Diario de Valladolid

SEMINCI

Fejerman recorre los abismos de la adopción

Aplausos para la realizadora y para el islandés Grímur Hákonarson con ‘El valle de los carneros’

Fejerman, Navas y Garrido, ayer, en Valladolid.-J.M. Lostau

Fejerman, Navas y Garrido, ayer, en Valladolid.-J.M. Lostau

Publicado por
J.T
Valladolid

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Lejos de comedias como A mi madre le gustan las mujeres, en la que la directora argentina e Inés París abordaban las tensiones que surgen entre una madre y sus hijas cuando la primera confiesa que se ha enamorado de una mujer, o la alocada Semen, una historia de amor, en la que ambas trataban también la idea de la paternidad, Daniela Fejerman adopta un tono más serio –aunque sin renunciar al humor como válvula de escape– para relatar en su segundo largo en solitario la lucha de una pareja por adoptar a un niño en un país cualquiera de la Europa del Este.

Una lucha que pondrá a prueba la solidez de la relación entre Nora Navas –premiada hace dos años en Seminci por su papel en Todos queremos lo mejor para ella– y Francesc Garrido, la resistencia de los cimientos sobre los que se funda, agrietados por reproches callados que aflorarán en un medio hostil.

Un entorno que desquicia a la pareja, que a sus problemas de incomunicación con la población local suman su desconcierto ante la corrupción imperante, que todo lo corroe, y a la que tendrán que amoldarse entrando en su juego.

Problemas a los que se enfrentó Fejerman cuando decidió, hace años, adoptar en Ucrania. «Me sentía como en un cuento de Navidad contado por Kafka», relató la responsable de Siete minutos. «Viví el funcionamiento corrupto del sistema de adopciones», aclaró la directora, responsable del guión junto al argentino Alejo Flah.

«¡Os aprovecháis de la pobreza de mi país!», espeta al matrimonio la corrupta intermediaria en el proceso de adopción, convertido en un auténtico mercadeo en el que se compran sueños y se venden inocentes enfermos. Fejerman no abundará demasiado en esta cuestión –en el dilema de aceptar o no el juego–, centrándose en retratar, también con silencios y miradas, el derrumbe de la pareja.

La adopción cosechó aplausos en el Calderón, como también lo hizo Grímur Hákonarson con su segundo largometraje, El valle de los carneros. La historia de dos hermanos huraños, peleados durante 40 años; dos viejos cascarrabias que se comunican mandando cartas a través de un perro y que deberán afrontar la pérdida de su mundo, de sus certidumbres, de su vida en la inhóspita Islandia, cuando sus carneros –mucho más que un sustento– contraen scrapie –una enfermedad neurodegenerativa letal– y han de ser sacrificados. Hákonarson, con ternura y humor, retrata a los viejos testarudos –a más de uno le vino a la memoria Una historia verdadera– esquivándose, retándose, odiándose, preocupándose a su manera tosca... ¿Sabrán llorar esos hombres por algo que no sean sus carneros?

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