De Pollanes y Gallardos, o así
Carlos Pollán y Juan García Gallardo
Una vez que Mañueco ha dado la salida a la vuelta de formación, el Gran Premio está lanzado. El gran premio será para el que mejor pilote de aquí a marzo de 2026, pero también para el que mejor haya sabido interpretar el túnel del viento, ese invento de la política que interpreta la aerodinámica de la máquina y la maquinaria. Los pilotos de las grandes escuderías están decididos. Con Carlos Martínez, el primero de su nombre, sacudiéndose el liderazgo compartido consigo mismo y la sombra del olvido que seremos. Buen barullo en el que se metió convirtiendo en elemento de renovación al renovado. Falta por saber qué hará la escuadra de la ‘V’ rampante. Algo se cuece en Bambú, que es el Maranello de Ferrari. De Gallardos y Pollanes va la disputa. Mientras, cada uno hace la guerra por su cuenta. Pollán sólo ha tenido que intensificar su papel institucional y asomarse a la afición para mostrar que sus tests de pretemporada le avalan para ser primer piloto de la escudería. De momento, ruedan, bajo sin órdenes de equipo. Pollán con medios y Gallardo con duros hasta final de carrera. A Gallardo, la sensación del campeonato de 2022, le está costando no encontrarse a gusto en el monoplaza de la oposición. Entonces todo vino rodado. Candidato de la noche a la mañana y bólido dotado con difusores inéditos. Eran tiempos de Casados y Egeas, el olvido que seremos. Viento a favor y el DRS dándolo todo en la recta de atrás para subirse al cajón. Del que fue bajado, como fue subido, de la noche a la mañana. Unos días le aprieta la camisa y otros le flojea el pantalón. También es cierto que por el camino le han desprovisto de Lluis, Monserrat, su Adrian Newey particular, que sabía aplomar al piloto y configurar el coche en función del trazado, lo cual no evitaba sonadas de pista a 320 por hora. La incertidumbre está servida y lo que se decida en VOX será determinante para el campeonato. Mañueco mira por el retrovisor. Si parpadean, se lo pierden.