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La cuestión de la seguridad añade una capa todavía más grave. El despliegue de estándares poscuánticos no es un asunto accesorio para especialistas, sino una necesidad inaplazable para cualquier organización que quiera proteger sus datos, sus comunicaciones y su continuidad operativa. Pensar que esa transición puede posponerse es una forma de ingenuidad que las empresas no deberían permitirse y que las universidades, mucho menos, tienen derecho a fomentar. La seguridad no es una sección técnica aparte; es parte del corazón del problema. Si la infraestructura digital futura puede poner en cuestión los sistemas de cifrado que hoy consideramos fiables, entonces la preparación no solo tiene que ver con la oportunidad de negocio, sino con la resiliencia misma de las instituciones y la gestión continuada del propio negocio.

Y aquí conviene recuperar la metáfora del fuego, porque ilumina algo que no debería olvidarse. Los incendios no se combaten en el minuto del pánico, sino en la estación del trabajo invisible. En el monte, eso significa limpiar, planificar, vigilar, ordenar el territorio y asumir que la prevención es una forma de inteligencia. En la cuántica significa lo mismo, aunque el bosque sea otro: formar talento, definir prioridades, revisar sistemas, ensayar casos de uso, establecer alianzas y dejar de confundir la espera con la prudencia. Esta metáfora nos obliga a mirarnos al espejo y decidir si vamos a comportarnos como actúa un país serio cuando detecta una amenaza sistémica, o si vamos a repetir el viejo teatro de la improvisación, que tan bien conocemos y tan gravoso nos sale. El humo de un incendio no espera a que las instituciones se pongan de acuerdo. La computación cuántica tampoco. En ambos casos, el problema no es solo la llama. Es la velocidad con la que la hemos visto venir y la lentitud con la que hemos decidido movernos.

De ahí que la incitación a la acción no pueda formularse en tono menor. Para los CEOs del Ibex-35 y de las grandes infraestructuras, la tarea es concreta. No basta con incluir la cuántica en una diapositiva de innovación o en el epígrafe de tendencias emergentes. Les corresponde asumir que la preparación cuántica debe entrar en el núcleo de la estrategia, no en el apéndice de la innovación. Hay que definir responsables, asignar presupuesto, fijar objetivos de preparación y medirlos con la misma seriedad con que se mide el riesgo financiero o la ciberseguridad. Eso significa, sobre todo, gobernanza. Significa identificar ya qué procesos del negocio pueden ser transformados, qué equipos deben formarse y qué alianzas conviene levantar antes de que el mercado castigue la demora. El que espere a que el mercado le muestre el camino cuando el fuego ya esté dentro de casa está delegando el futuro en la suerte, que es una estrategia muy poco compatible con la gobernanza.

A los rectores les corresponde un tajo todavía más hondo: romper los muros internos de la universidad para que el talento no salga fragmentado, sino preparado para un mundo donde las disciplinas ya no caben en compartimentos herméticos. Y, a la par, abrir la universidad, de verdad, a estructuras transversales, a programas híbridos, a laboratorios compartidos, a vínculos fuertes con la empresa y a una visión menos burocrática del conocimiento. Si el sistema universitario quiere seguir siendo útil al país, debe dejar de defender sus fronteras internas como si fueran murallas medievales. La universidad que no forma para el futuro, que no se abre a esa realidad, corre el riesgo de seguir formando expertos admirables para un ecosistema que ya no existe, cual martillos en un mundo de tornillos.

Y al país, en su conjunto, le conviene entender que esto no es una disputa de expertos ni una moda de temporada. Es una cuestión de soberanía tecnológica, de competitividad, de seguridad y de talento. Es una de esas decisiones históricas que no suelen anunciar su gravedad con fanfarrias, sino con una secuencia de pequeños retrasos que luego resultan imposibles de corregir. La modernidad, en este terreno, no se proclama; se construye. Y se construye en silencio, con rigor, con criterio, con una paciencia que no es resignación sino inteligencia aplicada. El problema de España no ha sido casi

nunca la falta de talento. Ha sido, con demasiada frecuencia, la falta de estructura para retenerlo, de disciplina para ordenarlo y de coraje para apostar antes de que el peligro sea evidente.

Todavía estamos a tiempo. Pero no para improvisar una respuesta cuando el humo ya ennegrezca el paisaje, sino para asumir que el deber de prepararse no pertenece al futuro, sino al presente; no a una reunión del trimestre que viene, sino a la conciencia de hoy. Porque la computación cuántica no vendrá a pedir permiso, del mismo modo que el fuego no pregunta qué bosque puede quemar y cuál prefiere respetar.

La historia no suele premiar a quienes esperan un poco más, sino a quienes entienden antes que otros dónde empieza la transformación. Esa es la verdadera frontera que se abre ante nosotros: no entre la ciencia y la economía, sino entre la lucidez y la comodidad, entre el país que organiza su invierno y el país que vuelve a mirar el incendio como si fuera una sorpresa. Si no preparamos ahora nuestras empresas, universidades y talentos estaremos aceptando, en silencio, que otros escriban las reglas del juego, custodien la ventaja y repartan el valor.

Por eso el llamamiento no puede ser tibio. A los CEOs del Ibex-35 les corresponde dejar de mirar la cuántica como un tema para comités de oportunidad y asumirla como una cuestión de supervivencia estratégica. A los rectores les toca algo aún más grave: formar generaciones capaces de habitar el nuevo territorio antes de que el territorio las expulse. Y al país entero le conviene recordar que la modernidad no se declama; se trabaja. Se trabaja cuando nadie aplaude, cuando no hay cámaras, cuando todavía no arde nada y, precisamente por eso, todavía importa todo.

Porque cuando llegue el fuego cuántico, ya no habrá tiempo para discursos, ni para informes tardíos, ni para la elegante coartada de la prudencia. Solo quedará en pie quien haya hecho su tarea en silencio. Y ese, al final, es el único heroísmo serio que merece un país que aspira a seguir siendo dueño de su destino.

Enrique López González es Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad de León y Académico Numerario de la RACEF