Diario de Valladolid

EL SIGLO DE DELIBES

Mundos de papel

Cuando Delibes tuvo ocasión de refrendar con glosas, apostillas y anotaciones su primer medio siglo de literatura, tituló el puñado más cercano a su actividad como Mundos de papel. Con ese rótulo agrupó la reclusión solitaria y pinariega de Paco Pino, la autocrítica de sus dos primeras novelas que considera malogradas, la memoria recurrente de un Jorge Guillén buceador del Valladolid profundo, la esencia turbulenta de Faulkner, el cincuenta cumpleaños del Nadal y los temibles ardides periodísticos. También su adiós a los amigos idos: los poetas Luelmo y Celaya, los contertulios Belmonte y Sánchez Villares, el profesor Rubio Sacristán y el periodista literario Emilio Salcedo.

Arriba a la izquierda, Miguel Delibes (tercero p por la derecha, de pie)posa en un partido de fútbol entre periodistas y artistas de circo.-EL MUNDO

Arriba a la izquierda, Miguel Delibes (tercero p por la derecha, de pie)posa en un partido de fútbol entre periodistas y artistas de circo.-EL MUNDO

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Redacción de Valladolid
Valladolid

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NÁUFRAGOS Y COLINDANTES

En el piélago de la posguerra interior y más acusadamente en su ciudad laureada, la supervivencia adoptó formas muy diversas, aunque todas sombrías. Aquella atmósfera irrespirable la dibujó años más tarde el poeta Jaime Gil de Biedma, nieto de Santiago Alba y primo de Miguel Delibes: «Media España ocupaba España entera / con la vulgaridad, con el desprecio / total de que es capaz, frente al vencido, / un intratable pueblo de cabreros». Los profesores represaliados de Valladolid se agrupan en la Academia Minerva de Fuente Dorada, para sostener con clases particulares la subsistencia de sus familias estragadas por el mandoble de la contienda. En Minerva coincidieron temporalmente profesores universitarios de Derecho, como Guilarte o Adolfo Miaja de la Muela (1908-1981), entre otros, con el de Filosofía Hipólito Romero Flores. El capricho tenaz de las sanciones convertía su presencia en un ir y venir permanente, para preparar opositores y dar instrucción a los excluidos o descarrilados de la educación normalizada. Su panel de profesores abarcaba todas las disciplinas, desde la Religión (Reoyo y Adrán), hasta los estudios de Comercio, que imparte del hermano de Miguel Delibes José Ramón, alemán (Eloísa Sarria), dibujo (Federico del Brío), Latín y francés (Santiago de los Mozos) o Taquigrafía (Lorenzo Chillón). Pronto los jurídicos trasladan su docencia a Estudios Pincia, academia situada en el 24 de Claudio Moyano, donde un animoso Teodulfo Lagunero (1927), que emergerá en la Transición como conductor del regreso de Santiago Carrillo, actúa de pasante de los ilustres abogados Eduardo Pardo Reina (1905-1980), secretario general de la presidencia de la II República con Alcalá Zamora y defensor del capitán Rojas en los sucesos de Casas Viejas, y Miaja de la Muela, apartado de su cátedra de Derecho internacional en la universidad de Santiago de Compostela con una condena de 12 años de cárcel. Detenido el 21 de julio de 1936, estuvo preso hasta 1941. Miaja y Pardo Reina preparan en Pincia opositores a notarías, para abogados del Estado y aspirantes a cátedras. A partir de 1948 son autorizados a colegiarse como abogados en Valladolid, donde concluirá décadas más tarde su dilatada carrera como abogado de éxito Pardo Reina, mientras Miaja de la Muela va a ser repuesto en su cátedra en 1952 por el ministro Joaquín Ruiz Jiménez, con la sanción de traslado forzoso a Valencia, donde se jubiló, y prohibición de solicitar vacantes durante cinco años, así como inhabilitación para desempeñar cargos directivos y de confianza. Pardo Reina era capitán del Ejército y fue detenido en Las Palmas durante la guerra, con una condena de 12 años. Una vez en Valladolid, impulsó la oposición republicana desde los años cincuenta y convirtió su despacho de Claudio Moyano en refugio y lanzadera de la respuesta política y sindical.

