GATÓN DE CAMPOS | EL PUEBLO QUE MÁS CRECE

El pueblo 'milagro' de Valladolid

Este municipio de Tierra de Campos es el que más engorda su padrón: un 24% al pasar de 33 a 41 habitantes / Hay dos bebés en camino

Vecinos de Gatón de Campos, Jesús Arqueros, Conce Gago, Teresa Martínez, Alicia Martínez y Jorge Barroso.PHOTOGENIC

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Valladolid

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Jorge nacerá el próximo mes de mayo y ya cuenta con multitud de ‘abuelas’. Más que cualquier otro niño porque todo este pueblo de Valladolid, que habitan tan sólo 14 familias, lo espera con infinitas ganas. Dos familias, un bebé de otra y otros dos retoños en camino. Estos son los refuerzos que suma de golpe Gatón de Campos, un pequeño municipio de Valladolid que se ha convertido en una especie de oasis en medio de una cada vez más deshabitada Tierra de Campos. Vence a la sangría demográfica y le da la vuelta con nuevos vecinos de todas las edades.

Este apartado término del norte vallisoletano tiene el título simbólico de ser el que más ha engordado el último padrón municipal de toda la provincia de Valladolid: su vecindario crece un nada desdeñable 24%, al pasar de 33 habitantes a 41. Ocho personas que en grandes núcleos urbanos son pocas, pero que suponen un hito en cualquier rincón de la Castilla y León vaciada. Vaciada, que no vacua: en Gatón se entiende la vida con intensidad, con amabilidad y acogimiento. Y prometen sumar, a muy corto plazo, más incorporaciones: hay dos pequeñajos a la vista.

Gatón tiene doble mérito: el hecho de aumentar el número de residentes en tiempos donde la tendencia es la contraria en el medio rural y el de crecer pese a la arrolladora despoblación que acecha en especial a esa zona, Tierra de Campos, la más perjudicada de la provincia por la última estadística, publicada a finales del pasado 2024 y fechada a 1 de enero del 2023.

Keyla dio el campanazo viniendo al mundo en esta localidad de apenas un puñado de habitantes en la  que hacía más de medio siglo que no se inscribía a un bebé. Nació en Gatón hace dos noviembres, en 2023, y supuso una bocanada de esperanza. Sin saberlo, también inició una senda de chupetes, carritos y juguetes que entusiasma a sus paisanos, y así lo comentan los domingos en las partidas de brisca o tute en el teleclub, que regentan ellos mismos, «entre todos». Allí también se reúnen durante la jornada dominical para comer, cada uno lleva algo, las lentejas, la tortilla...

Las nuevas incorporaciones son un matrimonio procedente de marruecos con sus tres hijos, la pequeña Keyla (su madre vuelve a estar embarazada) y una pareja que regresa al lugar de su infancia en el que ahora de los 41 vecinos siete son menores.

El alcalde, Rafael Pérez, atribuye el aumento a dos razones. Una práctica: «Muchos se dedican a la agricultura y por ello prefieren vivir aquí». Pero una segunda motivación va resultando la decisiva si se conoce a sus habitantes: «La gente ya escapa de las ciudades».

Es cierto que hay quien prefiere vivir su jubilación allí donde, acabada su vida laboral, siente que otra vida se abre, pero es que Alicia y Jorge son dos jóvenes activos que decidieron dejar sus vidas en dos entornos ajetreados [en Valladolid capital, ella, y en Madrid, él] para comenzar una andadura reposada y completamente diferente en el pueblo de sus abuelos, en ese que tantos veranos jugaron de niños y ahora lo harán con su niño. El precio de la vivienda tuvo bastante que ver en esa drástica decisión. Su casa se extiende por 300 metros cuadrados con patio y jardín y el precio, aseguran, resulta irrisorio si se compara con cualquier urbe.

Alicia Martínez y Jorge Barroso, nuevos vecinos empadronados en Gatón.PHOTOGENIC

En otra de las casas reside la abuela de él, Teresa Martínez, durante doce años alcaldesa y desde hace otros tantos, teniente de alcalde. Dentro de poco tendrá un emotivo homenaje por sus desvelos por el pueblo ya que, dado su cargo, será quien case a su nieto. Esta mujer encarna la cercanía, la hospitalidad máxima y el amor por su tierra, a Castilla en general, que era uno de los rasgos de los que presumía su marido (ya fallecido) en varias partes de España donde les tocó vivir. Ella es historia viva de ese lugar y testimonio de cómo los pequeños pueblos luchan por subsistir con las mejores infraestructuras y servicios posibles, pues guarda una colección de anécdotas como política que acudía a la capital a pelear inversiones y subvenciones para arreglar 'esto y aquello', para asfaltar las calles...

Política accidental, como suele ocurrir en los pueblos pequeños, una ‘no profesional’ que, en sus tiempos con el bastón de mando del municipio, acudía a la Diputación cuando se había derrumbado el centro médico y llegaba ‘derrumbada’ por el disgusto, o cuando se cayó parte del tejado de la imponente iglesia que marca la ubicación de Gatón en el horizonte. «El presidente, por entonces Ramiro Ruiz Medrano, me dijo ‘pide lo que necesites’ y yo, por mis vecinos, le hice caso. Si sucedía algo, ahí iba yo a reclamar y correspondían. Nos hicieron un polideportivo muy bueno además», rememora Teresa.

«Esas instalaciones nos dieron la vida a los chavales», apostilla su nieto Jorge, que antes trabajaba de maitre en un restaurante madrileño y ahora es el jardinero de la localidad. Su pareja Alicia recorre a diario los casi 62 kilómetros que separan Gatón de la capital para acudir a su trabajo como psicóloga.

