Diario de Valladolid

40 AÑOS DE LA LEGALIZACIÓN DEL PCE

El austero Sábado Santo ‘rojo’

Cuatro décadas después de la legalización del Partido Comunista, varios ex dirigentes del PCE en Castilla yLeón recuerdan el cambio radical que esa decisión histórica supuso en su vida cotidiana y cómo la celebraron con discreción por consigna de Carrillo para no provocar a la derecha. «Por fin podíamos empezar una vida normal». Al dormir, algunos por primera vez cerraban confiados los ojos. «Ya no había miedo a que te detuvieran en mitad de la noche»

Los ex dirigentes del PCE en Valladolid Javier Fernández, Ángel Martínez de Paz y César de Prada, a pocos paso de donde se encontraba el Gobierno civil, donde tantas veces pidieron permiso para manifestarse.-J.M.LOSTAU

Los ex dirigentes del PCE en Valladolid Javier Fernández, Ángel Martínez de Paz y César de Prada, a pocos paso de donde se encontraba el Gobierno civil, donde tantas veces pidieron permiso para manifestarse.-J.M.LOSTAU

Publicado por
Alicia Calvo
Valladolid

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Esa noche «nadie» pudo dormir. Pero, por primera vez en años, la causa del desvelo no fue el miedo, sino la resaca de un día que sabían histórico. Ya no debían ocultarse más.

«Todo el mundo quería hablar y hablar y dar su discurso». Pero tal era la euforia que se interrumpían unos a otros. «De repente, nos daba por llorar porque nos acordábamos de los que se quedaron en el camino. Luego reíamos de felicidad. Nos abrazábamos. Estábamos emocionados, nerviosos», recuerda el ex dirigente del Partido Comunista en León Víctor Bayón, sobre cómo se vivió en Castilla y León aquel Sábado Santo ‘rojo’ en el que el Adolfo Suárez, tras unas intensas negociaciones con Santiago Carrillo, legalizó el PCE hace ya 40 años.

Ese 9 de abril de 1977 poco a poco se iban sumando más camaradas a la velada en ese estrecho local de la calle Reino de León. «El teléfono no dejaba de sonar y no paraban de llamar a la puerta. Venían a felicitarnos».

Como «indescriptible y alucinante» condensan lo que sintieron y lo que significó para quienes vivieron aquel hito de la historia reciente de España. «Por fin podíamos empezar una vida normal. Era la esperanza. La libertad por la que tanto habíamos luchado», cuenta Bayón, que asumió el riesgo de la misión de organizar el partido en la provincia y contribuyó a estructurarlo en la Comunidad.  

Un hombre que, como muchos otros militantes, desde ese sábado de abril se convirtió en «legal por fin». Tuvo que acostumbrarse a lo que hacía el común de los mortales: caminar sin mirar hacia atrás y, al final de la jornada, cerrar confiado los ojos. «Dormías sin sobresaltos. Sin tener uno abierto por el miedo a que te despertaran en mitad de la noche para detenerte, interrogarte o torturarte porque habías hecho una reunión o sabían que eras comunista».

Bayón describe la trascendencia de ese día con una impresión que todavía hoy pronuncia entrecortada: «Ese día cambió el mundo. Todo era distinto. Por primera vez sentías paz».

Ya recompuesto, recuerda que se enteró de la legalización nada más bajar del coche, al regresar de un mitin en Ciñera de Gordón. El cuerpo pedía vocear a los cuatro vientos el triunfo. Pero el secretario general del partido, Santiago Carrillo, impuso un precavido principio de discreción. Una de las condiciones pactadas con Suárez para un paso que muchos uniformados veían con hostilidad.

Llegó el momento que «tantas vidas y sacrificios había costado», pero el sentido común se impuso. «Tratamos de no provocar porque lo conquistado merecía demasiado la pena», comenta Bayón.

Aclara Javier Fernández, uno de los miembros de la primera Ejecutiva provincial vallisoletana del partido ya legalizado –más tarde fue secretario autonómico de CCOO– que la dirección nacional «dio la consigna de no dar el cante»; de no tomar las calles y no provocar ni agitar a la derecha «furiosa», para la que la noticia cayó como un jarro de agua fría.

