EL SIGLO DE DELIBES
Ávido intermedio
En el tramo mediante entre Diario de un cazador (1955) y Diario de un emigrante (1958), su quinta y sexta novelas, Miguel Delibes conoció el desdén del obsequioso editor de Destino Vergés Matas (1910-2001) para sus libros que no fueran novelas y el halago acogedor de Florentino Pérez Embid (1918-1974), el personaje quizá más influyente en la gestión cultural española de la posguerra intermedia, entre 1951 y 1960.
-E. M.
Precisamente aquel año 1956 se aguzan en el país las tensiones intestinas entre el áspero falangismo declinante y el más astuto y rutilante opusdeísmo, encabezado por el onubense Pérez Embid, que es quien corta entonces el bacalao cultural en España. También, por supuesto, en la literatura, una de sus lanzaderas principales. De aquel fuelle beato y opusdeísta surge la precaria segunda novela de Carmen Laforet La mujer nueva (1956), adornada con el jugoso premio Menorca (doscientas mil pesetas), y que sucede en la orla del premio Nacional Cervantes al Diario de un cazador de Delibes. También en aquel generoso negociado de don Floro se repartían los premios nacionales de poesía, estos con el rótulo mucho menos adecuado de José Antonio Primo de Rivera: Hierro (1953), Morales (1954), Gerardo Diego (1956) y el carmelita Julio Maruri (1957).
Pérez Embid dirigía los cursos de verano de Santander y de La Rábida y también el Ateneo de Madrid, donde tuvo como machaca para todo al ideólogo Santiago Galindo (1920-1977), director de Editora Nacional, a cuya gestión incorpora desde Santander al célebre Jesús Polanco y al desvalido José Hierro. En su colección de Actualidad Política, como número 30, aparece el viaje americano de Delibes: Un novelista descubre América (27 de mayo de 1956), precedido de un batiburrillo de la peor especie, en el que escalofrían los títulos sucesivos y a menudo reiterados de los militares García Escudero, Vigón y García Morato, mezclados con ocurrencias propagandistas de Galindo, de Regina García, de Comín Colomer, de Diego Sevilla, del propio Pérez Embid, del rumano Uscatescu y de Emilio Romero. Desde su dirección general omnipotente organizaba don Floro (catedrático de Descubrimientos Geográficos en las universidades de Sevilla y Madrid) las excursiones patrias, europeas o americanas de los escritores, además de convivios culturales de más relumbrón que provecho, como el celebrado en El Paular (1961).
También correspondió a don Floro tanto el veto a Blas de Otero en el premio Adonais 1949, al considerar «blasfemo» su crucial Ángel fieramente humano (1950), como el aliento impulsor de la novela metafísica, promovida por su ayudante del Ateneo Manuel García Viñó (1928-2013), que si bien incorpora inicialmente a Delibes por su afán de trascendencia en Mi idolatrado hijo Sisí (1953), termina reprochándole que escriba a la defensiva, curándose de reproches, para acabar tirando al pichón, como su personaje Lorenzo en Diario de un emigrante (1957). El propio marido entonces de Carmen Laforet, Manuel Cerezales (1909-2005), que había sacudido con rabia la novela católica de Delibes, supondría más tarde que el compromiso moral de su Parábola del náufrago (1969) trataba de saciar aquella deuda.
Aquel mismo 1956, en que Vergés y Delibes intercambian confidencias sobre el vallisoletano Demetrio Ramos («abyecto y caricaturesco aprendiz de Goebbels»), que aplica la censura en Barcelona y extiende su influencia hasta Valladolid, donde Delibes acumula una demora de tres años para ser aceptado como director del periódico, la larga mano de don Floro también alcanza a Destino, cuyo número mil recibe los vientos de la guerra interna desatada con Ignacio Agustí (1913-1974), uno de sus puntales desde los primeros tiempos de Burgos hasta que se convirtió, según Vergés, «al fascismo y al Opus». Su nombramiento como director de El Español, en Madrid, lo sume en una etapa personal sacudida por el alcohol y los nervios, que malogra en Destino una trayectoria de mil semanas: aquel número conmemorativo aparece con dos editoriales de mensajes contrapuestos y con Franco en portada. Vergés, que procede de una familia de corcheros ampurdaneses, y pasó la infancia con el abuelo en Argelia acopiando alcornoques, está preparado para seguir flotando, y ficha como director a Néstor Luján, con el respaldo inmediato y patriarcal de Pla: «Agustí es la peste negra de un país de locos, corrompido por el franquismo».