Otro de los puntales de Minerva fue el catedrático de Filosofía Hipólito Romero Flores (1895-1956), que llega a Valladolid en 1938, procedente del presidio de San Marcos de León, merced a la intervención, condicionada por su mujer Irene Rojí, del temible ministro de Orden Público Severiano Martínez Anido (1862-1938). Don Hipólito no era una figura local ni provinciana. Discípulo de Besteiro, había recibido el premio Maura de la Academia por su Estudio Psicológico sobre Lope de Vega (1936), después de que Giménez Caballero birlara el premio Nacional en 1933 a sus Reflexiones sobre el alma y el cuerpo de la España actual con un estudio belenista de las figuras de Salzillo. Su obra mayor, expresiva de las inquietudes de la tercera España apresada en un horizonte de violencias y arrumbada por el cainismo facineroso («¿Desembocaremos en Rusia o en Italia? ¿Opresión bolchevique o tiranía fascista? Quizá no tardaremos en verlo»), fue Perfil moral de nuestra hora (1935), determinante de su nombramiento como gobernador civil de Huelva por parte de Azaña. Romero Flores había hecho su carrera hasta el doctorado combinando los estudios con un empleo administrativo en la Compañía de los Ferrocarriles del Norte. Llegó a León en 1930, para sustituir a José Gaos, discípulo predilecto de Ortega, en la cátedra del instituto y durante su estancia fue presidente del Ateneo Obrero, donde tuvo a Crémer como secretario.

Después de las elecciones de febrero de 1936, bastantes intelectuales azañistas, recibieron el obsequio de un gobierno civil. Le tocó a Antonio Espina (1894-1972) en Baleares, después de haber desdeñado un primer destino en León; al cuñado de Azorín, Ciges Aparicio (1873-1936), en Ávila; y a Pérez Carballo (1911-1936), en La Coruña (su trágico final, unido al de su mujer Juana Capdevielle, lo cuenta Rafael Torres en ‘Nuestra Señora de la Cuneta’). Evoca aquellos repartos en sus memorias Francisco Ayala (1906-2009), que también tuvo un ofrecimiento y recaudó para su padre, despedido de una naviera, el empleo de administrador del monasterio de las Huelgas Reales de Burgos. Cada uno con su tragedia final, si bien Espina pudo salvar el pellejo después de superar un auténtico calvario. En el caso de Romero Flores, no llegó a ocupar su destino en Huelva, porque el golpe militar se cruzó con el remate de las obligaciones escolares en León. Esa demora le salvó la vida, aunque pasó sucesivamente por las cárceles de San Marcos y de Valladolid, donde fue depurado y suspendido de empleo y sueldo. Cuando recupera la cátedra, en 1947, tiene que desplazarse a Palencia, a pesar de la vacante de Valladolid. Pero no ceja en su producción intelectual, que sólo quebrará el padecimiento nervioso implacable de la enfermedad de Charcot, del que lo trata Marañón. En 1941 Hesperia le publica un ensayo sobre Unamuno alterado por la censura, que alborota a la clerigalla, especialmente al jesuita Quintín Pérez, quien dedica sus años de decadencia a perseguir al cavilador Unamuno. Pero no lo hace solo: también se suma el agustino palentino Félix García. Diez años más tarde, entre colaboraciones en Espadaña y en la Revista de Ideas Estéticas de Barcelona, alcanza el premio Aedos, dotado con quince mil pesetas, por su Biografía de Sancho Panza, filósofo de la sensatez, a la que pone prólogo Julián Marías.

