ENTREVISTA A TRISTÁN ULLOA Y GONZALO DE CASTRO, ACTORES
«La gente formada amenaza al sistema que es corrupto»
Protagonizan en el Calderón ‘El invernadero’, de Harold Pinter, a las órdenes de Mario Gas. Una producción de Teatro de La Abadía

-EL MUNDO
Una institución cerrada, claustrofóbica, siniestra, que elimina cualquier atisbo de humanidad. Una institución que se ve sacudida, en su razonamiento desquiciado, por una muerte y un embarazo inesperados. Así estalla el conflicto en El invernadero, una obra de Harold Pinter que llega al Calderón (a las 20.30 horas, hoy y mañana; a las 19.30, el domingo) de la mano de Teatro de La Abadía, con una versión de Eduardo Mendoza. A las órdenes de Mario Gas actúan Gonzalo de Castro (Roote), Tristán Ulloa (Gibbs), Jorge Usón (Lush), Isabelle Stoffel (Sta. Cutts), Carlos Martos (Lamb), Javivi Gil (Tubb) y Ricardo Moya (Lobb).
Pregunta.– ¿Estamos ante un relato de terror, ante una historia de ambiciones desmedidas... ante un retrato de nosotros mismos?
Tristán Ulloa.– Quien mejor describió la obra en su día fue el propio Pinter, que dijo que es una fantasía que con el tiempo se ha convertido en realidad. La escribió en 1958, inspirándose en la invasión soviética de Hungría. Ya fuera en aquel momento, o cuando la estrenó en los años ochenta o ahora mismo, la historia sigue vigente. Ahí reside su grandeza, en su universalidad y en que, por desgracia, esta fantasía terrorífica se ha convertido en realidad.
P.– ¿Hasta qué punto podemos reconocer como familiar esa ‘casa de reposo’, estructurada bajo un orden jerárquico asfixiante y amenazante?
T. U.– Es una alegoría. Esta casa de reposo podría ser una alta instancia gubernamental, como un ministerio, o incluso un país. Los súbditos, en este caso los pacientes, son tratados como números, han perdido los nombres, y se les trata de forma aséptica y distante, con una distancia emocional aterradora. Son gente que, a mí se me antoja así, al menos, puede ser disidente, molesta: se les somete ahí a tratamientos para hacerles dóciles y manipulables.
P.– ¿Qué motivaciones tiene su Gibbs cuando se entrega al sexo o a esos experimentos horribles... es placer lo que busca o acaso quiere golpear los cimientos de la institución?
T. U.– La historia transcurre a lo largo del día de Navidad. Estamos ante el final de una era, probablemente ante un cambio. Uno de los que mejor posicionado está para ocupar el puesto que hasta ese momento ostenta Roote es Gibbs. Es un tipo bastante calculador que urde un plan que va tejiendo a lo largo de ese día. Parece que todo va a cambiar para que todo siga igual, porque el sistema va a seguir siendo el mismo. Gibbs percibe que hay algo amenazante en el ambiente: se oyen gritos y lamentos de pacientes, de gente sufriendo, torturada, al borde de la rebelión... Hay algo de lo que pasaba en Versalles, cuando estalló la revolución francesa: se oyen los gritos de la muchedumbre a lo lejos, y eso pone nerviosa a la gente de palacio.
P.– ‘El aliento de una... pluma... puede hacer que todo se tambalee hacia el caos, la ignominia, a la muerte y anulación de nuestras esperanzas’, dice Roote. ¿Cuántas veces oímos hoy ese discurso del miedo?
Gonzalo de Castro.– Dicen por ahí que el tiempo también escribe. Pinter fue un visionario. El tiempo le ha alcanzado. Lamentablemente, el ser humano sigue siendo primitivo en cuanto a las relaciones de autoridad y al deseo de someter al otro. Aquí los disidentes son invitados a pasar el tiempo, para ver si se les lava el cerebro y se les reeduca. Este invernadero es un lugar de pánico, una metáfora de nuestro tiempo. Pinter era sabio. De aquellos polvos nos vienen estos barros y esto que nos acontece hoy ya viene de atrás.
T. U.– Es una obra satírica, sarcástica, probablemente de lo más punky que escribió Pinter. Retrata una idea muy distópica de una sociedad como la que ya apuntaron en su día Orwell o Bradbury. Una sociedad que parece que se va repitiendo.
P.– La dirección parece revestida de una aura mística... y no falta un profeta, como parece que se consideraba al fundador de la institución. ¿Es una crítica de Pinter a los abusos de la religión?
G. C.– Toda autoridad viene de arriba, del cielo o de un general, por ejemplo. En este país nuestro, tan beato, la sotana y la espada han mandado mucho. Roote trata de justificar lo que hace, explicando que su autoridad y sus actos, casi siempre malos, están bajo el paraguas de alguien que lo ‘protege’. Es un texto extraordinario.
P.– Pinter, al recoger el Premio Nobel, habló sobre la verdad y dijo que la mayoría de los políticos no están interesados en ella, sino en mantener el poder logrando «que la gente permanezca ignorante»... como en El invernadero.
G. C.– Exactamente. Y, sobre todo, lo que hay que tenerla es vigilada. Un buen ciudadano es un ciudadano vigilado. La catadura moral de estos personajes muestra la altura de la podedumbre, la incapacidad, la ineficiencia del estado, de quienes son designados para ostentar ciertos cargos en las instituciones.
P.– ¿Lamb, ese ‘cordero’ que se entrega al sistema, nos advierte de los peligros de una fe ‘ciega’?
T. U.– Es un hombre con un tenedor en una tierra de sopas. Está muy bien preparado... podría ser cualquier chaval de hoy en nuestro país, que a pesar de estar mejor formado que nunca no encuentra su sitio. Es ninguneado y menospreciado y acaba siendo una víctima más del sistema. Está sobrecualificado incluso, y eso puede penalizar, y se le encomienda una sola tarea: comprobar si las puertas están abiertas o cerradas... y ni siquiera tiene las llaves. Es un tipo con una enorme energía... pero jamás va a progresar porque el sistema es perverso y no permite que se crezca. La gente preparada es una amenaza para un sistema enquistado por la corrupción.