Diario de Valladolid

«Cuantas más somos, más se asustan los machistas»

Más de 25.000 personas claman por la igualdad en las calles de Valladolid, que se inundan de morado contra el miedo y al grito de ‘Ni un paso atrás’ / «No tienen que decirte que para qué opinas de fútbol si eres una chica»

Manifestantes se concentraron ayer en Valladolid por el Día Internacional de la Mujer.-PABLO REQUEJO / PHOTOGENIC

Manifestantes se concentraron ayer en Valladolid por el Día Internacional de la Mujer.-PABLO REQUEJO / PHOTOGENIC

Publicado por
Alba Camazón

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Es noche cerrada. Vuelves a casa un sábado más después de salir de fiesta, o un lunes tras eternas horas de trabajo. Con música o disfrutando del silencio de la calle. Una figura aparece. Generalmente grande y masculina. El vello se te eriza y el corazón se te acelera. Coges lo primero que se te ocurre, quizá las llaves o el teléfono móvil. Unas como método de defensa, y las otras solo para hacer un paripé y fingir que estás hablando con alguien, que tienes una cita, que te esperan. Es lo que sienten millones de mujeres en todo el mundo muchas noches, y contra lo que protestan.

Según la Policía Nacional, fueron 25.000 personas las que ayer clamaron en Valladolid contra el machismo y la desigualdad, contra el miedo a llegar a casa, contra esos whatsapps que tantas y tantas mujeres han enviado: «Estoy en casa, he llegado sana y salva». Ese mensaje, que si no se envía por cualquier motivo, preocupa. Ese mensaje que las mujeres quieren dejar de escribir. «No es normal, pero lo tienes tan normalizado que no te das cuenta», explica María, de 19 años.

Otras chicas, como Esther, estudiante de Logopedia, optan por quedarse en casa de una amiga o ir en taxi. Todo por no atravesar uno de esos túneles que conducen al barrio de Delicias, que puede convertir fácilmente a las mujeres en blanco. «Cuando vas sola, en cuanto ves a un hombre, tienes miedo a que se acerque o te siga», lamenta su amiga Paula.

Aunque no sea justo para los hombres, el miedo que sienten muchas mujeres se refleja en los carteles y en los gritos que inundaron cada rincón del centro. Cada vez son más las que dicen ‘basta’, y lo saben. «Cuanto más salimos las mujeres, más se asustan los machistas», clama Lorena, cuya voz apenas puede oírse por el ruido que hay. Gritos de rabia, de enfado, de tristeza, de esperanza, de alegría, de revolución, al ritmo de los tambores. Gritos de ‘Ni un paso atrás’. Gritos de hombres, pero sobre todo de mujeres. Mujeres, mujeres, y mujeres.

Niñas, jóvenes y mayores; estudiantes, trabajadoras, jubiladas y paradas; blancas y negras; heteros y no normativas; a pie, con bastón o en silla de ruedas; en botas o en playeras; maquilladas o sin maquillar, frikis y políticas; altas y bajas. Con carteles de purpurina, goma eva, a rotulador o a ordenador; en cartón, en cartulina o incluso plastificadas; en negro y morado o con toda la paleta de colores. Reivindicaciones en paraguas, globos, bufandas y camisetas. Porque así son las mujeres; diversas pero únicas, que se quieren vivas y unidas por una misma causa: la igualdad entre hombres y mujeres.

Algunas recuerdan a las mujeres que históricamente fueron quemadas o asesinadas por haber reivindicado sus derechos o simplemente por adelantarse a su época: ‘Somos las nietas de las que no pudisteis quemar’, reza un cartel. Empoderadas como las meigas gallegas, las hijas de las diosas Gaia, Atenea o Artemisa; todas a una: «El feminismo es igualdad».

La clave está en la educación desde pequeñitos. «No tienes por qué ser una princesita, ni tienen que decirte que para qué opinas de fútbol si eres una chica», reprocha Laura en la que es su primera manifestación. «Es una pena que los chavales de mi edad [15 años] todavía tengan la mente tan cerrada», sentencia.

El futuro de estos jóvenes parece lejano, pero cada vez está más cerca. Para unas, esperanzador; para otras, más negro. Pero tienen claro que salen por todas. «Pedimos por todas, para que no haya privilegios», reclama Victoria, jubilada, que lleva cincuenta años exigiendo la igualdad.

Las calles también están llenas por las que ya no están, por las que han sido asesinadas, pero también por las que no han podido ir a la manifestación o a la huelga. «Todos los logros que hemos conseguido han sido gracias a las feministas», reivindica.

El trabajo también preocupa, y mucho. Susana trabaja en el sector del bricolaje y está harta de que venga algún hombre a quitarle el taladro, como si no supiera utilizarlo. Laura no quiere que la vuelvan a chistar o a llamar ‘rubia’, ‘cariño’, ‘amor’, ‘niña’. Se llama Laura, y es enfermera. Tiene nombre, una vida y el derecho a ser tratada como una igual. Como todas.

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