Ellos se muestran entusiasmados con el cambio. «Hemos salido ganando. Compensa mucho». Y eso que el pueblo, por supuesto, adolece de multitud de servicios y Villalón ejerce de referencia oficial, o en su caso, Medina de Rioseco. No disponen ‘in situ’ de tiendas, de farmacias, ni de ningún otro comercio. No hay bar, salvo el teleclub que ellos mismos mantienen cálido en invierno o que en verano sí regenta alguna otra persona. No hay ni visita del carnicero; el pescadero y el butanero acuden tan sólo cada quince días; misma frecuencia que el párroco al que Teresa da de desayunar antes de oficiar en otros pueblos. En la ruta del frutero tampoco aparece Gatón de Campos con frecuencia, y "la médica se desplaza los lunes".

Pero en Gatón dan la vuelta a las situaciones. Al fin y al cabo, la doctora los conoce a todos, «la ambulancia tarda menos que en algunos trayectos dentro de la propia ciudad» –señalan– y, bueno, si se trata de comprar el pan deben trasladarse a otro término municipal cercano, hacer acopio y luego congelar y descongelar. A este pueblo no vendrá el panadero, pero allí nacen con el optimismo debajo del brazo.

«Estamos preparados para la guerra», bromean Teresa, ‘Conce’ y Jesús, que en sus despensas acumulan arcones repletos de comida congelada para sobrevivir varias semanas si resultase necesario.

Teresa en el teleclub de Gatón de Campos, ante dos fotos de gente del pueblo en fiestas.E. M.

Son pocos, pero coinciden en bastante: a pesar de sus diferentes edades, viven donde han elegido; algunos han retornado a su lugar de infancia, y están satisfechos con su decisión: «Aquí hay paz y tranquilidad y eso vale millones», apuntan Alicia y Jorge. «No cambio nada por Gatón», agrega Teresa, cuyo padre compró una casa allí hace ya unos cuantos inviernos, en 1985, y hace 30, con la jubilación de su marido decidió trasladar su residencia fija a esta localidad. Un lugar que en verano disfruta del mismo efecto que en el resto de enclaves rurales y multiplica la población al calor de las fiestas patronales y el buen tiempo, en el que se quitan el calor en la piscina de Villalón.

«Lo mejor es la paz y los pajarillos cada mañana. Y que si voceas no molestas a nadie», defiende Jesús Arqueros, que se jubiló hace un año. A los ojos de otros de los vecinos, esa desolada Tierra de Campos que pintan algunos urbanitas es una inacabable paleta de colores al paso de las horas de día y de las estaciones del año: «En el campo se ve el paso del verano al otoño, al invierno, a la primavera... Una preciosidad, igual que el cielo».

La mujer de Jesús, ‘Conce’ Gago, recuerda cómo cuando era ella pequeña «había dos o tres tiendas, un herrero, un estanco, bares, ¡hasta salón de baile! Vivía mucha gente. Dos escuelas, una de chicos y otra de chicas, y un centro de parvulitos. Pero la gente empezó a estudiar y a marcharse muy repartidos. Algunos emigraron a Cuba, otros al norte de España, nosotros nos fuimos a Valladolid...», comenta esta vecina que hace un año quiso junto a su marido «recordar los inviernos en Gatón» y pasaron todo el año. «Hasta las navidades tirando cohetes», apunta él.

Aunque les gusta su paisaje, marcado por los campos que trabajan los agricultores en activo en el pueblo (en el que también hay un ganadero) se permiten soñar y anhelan «más oportunidades de trabajo para que los jóvenes puedan quedarse», subrayan Teresa y ‘Conce’. «Más ocio», aporta Jorge. «Es lo que quizás se echa en falta, pero estamos cerca de Villalón y Rioseco y ahí hay bares y se pasa bien». «Una tiendecita no estaría nada mal», coinciden todos. «Una casa rural daría más vidilla», añaden.

El alcalde enuncia dos demandas principales: «Echamos en falta, por ejemplo, un ultramarinos para las necesidades básicas, y transporte público para quien no tenga coche».

Niños suficientes para abrir la escuela

Con el aumento de la población infantil ya cumplirían el cupo para poder abrir una escuela rural. El regidor asegura que lo solicitará «si las familias están dispuestas a dejarlos aquí». «Es algo que tenemos que plantear de cara al próximo curso y dependerá de ellos», explica, y recuerda que ahora es en Villalón donde acuden a clase. «A lo mejor así otras familias se animan».

El caso es que este pequeño grupo de lugareños desafía los augurios de que los pueblos, al menos el suyo, va a desaparecer. Representan un ‘milagro’ que si se observa de cerca es perfectamente natural: se basa en la lógica de adaptarse para suplir lo que falta por un bien personal mayor. «Cuando lo del centro de salud, que se cayó hace más de diez años, me dijo un médico que para qué lo iba a arreglar si, total, desaparecería. Y, míranos, aquí estamos junto a esta iglesia preciosa», defiende Teresa, orgullosa, pese a todo, del devenir de su hogar.

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Jesús, Conce, Teresa, Alicia y Jorge, en la entrada de Gatón de Campos, con la iglesia al fondo.PHOTOGENIC

Un ejemplo todos ellos de que la identidad del lugar la crean quienes lo habitan, y la personalidad y las decisiones personales, como las de Alicia y Jorge que complementan los deseos de una comunidad, son las que tiran el pueblo para arriba.