Fue una celebración de puertas para adentro. O casi. Varias banderas ondearon en fachadas de locales que hasta ese día sólo figuraban registrados como sedes de agrupaciones vecinales o asociaciones culturales; corrillos de gente [no todos con carné, muchos sólo simpatizantes] se acercaban para felicitar a los afiliados y los puños en alto acompañaban a la Internacional, que se escuchó desde distintas vías castellanas y leonesas.

Fernández incide en que por esa llamada a la prudencia, la presencia en la calle no duró demasiado. «Dimos un paseo de 20 minutos, sacamos la bandera y nos fuimos a tomar unos vinos».

Pocas personas, calcula que «decenas, un centenar como mucho», partieron de la céntrica calle vallisoletana Miguel Íscar, donde el Partido Comunista se camuflaba bajo la placa de la Asociación Cultural de Amigos Europeos, y recorrieron tres o cuatro vías hasta desembocar en la Plaza Mayor.

El compañero de filas de Fernández, Ángel Martínez de Paz, secretario de organización en la provincia entonces, rememora aquella mañana con el mismo orgullo. «Nos movilizamos. El partido salía a la luz y nosotros, a la calle. Queríamos mostrar nuestras caras». Rostros «de muchísima alegría, de esperanza».

La satisfacción en Ávila era idéntica, pero el jolgorio y bullicio, menor. «Ya podíamos decir que éramos comunistas sin que nos pasara nada», apunta Serafín de Tapia, ex dirigente de la provincia abulense, que establece en una docena el número de miembros del partido en la capital y sumaba otro medio centenar en la provincia. «No teníamos fuerza, al menos, no numérica, pero llegábamos a mucha gente». Tampoco contaban con demasiados medios.

De hecho, hasta esa Semana Santa, su casa, que no tenía teléfono y requería bajar a la cabina, «era de facto la sede». Eso también cambió aquellos días. En parte, porque cuando su casero supo que Serafín de Tapia era comunista dejó de alquilársela.

La visibilidad de las principales caras del PCE no fue repentina. En los meses previos a ese Sábado Santo se gestó una progresiva presencia pública para que el Gobierno no pudiera ignorar su existencia. Una presión que había que regular con sumo cuidado ya que Carrillo no quería desbaratar su interlocución con el presidente Suárez.

«El partido tomó la decisión de ir saliendo a la luz para hacerse fuerte. Actuando públicamente, pero con cuidado», señala Javier Fernández. «Queríamos tener presencia porque no podía haber Transición sin PCE. Todo el mundo sabía que las cosas iban a cambiar», añade César de Prada, responsable en esos momentos del partido en Castilla y León y en la ciudad vallisoletana.

De Prada precisa que desde finales del 76 la situación que se vivía era ya «muy diferente a la de épocas anteriores, en la que fue más dura».

Todos coinciden en que la noticia de la legalización se daba por sentada. «Había quien quería convocar elecciones sin nosotros, pero no serían democráticas si no participaba la mayor fuerza de oposición al Franquismo», indica Fernández.

Su compañero de Soria, Luis Castro, lo suscribe. «Era impensable plantear Democracia sin el PCE y sabíamos que podía ser en cualquier momento».

Su respuesta ante la matanza de los abogados de Atocha en enero de ese 1977 les reforzó. «Demostramos que éramos capaces de actuar con responsabilidad. Reaccionamos con templanza», relata una de las cabezas visibles de aquella época, Ángel Martínez de Paz. «Al país se le encogió el alma, pero nos manifestamos pacíficamente», añade Serafín de Tapia.

Los tres meses siguientes todo se aceleró, aunque desde la discreción. Mañana se cumplen 40 años de aquel 27 de febrero del 77 en el que Adolfo Suárez y Santiago Carrillo [que llevaba un año viviendo en la clandestinidad en España] mantuvieron una reunión secreta en el chalé del hombre que sirvió de conciliador y de enlace entre ambos, el abogado José Mario Armero. Ese encuentro en Pozuelo de Alarcón se prolongó cinco horas y sentó las bases de la inminente legalización.

VIDAS CLANDESTINAS

La normalización llegó y, con ella, las dobles vidas y las clandestinas se tornaron en vidas sencillas y todo lo que hasta ahora se efectuaba bajo el radar salía a la superficie.

