Diario de Valladolid

El teatro grita sin levantar cabeza

En la última década, compañías como Corsario, Rayuela, Azar o Morfeo han visto como el número de actuaciones y su caché se reducían a la mitad / Algunas acumulan más de 100.000E de deudas / Reclaman protección y políticas viables

Javier Semprún y Eduardo Gijón en una escena de ‘El patio’, montaje de Teatro Corsario.-T. CORSARIO

Javier Semprún y Eduardo Gijón en una escena de ‘El patio’, montaje de Teatro Corsario.-T. CORSARIO

Publicado por
Julio Tovar
Valladolid

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‘Sé dónde está el abismo. Sé dónde está la muerte. Sé dónde estás tú...’, advertía amenazante el inquisidor. La declamación del actor de Azar Teatro Francisco Mateo, en Bruno XXI, bien podría resonar estos días en las cabezas de los profesionales de las artes escénicas de Castilla y León. El sector agoniza, incapaz de seguir caminando sobre el alambre, inerme ante lo que parece la inevitable caída, buscando una tabla de salvación para mantenerse a flote.

‘Se dónde estás tú...’. Y ese ‘tú’ bien podría ser el gestor, el programador, el espectador, el informador... ¿el teatrero?. La asociación Artes Escénicas Asociadas de Castilla y León, Artesa, que integra a 17 de las cerca de 30 formaciones profesionales de la Comunidad, advirtió a finales del pasado mes de agosto de la «situación límite» por la que atraviesan, que puede derivar en «la inminente desaparición de buena parte» de ellas. Un grito de auxilio de sobra conocido por repetido, que resuena con especial urgencia desde el estallido de la crisis, por mor de un IVA cultural exageradamente alto, de la necesidad de rebajar cachés hasta en un 50% para poder actuar, de la caída en el número de representaciones, del endeudamiento provocado en ocasiones por los atrasos en los cobros de representaciones...

¿Se dejará de escuchar cuando ya no quede nadie que lo pronuncie? Los datos, con ser elocuentes, son insuficientes para describir la situación que viven las compañías, independientemente de que se dediquen a los clásicos, de que aborden el hecho teatral desde ópticas más vanguardistas, de que se orienten a un público más menudo, o de que atesoren una experiencia de varias décadas.

Menos actuaciones

En los últimos tiempos, todas han visto caer de forma notable el número de representaciones. Por citar algunos casos: Teloncillo ha pasado de 215, en 2008, a 120 en lo que va de año; Corsario, de 107 a 46; Rayuela, de 82 a 38; Morfeo, de 108 a 30; Azar, de 100 a 48; Bambalúa, de 122 a 73; La Quimera, de 61 a 47; el Ballet Contemporáneo de Burgos, de 29 a 23... Profesionales que antes se subían a escena un par de veces a la semana, de media, y que ahora apenas sí actúan un par de veces al mes.

Según datos del Ministerio de Cultura, si en 2005 se celebraron en Castilla y León 3.894 representaciones teatrales, convocando a 973.000 espectadores –cifra que arrojaba una media de asistencia de 250 personas por función–, en 2016 las actuaciones cayeron hasta las 2.118, con 445.000 localidades vendidas –a una media de 210–. La recaudación pasó de los casi 3,3 millones de euros a los 3,1 millones.

«No es tanto el número de funciones como la calidad de las mismas», advierte Tomás Martín, actual presidente de Artesa e histórico del teatro vallisoletano como uno de los fundadores del primer Teloncillo, en los años setenta, y luego de La Quimera. «Nos vemos obligados a aceptar trabajos que antes hacían aficionados, a precios irrisorios y en centros cívicos», subraya.

Compañías como Azar y Rayuela han desaparecido de la Red de Teatros dependiente de la Junta, por ejemplo. Desde 2008, la primera de estas dos veteranas compañías vallisoletanas ha visto reducidos sus ingresos anuales a la mitad. Descendiendo al detalle: si la facturación por funciones suponía el 76,4% del total de ingresos de Azar al año, hoy representa el 58,1%, y las ganancias por sus clases de teatro han pasado del 4,1% al 27,5%, mientras que las ayudas a la producción o la gira han perdido peso, pasando del 19,1% al 14,3%. La subsistencia pasa por alejarse del escenario tradicional.

Javier Esteban Lamarca, director de Azar, reconoce no entender los motivos por los que se le cierran las puertas de buena parte de los teatros de la Comunidad a la formación vallisoletana, que hace poco más de un lustro recibía el apoyo del Festival Internacional de las Artes de Castilla y León, dirigido entonces por Calixto Bieito, para coproducir Lilja-4ever. «Compañías como Azar o Rayuela empezamos a andar en una época difícil, en una recién creada Red de Teatros. En nuestras furgonetas llevábamos hasta los focos, porque no había infraestructuras. Compañías, gestores y programadores fuimos profesionalizándonos y creciendo de la mano. Pero llega un momento en el que, en mi opinión y con excepciones honrosas, quizá buscando más protagonismo el programador quiere dejar su impronta, ser más artista que el propio artista, olvidándose del entorno, de la necesidad de desarrollar una política educativa...», reflexiona.

