España para estudiar Medicina en los años setenta desde Siria, la tierra que le vio nacer.
«Mi padre falleció hace cuatro años. Entre su pérdida y los acontecimientos geopolíticos recientes, como el genocidio en Gaza, sentía la necesidad de recuperar esa memoria familiar que siempre ha estado presente en casa», explica en declaraciones a este diario el artista. El título de la muestra, aclara, alude al padecer «del emigrado, que en un momento dado no se siente pertenecer ni al lugar de acogida ni al lugar de origen».
Y cuelga Malla en la pared de la galería un rosario musulmán, o Misbaha. Las 33 cuentas que componen la pieza –titulada A flote–, hecha de cerámica y cabo náutico, remiten en su forma y color a las boyas que flotan en el mar, como símbolo de una identidad individual –también, por qué no, colectiva– que se esfuerza por mantenerse en la superficie por más que llegue la tempestad.
Y, frente a una reproducción de la portada del Opticae Thesaurus, con la que reivindica la figura del matemático y astrónomo musulmán Alhacén, despliega sobre el suelo una suerte de exótica alfombra, no urdida sino compuesta por 400 jabones de Alepo –se cree, advierte Malla, que llegó por primera vez a Europa en las Cruzadas– evocando un gesto, un ritual, social.

En primer plano, 'Alepo'.
Y de forma sutil despliega su mirada crítica en las cinco piezas que componen Colono Carrefour y Colono McDonalds. En taracea –técnica artesanal árabe por la que se insertan piezas de distintos materiales en una base de madera, que ya utilizó en Mobilis in mobili– juega con los logotipos de las citadas empresas, que ayudan a Israel a mantener «su régimen de colonialismo y apartheid sobre el pueblo palestino», logrando con la seriación evocar los patrones geométricos del arte islámico.

Una imagen con las dos obras que componen 'Colono Carrefour'.
Y en caligrafía clásica Kufi, enmarcados por una filigrana dorada que reproduce la portada de un Corán que perteneció a su padre, Salim Malla enumera Estereotipos raciales extraídos del libro Orientalismo (1978), de Edward Said, una «crítica al modo en que Occidente construyó una imagen reduccionista de lo árabe». Tópicos como ‘Cruel’, ‘Machista’, ‘Salvaje’ o ‘Desconfiado’ se suceden en la pared.

A la derecha, imagen de las obras que componen 'Estereotipos raciales'.