Diario de Valladolid

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INAGOTABLE. La España sanchista nos proporciona cada semana un caso troncal a lo bestia, y multitud de casillos añadidos para que olvidemos esos tumbos de pasiflora tropical. Es tan potente el mogollón mediático, que hay que centrarse en un solo desgarro para no hacer de la política un programa de porno alternativo, que dicen los sexólogos. Quién nos lo iba a decir, pero en esto se sigue al pie de la letra lo que se escribe en Eclesiastés 3, 1–8: que hay tiempo para todo y su contrario, para «nacer y morir», para «llorar y reír», para «callar y hablar», para «amar y aborrecer», para hacer la «guerra y la paz», y etcétera. O sea, que somos más bíblicos que el amigo íntimo de Sánchez, que se llama Pegasus Netanyahu.

El tema troncal de la semana pasada fue un auténtico trancazo con Whisky de Malta Mezclada, y que nunca se acaba. Se resume en 2 palabras increíblemente concisas, increíblemente precisas, e increíblemente callistas –o de levantar callos– allí donde quiera que se pronuncien: «prioridad nacional». Prioridad: primacía, preferencia, preponderancia. Nacional: perteneciente a una nación, y punto y aparte. Nunca 2 palabras –de exactitud milimétrica, de rigor filológico, de limpieza homologada para cualquier mente, de coherencia sin fisuras, de realidad palmaria, y de audacia política– han tenido tanta repercusión social en la democracia secuestrada por el tirano Sánchez.

Lo más singular: desde todos los sectores políticos, periodísticos, y sociales, han entrado en tromba –algunos en pánico–, posicionándose en contra o, sencillamente, poniendo palillos en las ruedas por cualquier nimiedad o chorradita que no cuadre con su «indiosincrasia», o manera de desfilar en fila india sin desviarse un tantico. Nada más normal. ¿No estamos en dictadura? No conciben que semejante evidencia –«prioridad nacional»– no se les haya ocurrido a ellos, y que el copyright sea de Vox. ¡Oh paredón diáfano! Lo que son las cosas, pero con esta parafernalia lírica y bucólica ya se descojonó Hegel, en su Estética, como… como si fueran suspirillos románticos, como corriente «subjetiva» que hace piruetas «con la fantasía y con el corazón, una ocurrencia».

Una ocurrencia kilométrica con vistas a la nueva torre de Babel. Para el Gobierno y secuaces, la «prioridad nacional» es una fascistada integral, un monumento a la desigualdad, un rulo en la permanente más racial, un bandazo anticonstitucional, o como ha dicho el señor Puente –que todavía no ha contabilizado como suyos los 46 muertos de Adamuz– «nazismo» puro y duro. ¡Empalmes con mondarajas! Para Feijóo no es más que una fruslería, una «cesión semántica». ¡Chanquetismo beduínico! Para el Secretario de la Conferencia Episcopal Española es algo antievangélico. ¿Acaso en la Biblia, Monseñor, y en el Evangelio, Dios no ama, en primer lugar, a su pueblo como nación, y luego al resto porque en su creación «Dios es más grande que nuestra conciencia», según escribe Juan en su I Epístola, 3, 20? ¡Palabras mayores, fundantes!

Lo diga Perico el de los palotes, o Juan Pimiento el del cuento, lo cierto es que el terremoto de la «prioridad nacional» ha pillado al sanchismo redentor, y a la España intransitiva del papamoscas, prácticamente en paños menores. Los unos y los otros estaban demasiado ocupados haciendo sus cálculos o cuentas –o caja que viene a ser lo mismo en economía mixta–, con el inmenso zurullo que supone legalizar por las buenas, o por las bravas, a toda la inmigración ilegal del mundo mundial con fines electorales: venid, y pasad a los putos españoles en derechos y sin obligaciones. Sanchunería napoleónica para plantar begoñas para ti, o para apuntalar Las ruinas de Atenas de Beethoven con cazo.

Por estos andurriales chirimoyescos y abrileños transitaba el tirano con batuta de pera del Jerte y con el porte cañí de un socialista de Puerto Hurraco. Daba por hecho y descontado que impondría lo contrario a cualquier «prioridad nacional» fachendosa. Es decir, lo antinacional prioritario para hacer de España y de lo español un hecho irreconocible, detestable, innombrable, y ante todo sanchista de pies a cabeza. Ya. Pero con la aparición de la «prioridad nacional» como reivindicación política, como filosofía de un espacio humanista y cristiano, con un derecho de gentes que hizo iguales a dos continentes, y como un ventolín para respirar aire fresco, se ha ido al garete el invento antiespañol de la segunda leyenda negra en verso.

A Sánchez le ha ocurrido como al borracho fino que ni el agua le basta ni el vino. En consecuencia ha llegado al cargazón. Tendrá que soltar lastre o apencar con dos realidades incómodas y, además, marcharse a casa. Primera y traumática: asumir su propia trayectoria delincuencial que pasa por las saunas explotadoras de su suegro, por su pucherazo en las elecciones primarias; por sus pactos con los asesinos de ETA; por sus claudicaciones ante los golpista catalanes –España y Cataluña son «dos países»–; por sus repugnantes besuqueos con los terroristas de Hamás, Hizbulá, ayatolás iraníes, y narcoestados comunistas; y por el ladronaje y puterío sistemáticos que ha ejercido sobre la sociedad española.

Segunda realidad insoslayable: la «prioridad nacional» que está por encima de las veleidades y atropellos sanchistas. ¿Razón? Razones de todo género y condición. Para mí la que da Schopenhauer en su Eudemonología es tumbativa: «Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a la que pertenece por casualidad». Sánchez, tirano de casualidad insuficiente, ni eso. Así que delenda est tyrannia.

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