El esfuerzo que hacen los programadores por traer a intérpretes de ‘relumbrón’, advierte Javier Esteban, obliga en ocasiones a reducir la programación en perjuicio de los profesionales de la Comunidad, o a que ésta se abra a grupos aficionados como en los Circuitos.

«Hemos pasado de manejar equipos con muchos trabajadores a estar casi en la esencia en la mayoría de las pocas oportunidades que hay de hacer funciones. La calidad de las contrataciones ha disminuido en muy alto grado», lamenta Jacinto Gómez, productor de Rayuela, que este año ha ofrecido 12 de sus 38 representaciones en el extranjero –el resto fue en la Comunidad, pero fuera de la Red y de los Circuitos–.

¿Han perdido las compañías el favor del público? ¿Falta una mayor apuesta del programador por los profesionales de su tierra? Tomando como referencia la ‘cartelera’ de la Red de Teatros de Castilla y León para este segundo semestre, de las 142 representaciones anunciadas 56 (un 39,4%) llevan la firma de 31 compañías y artistas de la Comunidad, 20 de las cuales están presentes con una única función; 51 títulos (35,9%), por comparar, proceden de Madrid, incluidos los de la formación The Cross Border Project de la vallisoletana Lucía Miranda, con seis actuaciones en la Comunidad.

Los profesionales relatan situaciones que no logran entender, como que un teatro programe a caché, y no a taquilla, a una conocida actriz que llena teatros a su paso, cuando a muchos grupos de Castilla y León no se les brinda esa protección; que ayuntamientos de la Comunidad confíen en profesionales de fuera de la región a la hora de realizar alguna conmemoración cultural con dinero público; que en el marco de algunas de esas conmemoraciones, compañías subvencionadas por la administración para levantar espectáculos ex professo no hayan entrado en la programación de alguna de las localidades más implicadas en la celebración; o que alguna formación haya tenido que contratar los servicios de un distribuidor ante el silencio prolongado de los programadores. Por no hablar de esas carteleras en las que las compañías profesionales, obligadas a estar al corriente con Hacienda, comparten espacio con amateurs que no pagan impuestos.

Competitividad

Tomás Martín dibuja la situación en la que se hayan instalados como un círculo vicioso marcado por la carestía: con menos recursos para producir –por las rebajas en los cachés, los recortes en las ayudas y la caída en las representaciones–, los grupos se vuelven menos competitivos. «No podemos competir con el teatro comercial, con el famoso de la tele de turno que ni siquiera va a taquilla», advierte el de La Quimera. Las grandes producciones son cada vez menos frecuentes.

Pese a la lógica aplastante de la situación descrita por Martín, hay quienes tratan de imponerse a ella, pero el resultado no es muy distinto. «Cuando estalló la crisis apostamos por mantener la dignidad de las propuestas, por ofrecer calidad. Lo peor es que el descenso en el número de actuaciones ha llegado cuando estamos en nuestro mejor momento», subraya Mayte Bona, actriz y gerente de Morfeo Teatro. Hace 14 meses los burgaleses estrenaron Los cuernos de don Friolera, tras invertir 70.000 euros en levantar el montaje. Se requieren ocho personas para llevar a escena este esperpento valle-inclanesco... Sólo han ofrecido cuatro funciones en la Red de Teatros.

La situación es «dramática», admite Bona. En el último lustro la formación ha acumulado 105.000 euros de pérdidas. «Nos endeudamos a costa de mantener la dignidad, implicándonos con el oficio y andando con el culo al aire. Estamos quemando nuestras naves, nuestros ahorros», lamenta la actriz, muy crítica con las prácticas de los programadores de la Comunidad y con la política cultural de la administración regional.

«Otras comunidades, desde el estallido de la crisis, protegen a sus compañías. Somos las que creamos tejido empresarial, las que pagamos impuestos. No se deben poner muros a la cultura, pero ante el riesgo de desaparición otras administraciones han blindado a sus profesionales, mientras que aquí estamos en el desamparo más absoluto», censura la de Morfeo, una compañía que no hace mucho llevaba La escuela de los vicios de Quevedo por festivales de México y Estados Unidos.

«Castilla y León es como un libro abierto: cualquiera puede escribir en sus páginas, pero nosotros no podemos hacerlo en las de Galicia, País Vasco o Cataluña», matiza Alberto Estébanez, director del Ballet Contemporáneo de Burgos. El coreógrafo admite que han de hacer cosas «impropias» de la profesión para subsistir, como participar en galas o eventos promocionales. «La danza es la hermana pobre de las artes escénicas. Siempre lo ha tenido más difícil, aunque lo nuestro es vocación: si no bailamos, morimos», sostiene sin ocultar el desánimo. «Hicimos un Macbeth con un coreógrafo como Amaury Lebrun con el que llegamos al Festival Fusiones Contemporáneas de Perú. A la vuelta pensamos que alguien abriría los ojos, pero no. Da igual que paseemos el nombre de Burgos por España, que organicemos un Certamen Internacional de Coreografía... Aquí queremos mejor lo de fuera que lo de casa. Duele ver a compañeros que venden sus equipos, sus vestuarios... y que los que están arriba no se dan cuenta de que también somos un motor económico, que por cada euro invertido en nosotros devolvemos cinco».

