Diario de Valladolid

50 ANIVERSARIO DEL 'DICCIONARIO DE USO DEL ESPAÑOL'

La primera fortaleza de María Moliner

El Archivo de Simancas fue el primer destino de la tenaz diccionarista /Llegó con 22 años y un sueldo de 4.000 pesetas / Residió aquí un año exacto, hasta que logró su traslado lejos del frío que amenazaba la salud de su madre

La joven María Moliner trabajando en una mesa del Archivo General de Simancas.-ARCHIVO DE SIMANCAS

La joven María Moliner trabajando en una mesa del Archivo General de Simancas.-ARCHIVO DE SIMANCAS

Publicado por
Esther Neila
Valladolid

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No sabemos si cuando María Moliner definió la palabra ‘frío’ como esa cualidad aplicada a las cosas ‘que producen en el cuerpo la sensación del hielo o del ambiente en invierno’ lo hizo inspirándose en el recuerdo de su estancia en Simancas. Al municipio vallisoletano llegó el 1 de diciembre de 1922 y durante el año exacto que vivió aquí no logró aclimatarse a la niebla castellana ni sacudirse el escalofrío que enseguida le llevó a buscar su traslado.

Era una joven de 22 años y entonces no era ni siquiera una hipótesis escribir con denuedo un diccionario, el «más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana», según García Márquez, «más de dos veces mejor» que el de la Real Academia de la Lengua, una obra que para Miguel Delibes «justifica toda una vida» y de cuya publicación se cumplen ahora cincuenta años.

El Archivo de Simancas fue el primer destino profesional de la zaragozana, apenas unos meses después de ingresar en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Éste no era su rumbo soñado. Hubiera preferido continuar en Madrid, donde ese verano había hecho prácticas, en la Biblioteca Nacional. Quería empezar allí su doctorado, pero ni siquiera el séptimo puesto logrado en la oposición le garantizó un puesto en la capital española a esta licenciada en Historia, la sexta mujer que accedía a este cuerpo de funcionarios.

En Simancas ingresó como oficial de tercer grado y con un sueldo de 4.000 pesetas anuales, según el escueto expediente que esta elevada fortaleza custodia de su trabajadora más ilustre.

Primero se instaló en una casa de alquiler situada en la calle Atrio de la Iglesia, tal y como figura en el antiguo padrón de cédulas personales del Ayuntamiento de Simancas, un polvoriento listado de los contribuyentes obligados a pagar el IBI de la época, que eran tachados cuando cambiaban de residencia.

Compartía esa vivienda a temporadas con su hermana pequeña y de forma permanente con su madre, esta última enferma del corazón y cuya salud se resintió por las bajas temperaturas. Si María tenía como profesión ‘archivera’, la dedicación de las dos Matildes era la de ‘su sexo’, reza el anacrónico documento. Sirva de contexto temporal que faltaba todavía una década para que las mujeres españolas vieran siquiera reconocido su derecho a votar.

«Aunque hace frío, apenas hemos vuelto a padecer las nieblas que nos amargaron la vida los primeros días», escribiría María en febrero, en una de las cartas recopiladas en el libro El exilio interior: la vida de María Moliner, de Inmaculada de la Fuente (Turner Noema, 2011). «Como el sol entra en casa por una porción de ventanas, podemos a ratos hacernos la ilusión de que vivimos en un clima delicioso», añadiría.

Aquel «desánimo» inicial queda documentado en las misivas enviadas al que había sido su maestro y mentor en la Institución Libre de Enseñanza, Manuel Bartolomé Cossío –sucesor de Francisco Giner de los Ríos–, a quien daba detallada cuenta de los inconvenientes de su estancia. Por un lado, la práctica ausencia de muebles en «una casa con las incomodidades que ofrecen todas las de pueblo para quien ya se ha acostumbrado a vivir en la ciudad». Por otro, comprobó nada más llegar que «los alimentos eran peores y en muchos casos bastante más caros que en Madrid».

«Los primeros días sentimos mucho frío;mi madre se resintió tanto de sus achaques que llegué a temer que no pudiera aclimatarse», relataba Moliner apenas dos meses y medio después de su llegada.

Pese a lo accidentado de su desembarco se confesaba «contenta», una complacencia que mejoró con el cambio de vivienda. «Ocupamos ahora una parte de la destinada al jefe, el cual no la ocupa por vivir en Valladolid», narraba, en alusión a Mariano Alcocer, director interino del Archivo desde agosto y que mantenía su residencia en Valladolid, pues él también estaba al frente del Museo Arqueológico y de las bibliotecas universitaria y provincial. «Esta es ya una señora casa, y dentro de ella se olvida uno de que vive en pueblo. Tenemos hasta cuarto de baño, pero con un pequeño inconveniente:que no hay agua y es preciso traerla a cántaros». Se refería a la vivienda reservada a los funcionarios –cosa habitual en las instituciones públicas en el siglo pasado–, un inmueble situado junto al foso que muchos vecinos del municipio aún recuerdan, derruido durante la última remodelación del Archivo, de 2008.

Compartía tareas con otros dos archiveros, con quienes cada día salían madre e hija a dar un paseo «de algunos kilómetros» por las riberas del río Pisuerga. «El martes pasado estuvimos en Valladolid y volvimos a pie con una noche magnífica que parecía preparada exclusivamente para nosotros», relataba.

