La muerte del padre del presidente del Tribunal obliga a suspender el juicio de Sara
El juicio por el asesinato de la niña en su domicilio de la Rondilla se retomará el día 8 de mayo
Los acusados Roberto Hernández y Davinia Muñoz, ayer, en el juicio en conversación con sus abogados.-POOL EFE
El fallecimiento del padre del presidente del Tribunal encargado de juzgar el caso por asesinato de la pequeña Sara, Feliciano Trebolle, marcó la última sesión de la semana. El juicio queda en suspenso, hasta el 8 de mayo, cuando se reanudará a las 11 horas con las declaraciones de los testigos que no han dado tiempo en la jornada de hoy, todos policías que investigaron el caso.
La suspensión del juicio alargará a última sesión del juicio, marcada para el día 9 hasta el día 15 de mayo, con las periciales correspondientes a los días 8 y 9 de mayo.
De esta manera, se suspende provisionalmente un juicio que tuvo ayer una nueva ronda de testimonios sobre un fatídico día en el que Sara agonizaba mientras Davinia y Roberto no mostraron sentimientos, solo tranquilidad. El informe médico de ese día reveló que había sido agredida sexualmente y la reacción de la madre, a pesar de todo, siguió siendo de defensa a ultranza de su novio. «Es mentira. ¡Roberto adoraba a las niñas!», se revolvía aún con los grilletes ajustados el 2 de agosto.
Todos los policías, médicos y sanitarios que intervinieron aquel 2 de agosto para atender a la niña amoratada y en parada cardiorrespiratoria, resaltaron ayer en el juicio que lo más les asombró, además del estado crítico de la pequeña, fue la frialdad de ambos, mayor aún en el caso de la madre.
Lo expresó así el policía nacional responsable de la sección de la Unidad Familia Menor: «En 39 años de trabajo nunca he visto tanta frialdad en una madre. Davinia siguió defendiendo a Roberto incluso al informarle que le había violado a Sara».
En realidad, la estancia de los policías en el domicilio de la calle Cardenal Torquemada, 43 fue de continuo asombro al presenciar reacciones propias de una casa donde las niñas parecían adiestradas a callar, a obedecer e incluso a no padecer. ¿Qué habrían sufrido para asentir en todo? Dos ejemplos. Cuando Sara ‘amaneció’ el 28 de julio con un moratón que le deformó la cara, Roberto se apresuró a decir que fue al golpearse con la mesilla. La víctima de 4 años, según reveló ayer el hermano de Davinia, Pedro M.G., acompañó esta explicación con movimientos de cabeza afirmándolo.
[La madre reveló el viernes en el juicio que no daba ya credibilidad a esta versión ya que esa mesa era como de chapa, de poca consistencia como para causar tanta lesión].
El régimen de la casa era casi de sumisión coincidiendo con la estancia de Roberto en el domicilio. «En la casa siempre había muchos lloros de niñas y gritos, pero todo de aminoraba cuando había un varón en el domicilio», relataron los vecinos de Davinia a un agente que ayer declaró en el juicio.
¡OJO QUE SOY SOLDADO!
Este policía fue a visitar el 3 de agosto a los vecinos para conocer más detalles de la casa de Sara y corroboró el régimen ‘normalizado’ de amenazas. «Me dijeron los vecinos del lado derecho que tenían miedo a Davinia. Les había amenazado diciendo que era soldado y que ‘no sabían con quien estaban hablando’», relató el agente.
Otro policía interviniente reparó en la insensibilidad de la hermana mayor, Andrea, cuando su hermanita estaba ya camino de la muerte tumbada en el salón, inconsciente, amoratada y con las uñas de pies y manos levantadas y sangrantes. «Me llamó la atención que, teniendo un cuerpecito tumbado en el salón, Andrea estuviera tranquilamente desayunando en la cocina tomando krispies con leche». Lo mismo advirtió el conductor de la ambulancia de Sacyl, el primero en subir a la casa. «Por mi experiencia, una niña de doce años en un caso tan triste se refugia siempre en el adulto, pero no lo hizo con Roberto», afirmó.
Más sorpresas de aquella mañana. Un policía que acompañaba a Davinia al Hospital Clínico siguiendo a Sara escuchó decir a la madre: «Ni hecho adrede, siempre que le paso algo a Sara cuando tengo guardia», recordó. Y hablando Davinia y Roberto en el coche policial rememoró que «solo hablaban de que todo acabaría bien», es decir, que no hicieron ni una sola mención de preocupación por una hija en estado crítico. La incredulidad policial llegó al nivel más alto cuando Davinia fue detenida y prosiguió con la defensa numantina del mecánico de helicópteros.
Sara ese 2 de agosto era atendida en la UVI del Hospital Río Hortega y acabó muriendo a las 3 de la mañana del día 3. Allí estaba Davinia. El día 2 de agosto Roberto fue a declarar como testigo a Comisaría de Policía y una llamada del Juzgado de Guardia dio un giro a su situación: fue detenido en ese momento. Lo mismo que Davinia. «Recibimos una llamada de la juez de guardia en la cual nos informó de las lesiones: dos fisuras anales recientes, una lesión vaginal y que carecía de himen. Tras este aviso ya fue detenido porque era el único adulto que estaba en casa», recordó el policía 88401. «Me llamó la atención la frialdad de ella durante tres horas declarando, ya con la hija muerta. Lo mismo que Roberto, que lo negó todo diciendo que las quería mucho», recordó.
La enfermera que atendió a Sara el día de su muerte relató cómo se encontró la niña a las 9.30 horas. «Tenía la cara morada, las uñas de las manos levantadas y era sangre fresca, la lesión era reciente», relató. La primera actuación fue preguntar a Roberto qué había ocurrido con la menor: «Nos dijo que se había dado el golpe con una mesa hacía unos días y que ya estaba en tratamiento. Y que lo de las uñas arrancadas igual era de llevarla desde la cama hasta el salón», índicó.