Sobre esa clandestinidad que llegaba a su fin, Javier Fernández y Ángel Martínez de Paz recuerdan que los miembros de la organización no se conocían entre ellos, salvo grupos de cuatro o cinco personas. «Funcionábamos como pequeñas células. Unos no podían conocer a otros, salvo los que trabajaban en el mismo ámbito. Sólo el que estaba arriba sabía quien era el resto. Así, si pillaban a alguien, te asegurabas de que si hablaba no caían más», señalan y ahondan en la explicación al asegurar que, sobre todo, se procuraba mantener en todo momento el desconocimiento sobre los que recaía la responsabilidad, «porque la represión se ejercía todavía con más represión para los que se encontraban al cargo».

En León, esa figura de conexión entre unos y otros y de nexo con el resto de provincias y con la dirección nacional se reflejaba en Víctor Bayón. Él era de esos que tenían que vivir completamente ocultos, que a cada paso miraban a su espalda, de los que no salían a comer, «ni al vermú, ni a pasear, ni al teatro», ni a casi nada; de esos que vivieron en la clandestinidad absoluta. Una de las cosas que más apreció después fue «poder comer con amigos y charlar tranquilamente» ante los ojos de cualquiera.

Bayón se movía por la provincia leonesa agazapado en un R11 de segunda mano, en el que una compañera de partido lo trasladaba, o subía camuflado al autobús de línea. Daba mítines «en pinares, al aire libre, a la orilla del río, o en casas» de algún camarada de confianza. «Donde se podía y no nos pillaban, a veces en unas condiciones difíciles, pasábamos frío, nervios...». Pero había que transmitir el mensaje y «la importancia de alcanzar la libertad».

Menos tensión padeció en Ávila Serafín de Tapia, que reconoce que, pese a estar ‘fichado’ «como filocomunista», la Policía lo dejó relativamente en paz. «Sabían quiénes éramos, pero no representábamos una amenaza muy grande y creo que no querían que se dijera que en Ávila había conflicto», conjetura.

Antes de tener el beneplácito de la ley, las reuniones se producían en un par de bares de confianza. En reservados subterráneos. «Los dueños eran de nuestra órbita. Si venía la Policía, daban unos golpes en el suelo para advertirnos», asegura De Tapia sobre aquellos tiempos.

Serafín vendía El Mundo Obrero en una calle y a los pocos minutos se movía a otra para evitar que los agentes le echaran el guante. Llevaba la insignia de la hoz y el martillo en la solapa, y se producían dos reacciones, «los que hacían como que no habían visto nada, y los que sonreían y comentaban algo». Así también captaban nuevos miembros.

Incide en que tenían «prudencia», y precisa que en Ávila se vivía «de una forma más tranquila» que en otros lugares. «En otras partes daban muchas tortas, la represión era brutal y se pasaba muy mal».

Precisamente por temor a terminar en la cárcel o en cualquier cuneta, las medidas de seguridad se extremaban siempre.

Cuenta Luis Castro, de Soria, que el «sigilo» marcaba cada paso. «Quedábamos en casas particulares, distribuíamos octavillas o pegábamos los carteles de madrugada, y si habíamos ido a una manifestación, después había citas de seguridad». Consistían en quedar en algún punto media hora después y comprobar si estaban todos.

Bayón cambió de piso franco en tres ocasiones por temor a que estuvieran ‘quemados’ y se vio obligado a estrenar vehículo por si lo habían detectado. Martínez de Paz recuerda que se trasladaron en numerosas ocasiones de sede clandestina, por sospechas de que éstas estuvieran comprometidas.

Toda cautela era poca. «La clandestinidad se vivía con intensidad. Fueron años de militancia duros. Te exponías a todo y no era un juego de niños. Te arriesgabas a ir a la cárcel, a perder la vida profesional, la personal... Pero era necesario. El compromiso era muy fuerte». Lo afirma Ángel Martínez de Paz, pero lo podría ratificar cualquier otro dirigente o militante de entonces.

Por esa implicación, la legalización del PCE supuso tanto para tantos. Lo resume Víctor Bayón: «No te puedes imaginar el cambio. Todo se terminaba y, a la vez, seguíamos adelante. Era algo más grande que nosotros mismos».

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