Los diez kilómetros que separan Valladolid de esta localidad del alfoz suponían en aquella época una distancia mucho mayor que hoy. La actual directora del Archivo, Julia Teresa Rodríguez de Diego, cuenta que Simancas era entonces «un pueblín que no ofrecía ni buenas comunicaciones ni hospedaje». Dado que los funcionarios estaban obligados a vivir en la localidad donde trabajaban –imposición de la que fueron liberados en 1930– esas condiciones justificaban la prisa que tenían por conseguir un nuevo destino.

En su Guía del investigador, Ángel de la Plaza Bores constata esa escasa permanencia en Simancas, que se había «convertido en un lugar de paso» que «el personal facultativo rehuía». Entre 1900 y 1934 desfilaron 32 funcionarios por el castillo, en una plantilla muy reducida, compuesta, a lo sumo, por media docena de personas. El que «acaparaba el interés» era el Archivo Histórico Nacional, adonde precisamente María Moliner solicitó en julio su traslado. No se le logró esa aspiración, a pesar de los informes favorables de su superior.

Su hoja de servicios, una suerte de carta de recomendación escrita por Alcocer, certifica que Moliner, durante el año que sirvió en el Archivo, dio «pruebas de competencias, laboriosidad y exacto cumplimiento de sus obligaciones». Compulsó «con sus documentos, noventa mil papeletas del Estado que se encontraban redactadas, las cuales después de foliar, separó por letras con arreglo a la palabra inicial. Que redactó mil setecientas doce papeletas correspondientes a los meses de julio a septiembre de mil quinientos cuarenta y uno de la Sección del Registro General del Sello».

Ella misma en sus epístolas calificaba de «pesado» el trabajo encomendado. «Cuando me canso de este trabajo, que pudiéramos llamar oficial, me dedico a curiosear los inventarios, para darme cuenta poco a poco de las cosas que hay por aquí», relataba, dando cuenta de su carácter inquieto.

Esos paseos por el archivo le servían también para irse «orientando a fin de elegir temas para los trabajos de Doctorado». «Este asunto sí que me preocupa algo», admitía, con la mirada siempre puesta en Madrid.

Pasaban los meses y María sentía en el castillo de Simancas su propia ‘prisión de Estado’. Tras el frustrado intento de volver a la capital, «obligada» por el empeoramiento de la salud de su madre y después de que un especialista del corazón desaconsejase pasar otro invierno en un «clima tan crudo», pidió ‘a la desesperada’ una vacante en el Archivo Provincial de la Delegación de Hacienda de Murcia, plaza que obtuvo por ser ella la única solicitante.

Los nombres de María Moliner, su madre y su hermana, ambas de nombre Matilde, figuran tachados en el padrón de contribuyentes del Ayuntamiento de Simancas. EM

 

En una biografía tan prolífica, no es de extrañar que este año de juventud simanquino ocupe un lugar desapercibido. En Murcia (donde conoció a su marido), Valencia (donde cumplió su sueño de trabajar como bibliotecaria) y Madrid (donde escribió el Diccionario de Uso del Español) están escritas las páginas principales de la trayectoria vital y profesional de esta mujer progresista, intelectualmente comprometida con unos ideales culturales que eran también los de la República.

En Murcia y Valencia nacieron sus cuatro hijos. Carmen, una de los dos descendientes que aún vive, recuerda cómo su madre inventaba historias «tranquilizadoras» para calmar sus ánimos mientras resonaban los proyectiles durante las tardes de baño en la ciudad del Turia. «Nos explicaba que las bombas nunca podrían entrar en casa, que rebotarían en las ventanas y saldrían por encima», rememora.

Cuando las tropas franquistas entraron en Valencia, tanto ella como su marido, catedrático de Física, fueron depurados de sus cargos, rebajados en el escalafón y arrinconados en puestos insignificantes una vez concluida la Guerra Civil.

Aunque no había cargos contra ella, el juez construyó un expediente para prejuzgarla como «simpatizante de los rojos». «Particularmente insidiosos son los testimonios» de algunos compañeros de Simancas, asevera Inmaculada de la Fuente en su documentada biografía:«Ya entonces hacía manifestaciones de izquierdismo [... ]. No me consta que haya cambiado después», declaró uno de ellos. Otro acusó la «conducta bastante libre» de la que fuera su colega en Simancas, una cualidad que hoy sigue despertando gran admiración pero que entonces fue usada en su contra.

En 1946, el matrimonio fue rehabilitado. Él, en la Universidad de Salamanca. Ella, en la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, un destino poco estimulante que la impulsó a buscar nuevos acicates fuera del trabajo.

Así, una tarde de 1951, «estando solita» en su casa de la calle Don Quijote de Madrid, empezó a reunir como una hormiguita las primeras fichas léxicas. Era el inicio de su titánica misión, escribir un diccionario útil, que facilitara el uso pragmático del lenguaje y evitase la desesperante circularidad viciosa de la RAE. Calculó que le llevaría dos años terminarlo. Al final, fueron más de tres lustros. «Recuerdo que mi padre se acercaba a su mesa cuando ella se levantaba para ver si había avanzado», cuenta su hija. «Está todavía en la letra ‘a’», constataba.

«Nunca se quejó;era una mujer cariñosa con todo el mundo y se enfrentó a todo siempre con una sonrisa», cuenta Carmen Ramón Moliner, filóloga jubilada, «encantada» de recordar al teléfono la trayectoria de la archivera, bibliotecaria y, sobre todo, diccionarista, que así es como ella prefería denominarse. ¿Y cuál fue la palabra favorita de su madre?, le preguntamos. «Sería ‘vida’, porque la amaba con todas sus fuerzas», puntualiza.

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