EXPOSICIÓN
El «alma pagana» de Berruguete
El Museo Nacional de Escultura rastrea en las fuentes de inspiración de la antigüedad que proporcionaron al artista «un repertorio infinito»
Venera del retablo de San Benito el Real que puede contemplarse por primera vez tras su rehabilitación.-J. M. LOSTAU
Ya lo advirtió el historiador Isidoro Basarte: «Alonso Berruguete no es hijo de Pedro Berruguete -que también- sino que es hijo de la luz, como Prometeo».
Una luz de la que se impregnó cuando en 1506 decide viajar a Italia. Allí, el artista de Paredes de Nava se empapó de la luminosidad renacentista y de la cultura clásica, del arte de Miguel Ángel, de Rafael o de Leonardo, de Bramante, de Sansovino o de las curvas praxitelianas.
Cuando en 1518 regresa a su Castilla natal, Alonso Berruguete (1490-1561) ‘incendia’ su escultura con el material que transporta en su maleta. Es un artista renovado, que se aleja de la tradición artesana y que da rienda suelta a su creatividad. Con la naturalidad con que sus maestros italianos aprendieron a dar forma pagana a sus encargos para iglesias, Berruguere amalgama el arte cristiano con la sensualidad de la estatuaria clásica.
«A su paso por Italia, Berruguete se impregnó de su arte, reinterpretó el clasicismo, lo proyectó a su escultura e hizo suyo el grito sofocado del Laocoonte». Así lo expresaba ayer María Bolaños, directora del Museo Nacional de Escultura. Y es que desde hoy y hasta el próximo 5 de noviembre, el Palacio de Villena da rienda suelta a este grito sofocado, a la euforia por los ideales antiguos y a la nueva manera de ver el arte de Alonso Berruguete a través de la exposición Hijo del Laocoonte. Alonso Berruguete y la antigüedad pagana.
Organizada por el Museo Nacional de Escultura y comisariada por su subdirector, Manuel Arias Martínez, la exposición, según apunta María Bolaños, explora su «alma pagana». «Exhibe a un Berruguete fuera de su contexto habitual, sacado de sus retablos, dando rienda suelta a sus sentimientos».
Una muestra en la que Berruguete hace alarde de composiciones de líneas sinuosas o abruptas contorsiones. Hijo del Laocoonte no pretende ser una antología de su obra ni un mero recorrido cronológico de su producción, sino que bebe de las fuentes en las que se inspira el autor buceando «en ese mundo de la antigüedad que le proporcionó un repertorio artístico infinito», dice Bolaños.
Una imagen de Prometeo de un autor anónimo madrileño del siglo XVIIrecibe al visitante. Es el símbolo de la luz. «Igual que Prometeo trajo el fuego, Berruguete trajo la luz», celebró el comisario Manuel Arias.
Es el punto de partida de una magna exposición que reúne 67 piezas y que se despliega en cinco secciones (‘La luz de la Antigüedad en Roma’, ‘Sarcófagos y lecciones’, ‘Bajo la influencia del Laocoonte’, ‘Tomando el agua de la fuente’ y ‘A la sombra de una gran venera’). En todas ellas se aborda, desde diferentes puntos de vista, la relación entre el artista y sus fuentes.
Una veintena de estas obras llevan la firma de Berruguete. El resto son piezas del mundo clásico. Unas y otras se intercalan e interconexionan buscando un juego visual para comprender mejor el proceso creativo y ayudando a contextualizar el trabajo del genial artista.
Es el caso del Ecce Homo del monasterio de Nuestra Señora de la Mejorada de Olmedo que luce junto a otra escultura anónima romana (Joven Pan con flauta travesera) o del Entierro de Cristo, una pintura de la iglesia palentina de Fuentes de Nava con claras influencias del Sarcófago de la Orestiada de Husillos. Y es que el universo de Berruguete se constituyó «tomando el agua de la fuente». Es decir, no a través de estampas o de fuentes indirectas, «sino paseándose entre obras, sarcófagos y columnas». Amorcillos, sibilas o grutescos eran imitados escrupulosamente o caprichosamente reelaborados.
Y como no podía ser de otra manera: la majestuosa figura del Laocoonte, eje de la muestra y que, según Manuel Arias, «martilleó el cerebro de Berruguete». La reproducción del siglo XIX custodiada en la Casa del Sol, se enfrenta, en esta ocasión, a la figura de Abraham en el sacrificio de su hijo Isaac tallada para el retablo mayor de la Iglesia de San Benito el Real. Abraham versus Laocoonte. Tragedia bíblica frente a dramatismo clásico.
Sobresale especialmente en esta exposición la Venera del Retablo Mayor de San Benito el Real. La gigante concha de 5,20 metros de diámetro se exhibe por primera vez después de haber sido sometida a una exhaustiva restauración tras su desmontaje en el siglo XIX, con motivo de la desamortización de Mendizábal. Una ornamentación cargada de referencias provenientes de las Domus Aurea o de las basílicas romanas.
Junto a estas piezas, otra de las salas da cuenta del artista «total». A pesar de su fama como escultor, también demostró su maestría como arquitecto de retablos y como pintor. Así, un mismo tema, el de la Circuncisión, es tratado como escultura -en el relieve del retablo de San Benito- como pintura -en la tabla realizada para el colegio salmantino Fonseca- o en un dibujo que es custodiado en la galería Uffizi de Florencia.
Casi setenta piezas entre esculturas, pinturas, grabados o dibujos. Algunas proceden del museo vallisoletano pero también han viajado desde el Museo del Prado, del Arqueológico, de la Biblioteca Nacional, de la Galería Uffizi de Florencia, de la Universidad y desde varios conventos e iglesias.
Esta exposición, que podrá visitarse hasta el 5 de noviembre, coincide con la que hasta el próximo 21 se septiembre alberga el museo de Santa Eulalia de Paredes de Nava, su localidad natal, y que gira en torno a la figura del artista.