Diario de Valladolid

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¡NIEVA! era el grito de guerra y al mismo tiempo una explosión de libertad añadida.

La infancia que todo lo magnifica. Pues es la niñez ese periodo feliz de la vida, como lo decía Pepe Jiménez Lozano.

La nieve había venido. Madre ya lo había barruntado la otra tarde. Este frío es de nieve. Sentenciaba y nunca erraba.

El caso es que la nieve llegó y, por muy barruntada, siempre era el mejor espectáculo del invierno para los más pequeños de la casa.

Sus narices se pegaban como nunca a los cristales del ventanal. Era una maravilla celestial ver caer aquella catarata imparable de copos de nieve. Todo se volvía exclamaciones y alerta en la familia: ¡Mira, mira! ¡Hala, hala! ¡Ahora van más deprisa! ¡Qué grandes!

Y llegaba el momento en el que alguien tenía que meter la prueba en casa. Salíamos disparados a la puerta que, por orden gubernamental, no se podía abrir. ¡Si no hay escuela, tampoco hay calle! Entonces recurríamos a la ventana, donde el alféizar ya tenía unos 5 dedos de nieve. Recuerdo aquellas contraventas y aquellas correderas de abajo arriba que se frenaban a la mitad con una cuña, lo que daba tiempo a que la nieve, los copos, el aire y el frío entraran en casa. Con suerte algunos atrapaban aquellos copos que llamaban “trapos” por lo grandes. En el fondo, todos queríamos que no dejara de nevar para quedarnos en casa encerrados hasta la primavera, como en la peli aquella de “7 novias para 7 hermanos”. Pero esta es la estampa dulce de la blanca nieve, para unos pocos niños de ciudad y de pueblos grandes que vivíamos en el llano.

Esta secuencia no era para todos igual. Otros niños y otras gentes vivían en las montañas. El periodo entre la nieve y el deshielo era trágico e injusto. Los niños de la montaña, los pastores y los vaqueros calzaban raquetas de madera para llevar y traer al ganado.

Esta nieve no era nieve igual de blanca. Y ya metidos en la nevada, y teniendo en cuenta que las montañas que circundan esta región tienen ya su corona blanca, pues aprovechar su divulgación para el turismo blanco en tiempos de quitanieves, y de paso recordar que aquí también se esquía, aunque sea poco y en las campañas olvidan nuestras estaciones invernales.

Por cierto, con un forfait más asequible y un paisaje blanco garantizado.

Pero este, lo del ski en casa, es un asunto en el que nunca nos ponemos de acuerdo. Que si nos falta altura, que hay poca nieve, que para pocos meses no merece la pena poner en marcha la logística necesaria y así.

No pretendo emular ni a los Alpes ni al Pirineo, solo recordar que la nieve nos trae relajación rural y esquiadores que no saturan.

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