Ha muerto Maricarmen

La Ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, durante una visita a Soria en una foto de archivo
Ha muerto Maricarmen para mayor vergüenza de la ruindad política que nos asiste. Lo cierto es que era innecesaria la muerte de esta vecina de Madrid de 87 años, que no pudo hacerlo en su casa, como Dios manda, porque fue mera víctima de la mediocridad política que nos asiste. En España, como decía el castizo, enterramos tan bien que la política no ha sido capaz de brindarle un minuto de respeto a Maricarmen tras expirar en soledad en una cama del Gregorio Marañón, su penúltima morada. Las redes son el termómetro de esta política encanallada que nos asiste. Y Maricarmen no iba a ser menos. Maricarmen ha sido víctima de la indolencia y la indecencia política a partes iguales. Es el paradigma de la soledad menos deseada. Esa que comete la política con sus ciudadanos. Todo un aparato del Estado no fue capaz de impedir que Maricarmen, a sus 87, tuviera que mudarse de su casa de toda la vida a una cama hospitalaria. Tan compungido como se siente Pedro Sánchez, al que los decretos de vivienda le aprietan ahora el zapato, pero durante ocho años ha sido incapaz de desabrocharse la chaqueta para hacer frente al drama latente de la vivienda, no sintió el mínimo pudor para ordenar a la inutilidad de ministra de Vivienda que solucionase lo de Maricarmen sin necesidad de emplear antidisturbios a porrazos. Qué vamos a esperar de un Ministerio de Vivienda que fue incapaz de solucionarle el problema de vivienda a una anciana de 87, que acabó saliendo en camilla de su hogar. No pretenderán que confiemos que van a solventar la causa global de la vivienda, tras cruzarse los brazos mientras a Maricarmen la empaquetaban para el Gregorio Marañón. No lloran por Maricarmen. Lloran por las urnas que vienen y el gobierno que se va. Sólo gozarían de algo de crédito si Sánchez fulminara, por decreto, a la ministra de Vivienda en funciones. Aunque todavía no sabemos qué funciones son las de Isabel Rodríguez. Maricarmen mediante.