En realidad, la revista Destino había nacido en el Burgos bélico el 6 de marzo de 1937, como ‘semanario de la Falange Española Tradicionalista y de las Jons’, con impresión en talleres de Valladolid. Su número cien coincidió con la entrada en Barcelona (26 de enero de 1939) de las tropas franquistas comandadas por Yagüe, quien llevaba en primera fila a Ridruejo sofaldado por los catalanes de Burgos: en aquel tropel avasallador iba también Manuel Aznar Acedo (1916-2001), padre del político, como encargado de los altavoces de propaganda, y toda la redacción de Destino. Ya asentados en Barcelona, reanudan la edición de la revista, dirigida por Agustí, que también crea el premio Nadal e incorpora a la editorial, junto a Vergés y a Teixidor, al primo mussoliniano de Buñuel, Juan Ramón Masoliver (1910-1997). La revista la compra en 1974 Jordi Pujol, que pone como director a Baltasar Porcel, pero aquel revoltijo joseantoniano de ‘unidad de destino’ con tintes nacionalistas acabó por expirar en 1980. La sede compartida de Consejo de Ciento siguió albergando la editorial superviviente hasta su compra (septiembre de 1989) por Planeta.
Estas displicencias con los cambios de género literario de Delibes, que después corrige astutamente, las extiende Vergés a las propuestas de colaboración de los amigos y allegados del novelista: los ripios de Félix Antonio González; la novela de Enrique Gavilán o los reportajes de su hermano José Ramón. Sólo más tarde y con Jiménez Lozano cuajará el avío, tanto para la revista como para sus libros. Y aún con todos estos precedentes, Delibes lo agasaja en los Inocentes de 1955, al decirle que está tan lejos del editor divulgado por la leyenda negra, «que sois dos polos opuestos». No está mal como inocentada.
Cuando Delibes subió al avión en Barajas, el 26 de marzo de 1955, llevaba con él un ejemplar del Diario de un cazador, que le acercó al aeropuerto Rafael Vázquez Zamora, crítico de Destino. También despegó con el compromiso de pronunciar un par de conferencias por Argentina y Chile, preparando una serie de dieciséis crónicas viajeras para su periódico y para la revista Destino, que a la vuelta le publicará reunidas en libro don Floro en Editora Nacional. Son textos que describen su paso por Brasil y Argentina, la majestuosa travesía aérea de los Andes, con la mayor parte (once de dieciséis) dedicados a Chile, cuyo círculo de periodistas de la capital Santiago le invitó a hablar sobre la novela española de posguerra, escrita por los jóvenes compañeros generacionales del autor, entre los que destaca con fervor a Carmen Laforet y a Rafael Sánchez Ferlosio. Consciente de que viaja en misión cultural, pone el acento en combatir la idea extendida por los exiliados en América de una España de posguerra convertida en erial literario. Pero estas crónicas impresionistas no van a ser el único provecho del primer viaje americano de Delibes. La compañía del personaje Lorenzo le ayuda a descubrir con otra mirada paisajes y personajes, con sus giros expresivos, hasta el punto de convertir su nuevo lenguaje coloquial en un prodigio de sabiduría literaria. Y para nosotros, como lectores en la distancia, la posibilidad de contrastar ambas expresiones, la del viajero Delibes y la de su personaje Lorenzo, nos muestra paladinamente la capacidad de estilo de un autor que se afana en «escribir siempre de oído».
Pero antes de ponerse con el Diario de un emigrante (1958), Delibes agrupa cuatro novelas breves unidas por su clima de pesadilla en Siestas con viento Sur (1957), que obtendrá el premio Fastenrath de la Academia, a la vez que rescata de su aparición inicial en El Español (julio de 1954) para las Ediciones Pulga del pozaldejo Germán Plaza en 1957 su novela breve La barbería, inspirada en el establecimiento que frecuentaba de la calle de Santiago, propiedad del abuelo del pintor José Manuel Capuletti (1925-1976), don José Lillo, que ilustra con los útiles del oficio en portada el dibujante Alejandro Coll.