De Valladolid a África, tras las huellas del primer hombre
El arqueólogo y profesor de Prehistoria de la Universidad de Valladolid Fernando Diez vuelve a Tanzania para estudiar con el ‘homo ergaster’ y su industria lítica cómo nos convertimos en humanos

Fernando Diez, en su despacho de la UVA.
Hace ya más de una década, allá por 2012, que el arqueólogo vallisoletano Fernando Diez Martín (Tudela de Duero, 1970) puso sus ojos en aquel lugar de la célebre Garganta de Olduvai, un enclave entre barrancos al norte de Tanzania conocido como FLK West. Con años ya de experiencia a su espalda en distintos yacimientos del continente africano, el profesor de Prehistoria de la Universidad de Valladolid se propuso excavar a 50 metros del lugar donde Mary Leakey descubrió en 1959 el famoso cráneo de Zinj, un Paranthropus boisei, una especie de homínido de hace 1,75 millones de años. Tenía como objetivo profundizar en el conocimiento del achelense.
«En aquellos tiempos se había publicado un artículo sobre un yacimiento de Kenia con una cronología de un achelense de 1,78 millones de años. Eso adelantaba en más de 300.000 años lo que se pensaba hasta entonces que era su edad más antigua», evoca para este diario Diez Martin, que el próximo mes de mayo volverá a Tanzania para continuar su investigación en una nueva campaña de excavación, liderando un equipo internacional de arqueólogos que cuenta con el apoyo de los ministerios de Cultura y de Ciencia, Innovación y Universidad, así como de la Fundación Palarq.
Las primeras prospecciones en estratos sedimentarios de esa antigüedad, entorno a 1,7 millones de años, confirmaron la presencia de restos de la citada industria lítica en el yacimiento FLK West, además de abundantes restos de «fauna antropizada» –huesos con marcas de cortes, de percusión...– por primera vez en un yacimiento achelense de esa antigüedad.
Habían encontrado el registro «más completo para investigar la constelación de cambios de comportamiento y cognitivos ligados al complejo achelense y, por ende, a sus inventores, la especie Homo ergaster» surgida hace 1.9 millones de años.
Antes que la achelense, explica Diez Martín, existió otra industria lítica bautizada por su descubridora, Mery Leakey, como olduvayense. «Es mucho más sencilla, de cantos y lascas con filos cortantes, pero es la primera tecnología, originada en África hace 2,6 millones de años. Permaneció inalterada hasta que apareció esta segunda etapa, este segundo tecnocomplejo», explica el profesor en su despacho de la UVA mientras contempla la reproducción de un gran bifaz hallado en FLK West, de unos 3 kilos de peso y unos 30 centímetros de largo, realizado en balsalto olivino, una roca volcánica de gran dureza.
«Es una innovación tecnológica que incluye cambios muy importantes que tienen que ver precisamente con un momento de cambio en la historia de la evolución humana, desde un punto de vista biológico y cultural», subraya el vallisoletano. Esa evolución biológica, matiza, se tradujo en la aparición del Homo ergaster, el Homo trabajador. «Es muy importante, porque es la primera especie del género Homo definitivamente humana. Lo que hay antes, que es el Homo rudolfensis, el Homo habilis, que tienen una antigüedad de 2,5 o 2,6 millones de años, genera mucha discusión sobre si se puede incluir en el género Homo», subraya el investigador.
«En torno al Homo ergaster, que ya tiene un cuerpo completamente moderno, aparece esta industria que tienen su arquetipo en el bifaz. Con él aparecen nuevos aspectos de carácter social, cultural, cognitivo», advierte el arqueólogo.
Los cambios biológicos tuvieron un impacto trascendental, remarca Diez Martín. «El esqueleto postcraneal (no incluye el cráneo) era moderno en sus proporciones, lo que revela que también lo era la bipedación, que ya existía con Lucy (Australopithecus afarensis, 3,9 a 3 millones de años), pero la suya era una locomoción mixta y parte de su actividad transcurría en los árboles. El ergaster era como nosotros, podía correr y cubrir grandes distancias. Pero esa bipedación hizo que la pelvis cambiara: la estructura del canal obstétrico se hizo más pequeña y esto generó un problema social muy grande: los niños tenían que nacer menos desarrollados; surge lo que llamamos la infancia, la necesidad de cuidados. Esto implica una reestructuración social, con un mayor grado de cohesión y de dependencia, con vínculos más intensos». Cambios, que se empezaron a ver con los australopitecos, que «se hicieron evidentes» con el Homo ergaster.