ESTRENO LITERARIO

En aquel ambiente sórdido y azacaneado de urgencias, el joven Miguel Delibes tuvo su primer contacto con la literatura al enviar el relato inédito y perdido La bujía a un concurso convocado por Medina, la revista de la Sección Femenina que tutelaba Marichu de la Mora Maura (1904- 2001), responsable de prensa y propaganda de la organización y directora de Y, donde colaboraban escritores destacados de la época, incluido Azorín, que dedica en 1940 un artículo al mártir José Antonio y estrecha relaciones con la organización.

Aquel cuento perdido de Delibes resultó finalista en el concurso de Medina, que obtiene Amparo Martínez Ruiz, la hermana menor de Azorín. Marichu ya estaba casada sin mucho entusiasmo con el agente de bolsa Tomás Chávarri cuando conoce en 1935 en Segovia, en una tertulia de Eva Fromkes, al joven falangista Dionisio Ridruejo, seis años menor que ella. Ridruejo queda turbado y traspuesto por la pasión prohibida e irresistible de una mujer experta y casada, que incorpora a su imaginario como Áurea, protagonista absoluta de Primer libro de amor (1939), que culmina con la exaltación de sus Cánticos a Áurea. Por entonces, el temeroso Azorín arrastraba la mala conciencia familiar de su abandono en Ávila de los cuatro niños huérfanos de su hermana Consuelo, cuyo marido, el escritor Manuel Ciges Aparicio (873-1936) y gobernador republicano había sido paseado a las puertas del cementerio el 4 de agosto de 1936. Aquel desconsuelo infantil de Manuel, Luis, Carlos y Pura, recogidos los niños en un convento de frailes, mientras a la niña y a su hermana Consuelo las amparó el obispo Moro Briz en un convento de monjas, acució al impasible Azorín para apoyar ante las falangistas el cuento de su hermana pequeña, todavía anclada en el ámbito familiar de Monóvar. Durante los años 1943, 44 y 45 la dedicación de Miguel Delibes se orienta en exclusiva al trabajo en el periódico y a la preparación de unas oposiciones que ya tiene a la vuelta de la esquina, aunque su novia Ángeles Castro se ocupa de encender y alimentar su inquietud literaria. Precisamente, el regalo de petición de mano de Ángeles a Miguel no puede ser más intencionado: una máquina de escribir Hermes, de fabricación suiza. Ya a punto de casarse (la fecha de boda será el día del libro de 1946), en marzo de 1946, empieza a figurar Miguel Delibes como periodista responsable de la revista de poesía vallisoletana Halcón (1945-1949), donde pone el preceptivo carnet de prensa para que la revista pueda seguir viendo la luz. En la revista se agrupan su amigo del Lourdes y ya jurídico militar Manuel Alonso Alcalde (1919-1990), el también militar Luis López Anglada (1919- 2007) y el joven Arcadio Pardo (1928), que actúa como secretario. De momento, sólo figura como uno más del grupo el canario Fernando González (1901-1972), depurado en 1939 de su condición de catedrático de Literatura desde 1930. Don Fernando, como su mujer vallisoletana Rosario Fuente (1898-1970), que es catedrática de francés desde 1928 con el número 1 de su oposición, arrastran en aquel Valladolid sombrío el estigma de la inhabilitación política. Don Fernando, epígono poético del modernismo canario de Tomás Morales y Saulo Torón, se instala más tarde en el remanso machadiano y azañista del canario castellanizado, elegante, con sombrero y abrigo de piel con cuello de rizo, fumador de puros y cubierto siempre en casa con boina bilbaína.

Así lo describen tanto Umbral como el inglés Charles David Ley en sus memorias literarias. Como republicano convencido, ese porte cívico lo investía de «categoría ministerial» durante la República, aunque nunca hubo tal: simplemente fue candidato del partido de Azaña en 1931 y uno de sus hombres en la educación madrileña durante la república.

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