Diario de Valladolid

40 AÑOS DE LA LEGALIZACIÓN DEL PCE

Zapatos para Renfe y azote en la universidad

La legalización puso en evidencia lo que ya se sabía, que sus ramificaciones alcanzaban a todo el mundo laboral de la España franquista. Ferrocarriles, fábricas, minería, construcción y aulas fueron los intensos frentes de batalla en Castilla y León

El Campo Grande, de Valladolid, abarrotado en un mitin del PCE recién legalizado, antes de las elecciones de junio.-ARCHIVO MUNICIPAL DE VALLADOLID

El Campo Grande, de Valladolid, abarrotado en un mitin del PCE recién legalizado, antes de las elecciones de junio.-ARCHIVO MUNICIPAL DE VALLADOLID

Publicado por
Alicia Calvo
Valladolid

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‘Los del PCE’. No se trataba de cuántos eran, sino de su don de la ubicuidad. En Renfe, que operaba en la capital vallisoletana, «no había botas suficientes para todos, ni buzos de trabajo, ni se respetaban las jornadas...». Y trataron de cambiarlo. Lo recuerda uno de sus ya ex trabajadores, Javier Fernández, miembro entonces del Partido Comunista.

Eran tiempos en los que el único sindicato que había en las factorías era el vertical, el del Régimen Franquista, y en un secreto relativo porque cuentan que, «al final, todo el mundo conocía quién era quién, unos cuantos trabajadores adscritos al PCE luchaban por conseguir mejoras, antes de que la legalización del Partido Comunista llegara, hace ahora 40 años. También después.

Las mismas contiendas se repetían en muchos otros puntos de Castilla y León y las reivindicaciones laborales de los comunistas se extendían por varias provincias.

Recuerdan hoy antiguos dirigentes comunistas castellanos y leoneses cómo demandaban mejores condiciones «en Michelin y en la entonces Fasa Renault», en Valladolid; en la ya desaparecida «Revilla», en Soria; «en Fadisa», que antecedió a la Nissan, entre otras. «Estábamos en todos los sitios y, aunque fuéramos pocos, teníamos fuerza porque peleábamos por los derechos de todos», rememora Fernández.

Cuando dice ‘todos’, se refiere a su amplio despliegue por ámbitos como la universidad o los movimientos vecinales. Utilizaban estas agrupaciones para parapetarse en una aparente legalidad y reclamar así las mejoras que sus ciudades o pueblos necesitaban. «Había barrios que no estaban ni asfaltados y no tenían ni un espacio verde. Las carencias eran muchas. Faltaba alumbrado, servicios, saneamiento...». Y canalizaban esas demandas a través de redes vecinales como las de La Rondilla, Delicias o Pajarillos que, recuerda Fernández, «en Valladolid eran de las más activas».

«Aprovechábamos cualquier espacio de libertad y perseguíamos que hubiera más», añade Serafín de Tapia, una de las cabezas del Partido Comunista abulense.

Luis Castro, que trabajaba en el bar de su padre en Soria, incide en el «sacrificio» personal. «Hacíamos reuniones fuera del trabajo y escritos. Preparábamos todo. Requería de mucho esfuerzo. En Revilla pedíamos mejores sueldos y la readmisión de despedidos», rememora como uno de los principales frentes, igual que su oposición a un centro de investigación nuclear en Almazán, que finalmente se retiró.

Víctor Bayón recuerda huelgas en el sector minero exigiendo «más seguridad»: «Los salarios eran de miseria, la explotación inhumana, estudiábamos cómo mejorar las condiciones, las de los mineros, en la construcción, en Renfe... Facilitábamos octavillas planteando lo que se podía hacer. La propaganda denunciando las injusticias era muy importante y conseguíamos pequeñas mejoras. Era un trabajo muy reconfortante».

Ángel Martínez de Paz y César de Prada, ambos docentes y ambos al frente del partido en Valladolid aquel 1977, inciden en la fuerza del partido dentro de la universidad. «Era una organización potentísima, una caja de resonancia. Cuando había huelgas en Fasa, Michelin o en la construcción, ayudábamos desde la universidad», señala Martínez de Paz, que apostilla que «los rectores y todos los cargos eran nombrados a dedo y con la educación en un régimen dictatorial, no habría cambios en la sociedad».

Peleaban porque dejaran a los alumnos organizarse. «En esa época no estaban autorizadas cosas que nos parecen normales. La actividad sindical, por ejemplo. Era una estructura anquilosada y buscábamos la participación democrática», indica De Prada.

En cualquier caso, subrayan que «la influencia del PCE no era la estructura orgánica, que podría ser débil, sino las personas en las que influía».

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