Diario de Valladolid

Más de 400 años de ruta hotelera por Valladolid

El escritor y periodista José Miguel Ortega presenta su libro ’Cuatro siglos de hospedaje’

El autor, José Miguel Ortega, posa con su libro en la actual recepción del Imperial.-Miguel Ángel Santos

El autor, José Miguel Ortega, posa con su libro en la actual recepción del Imperial.-Miguel Ángel Santos

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Cristina S. García

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Cuatro siglos recorriendo los senderos entre las capitales de la vieja España, para llegar a un destino donde cobran protagonismo sus variopintos hospedajes, la villa vallisoletana.

Son estos lugares en los que tienen lugar las distintas historias que José Miguel Ortega ha recogido en ‘Cuatro siglos de hospedaje en Valladolid. Una novela de historias cotidianas de la mano de un «cronista cotidiano», como el propio autor se define.

Periodista y escritor deportivo, rescata historias del olvido y las trata con el compromiso que le une a sus raíces. «Soy vallisoletano, y como tal, me gustaría que hubiera información de la vida cotidiana, me da pena que se desconozcan ese tipo de historias, cuanto menos, curiosas», explica Ortega.

Nuestra historia comienza en el siglo XVI, cuando el espíritu viajero de Felipe II propició la creación del mejor camino de la península, la ruta que iba desde Toledo hasta Valladolid. La ciudad vivió desde entonces una época de explendor. Comenzaron a llegar mercaderes, la mayoría humildes, como las posadas en las que se alojaban.

Las crecidas del río Esgueva inundaban el centro de la ciudad, generando no solo las molestias obvias, sino la propagación de toda clase de enfermedades y epidemias como el tifus. Los residuos orgánicos que la gente arrojaba al río, y las ratas, navegaban a sus anchas a orillas de la catedral y de la Antigua, hasta que se soterró el río en el siglo XX.

En un ambiente de misterio, la novela de Ortega relata la leyenda del hospedaje ‘Caballo de Troya’, la posada de mayor importancia en los años treinta del siglo XVII. Situada en un lugar inmejorable en las proximidades de la Plaza Mayor, y convertida en la de mayor tamaño de la ciudad, fue uno de los pocos establecimientos que dió nombre a una calle, y no al revés.

El autor también descubre la tragedia de una mujer, que tras ser degollada en una posada de la calle Esgueva, su cuerpo fue expuesto en la calle por las autoridades, esperando que alguien la reconociera. Escenas de especial truculencia, «poco o nada conocidas ahora, pero bastante habituales en el Valladolid de la época», donde eran comunes peleas y asesinatos.

A partir del siglo XVIII es cuando a la ciudad comenzaron a llegar esporádicamente viajeros más profesionales, procedentes de otros lugares de España e incluso de Francia u Holanda, que buscaban alojamientos más cómodos y acordes con su nivel.

Tras los reinados de Carlos V y de Felipe III, y el paso dec sus respectivas cortes por la ciudad, Valladolid comenzó a adaptar sus residencias para los nobles y la ‘gente de bien’ que llegaba a la ciudad, estancias y alojamientos más cómodos para un público turista del siglo XIX.

Pero con el traslado permanente de la corte a Madrid, Valladolid pasó de tener en torno a 100.000 habitantes a tener 20.000. «Parecía una ciudad abandonada», explica el autor, «los mercaderes se alojaban en las posadas de fuera de la ciudad para no pagar los aranceles que se cobraban en las puertas de la misma».

Los mejores albergues, por tanto, se encontraban en el interior de la villa, como fue el caso del conocido parador de Rojas, convertido en el primer hotel de Valladolid, y posteriormente llamado el París, en la calle Santana. Destinado a albergar a gentes de «un estrato superior», contaba con restaurante, y patios para las caballerizas.

Princesas de Sajonia, Isabel de Borbón (hermana del rey), los carlistas, la flor y nata del mundo del ‘artisteo’, como la bailarina Josefina Becker, diosa de ébano, fueron algunos de los personajes más ilustres que pasaron por las calles de la villa. La actiz María Guerrero alquilaba, incluso, toda una planta del lujoso Hotel de Francia, que llegó a convertirse en uno de los mejores de toda Europa.

Tras la guerra, le tomó el relevo el hotel Conde Ansúrez, por el que pasaron desde actores a ministros hasta mediados de los años 80. Pero actualmente, son dos los símbolos hoteleros que han conseguido erguirse soberanos y sobrevivir al pasar de los siglos, el hotel Roma, fundado en 1898, y el hotel Imperial, que abrió sus puertas en 1914.

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