La bipedación moderna, apunta el profesor, permitió ampliar su área de influencia, acceder a nuevos recursos, a nuevos alimentos. Y para adaptarse al nuevo escenario fueron imprescindibles esos cambios tecnológicos.
Hay yacimientos vinculados al ergaster en Tanzania (Olduvai), Etiopía y Kenia, con una cronología de entre 1,8 y 1,7 millones de años, que dan testimonio del origen del achelense. «Lo que la hace excepcional es que es la tecnología más longeva de toda la prehistoria humana. Se expandió durante más de un millón y medio de años por tres continentes distintos: sale de África y llega a Oriente Próximo, Europa, India... Lo encontramos hasta en terrazas del Duero y del Pisuerga. En ese millón largo de años hay distintas especies que se mantienen usando esto. Es algo excepcional, porque esto no lo vemos en ningún otro momento de la historia de la evolución humana, y hace del achelense una cultura icónica. ¿Por qué tantas especies distintas, en tantas regiones distintas, mantuvieron más o menos inalterada la construcción de estos objetos? Es una de las grandes preguntas que debemos responder», señala el vallisoletano.
El que fueran capaces de realizar tallando mediante percusión directa una herramienta simétrica como el bifaz implicaba una capacidad para planear. «Estamos viendo en el Homo ergaster que determinadas áreas del neocortex, del área de Broca, empiezan a desarrollarse. Lo estamos observando a partir de estos objetos, mediante estudios de arqueología cognitiva: en la elaboración de este tipo de objetos es necesario precisamente activar esas regiones del cerebro que permiten dotar a la pieza de una simetría para la que se necesita planear una jerarquía de acciones», explica. «En el achelense, por primera vez, se confieren a la piedra formas absolutamente arbitrarias, absolutamente abstractas, que no tienen ningún sentido, que no tienen ninguna lógica original en la naturaleza», matiza.
¿Esta nueva industria le permitía al Homo ergaster acceder a fauna a la que no hubieran podido llegar sin ella? «Esta es la gran discusión. ¿Para que servían estos grandes objetos?», se pregunta el arqueólogo, que recuerda que en la zona han aparecido restos de especies vinculadas a zonas fluviales, pero también a praderas abiertas: jirafas, cebras, facóceros (jabalíes), cebras o el extinto pelorovis, un bóvido con una cornamenta que rondaba el metro de longitud. El gran tamaño de algunas herramientas y los bordes afilados las hacían perfectas para descuartizar grandes animales, como los elefante, también para trabajar la madera o como núcleos para conseguir lascas.
«¿Por qué estaban haciendo estas cosas repetidamente, e invertían tiempo para hacerlas simétricas? ¿Por qué hacer estas piezas tan grandes? No lo tenemos del todo claro y no sé si alguna vez lo sabremos», admite Diez Martín, que cita singulares hallazgos como el de varios bifaces localizados al sur de Inglaterra –uno de ellos conservaba la concha fosilizada de un molusco en el centro de la pieza tallada–, con una edad similar a los encontrados en las terrazas del Duero y el Pisuerga.
Quizá en el futuro, apunta el arqueólogo, pueda concluirse que hubo códigos, de carácter social o cultural, que influyeron en el diseño –que va más allá de lo funcional– de los artefactos.
Hasta la fecha, el yacimiento de FLK West ha revelado al equipo que dirige Fernando Diez Martín 6.052 restos óseos y 12.467 restos líticos.

Fernando Diez posa con una reproducción de un gran bifaz hallado en FLK West.
Fernando Diez Martín

Una imagen del yacimiento de FLK West
Garganta de Olduvai

Imagen del hallazgo de un fragmento de mandíbula de elefante.
Un elefante del Pleistoceno

Imagen de un bifaz hallado en el yacimiento
Bifaz de FLK West

Una imagen cenital del yacimiento.