Puertas que se cierran en la propia casa. Bona lamenta la escasa sensibilidad de los gestores con los actores castellanos y leoneses. «Arriesgamos nuestro patrimonio y la vida en las carreteras para dejarnos la piel en el escenario y, como contrapartida, recibimos muchas veces la crítica de quienes han de protegernos, los juicios a la ligera de quienes nada se juegan porque son funcionarios, su desprecio al no ponerse al teléfono cuando intentamos mover un espectáculo», concluye la actriz.

Política global

Desde Teatro Corsario, Luis Miguel García apuesta por abrir el foco en una carrera contra reloj: en lugar de levantar muros, se necesita una política global advierte. La compañía decana en España en teatro en verso, ganadora de un Max por La barraca de Colón, no es capaz de atisbar un horizonte, tal y como reconoce el director de Teresa, miserere gozoso.

La formación vallisoletana acumula también una deuda cercana a los 100.000 euros, que parece difícil de enjugar dada la situación. «Hemos actuado en los Circuitos Escénicos, con Clásicos cómicos, por 3.000 euros, cuando es un montaje en el que participan siete actores. Con un caché así no se puede ni tener un mínimo beneficio, teniendo que pagar la seguridad social, los transportes...», describe García. Hace una década, Corsario hubiera cobrado el doble en cualquiera de los teatros de fuera de Castilla y León en los que solía actuar. Teatros a los que ya no acuden con la misma frecuencia. Con menos solvencia, la compañía ha perdido competitividad al no poder levantar grandes montajes, viéndose obligada a reutilizar atrezo de un espectáculo para otro, por ejemplo.

«No soy partidario ni de poner muros ni del pan para todos. Hay que darle al público la posibilidad de elegir», defiende el Corsario, que al tiempo reclama una apuesta por el trabajo bien hecho. «Corsario, Teloncillo, Rayuela... Hemos actuado con éxito por el mundo así que hay que confiar en los profesionales de Castilla y León», reclama García.

«Falta una política teatral que fije los objetivos a corto, medio y largo plazo», abunda Tomás Martín, que recuerda que en los ochenta la administración regional alquilaba el Infanta Isabel, en Madrid, para tener una plataforma desde la que mostrar las producciones de Castilla y León. «Incluso entonces carecíamos de objetivos», lamenta el presidente de Artesa. «Se ha ido a salto de mata. Nunca se ha planteado para qué queremos un teatro de Castilla y León. La política teatral de la administración no puede ser la suma de lo que quiera cada programador».

En esa línea,Luis Miguel García reclama iniciativas «viables en el tiempo, y con la implicación de todas las administraciones», que se fundamenten en las fortalezas de las que presume Castilla y León, como el patrimonio o la lengua. «Son la marca de la Comunidad. Si existe ‘Tierra de Sabor’ por qué no puede existir ‘Tierra de Cultura’. Hay compañías del País Vasco y Cataluña que pueden llevar sus espectáculos en español por Colombia o Bolivia con el apoyo de sus consejerías. Aquí estamos a verlas venir. ¿No pueden nuestros políticos hablar con sus homólogos de allá para generar intercambios?», se pregunta el corsario.

Formación

El director de la Escuela Superior de Arte Dramático de Castilla y León, el dramaturgo José Manuel Mora, reconoce que «el tejido profesional es muy débil». «Es algo que ocurre en toda España», advierte reclamando un gran pacto de Estado por la cultura y la educación. «El problema es que estamos a merced de los ciclos políticos. Se necesitan medidas que estimulen, sirvan de acicate al creador y formen nuevos públicos», reclama el autor de Los nadadores nocturnos, que ensalza la labor realizada en La Nave del Calderón. «Es un ejemplo de estímulo y contagio de amor al arte», celebra.

Mora defiende la necesidad de dotar al profesional de espacios para la creación. «Pero han de ser permeables a lo foráneo, o se quedarán fuera del circuito teatral. Yo he crecido encontrándome con creadores con los que, a priori, no compartía ideario. Lo local y lo de fuera han de convivir para crecer con el contacto, en una relación de ida y vuelta, para fecundar el terreno con el trabajo conjunto. Bausch trabajaba en la pequeña Wuppertal y no era una autora local», apunta.

¿Tiene sentido una Escuela de Arte Dramático en una Comunidad en la que el futuro de sus profesionales parece comprometido?. Sostiene Mora que un centro así es indispensable para «crear espacios de conexión y formar a alumnos críticos y autocríticos». «La integración de los jóvenes nunca es fácil, en ningún lugar, en ningún ámbito. Pero el sentido de la Escuela no está ligado a un lugar concreto: nuestros creadores han de estar llamados a enriquecer el mundo».

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